
Juanita Uribe
Estudió psicología, es escritora y columnista. Ha publicado textos literarios y de opinión en medios digitales e impresos, y ha sido premiada en concursos de escritura creativa. Su trabajo combina divulgación científica e histórica con crítica social y política.
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Uno a cierta edad empieza a reconocerse en la sonoridad y la descomposición orgánica de un bosque. Las hojas caen a veces lentamente y otras, estrepitosas, en ráfagas que desprenden de manera violenta todas las hojas listas de otoño de una sola vez.
Uno se ve a sí mismo, en la piel que empieza a descolgar y cómo los años se van entre los claroscuros del tiempo.
Las copas de los eucaliptos, los pinos, coníferas extasiadas de sentidos.
La madera retorcida entre un tronco, una raíz dentro de otro árbol. Terrorífica invasión, la corteza que se abre, se desgarra; dolor de clorofila. Ese otro dentro de él abre vientre, toma de su savia y se alimenta también dentro de él.
Va abriendo paso otro árbol, desnudo, cargado de vitalidad; era él y también será otro, mientras poco a poco va muriendo y los hongos y las setas son sus testigos…
La desgarradora realidad en ese bosque frío, de páramos silenciosos, por donde baja el agua en quebradas, como la sangre que llega a los pulmones para sobrevivir; entonces yo escribo.
En las huellas dactilares de los anillos de los árboles.
No es lindo, es terroríficamente hermoso, profundo, donde los animales anuncian que llega la tragedia, pero ellos no se ven; andan entre las ramas como fantasmas y se ríen y juguetean; sus largas y peludas colas envuelven nuestro miedo: es la conciencia la que nos hace mortales; quedará bajo aquel lugar inmortal el río que baña de animalidad la humanidad.
Es la inocencia del niño que va creciendo y abriendo mi corteza, con toda la entereza de mi razón.
Y yo voy detrás mirando sus pasos torpes, llenos de fascinación; es el mismo recorrido de las gentes que han transitado por aquella arboleda y se han convertido en florestas, enterrando en la humedad de la tierra su corazón.
Estoy llorando aquellas hojas, mientras la araña teje el rocío y el grillo muere lentamente sin saber de compasión.


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