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La santandereanidad no es únicamente lo que heredamos, sino lo que decidimos construir juntos.

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No hace falta censurar para manipular. Basta con repetir, distorsionar y sembrar dudas hasta convertir la propaganda en verdad.

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El silencio no es ausencia de vida. Es, muchas veces, su condición.

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La neutralidad no protege la verdad: protege al poder que la distorsiona.

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Un idioma pobre produce ideas pobres. Y una sociedad que no cuida sus palabras termina dejando de cuidar sus ideas.

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Cuando un burócrata utiliza un billón de pesos como rehén moral para justificar su permanencia, no estamos ante altruismo cívico; estamos ante una extorsión pública.

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El debate no es un favor del candidato: es una obligación con los ciudadanos.

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Cuando la palabra no puede derrotarse en lo público, se intenta administrar por ventanilla judicial.

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Porque quienes entienden el valor de los símbolos saben que nunca es ‘solo’ eso.

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Aquí no se administraba el perdón: se administraba la muerte.
