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La memoria en Colombia es un ejercicio de resistencia contra el olvido programado.

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Ya no basta con ganar elecciones si se pierde el control y la autonomía del territorio.

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Tal vez deberíamos preguntarnos cuánto de la arrogancia que les atribuimos nace realmente de ellos y cuánto proviene de nuestras propias inseguridades.

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Las formas cambian, las tecnologías evolucionan, pero las lógicas del poder pueden conservar una inquietante continuidad.

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El Sur ya aprendió, a golpes, dónde queda el Norte. Va siendo hora de que aprenda también a mirarse a sí mismo.

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Se trata de una postración y una decadencia históricas, políticas y sociales extremas, ahora en un mundo incierto, por parte de unas clases altas inspiradas tragicómicamente por el desprecio y el odio al país real y a quienes han votado por los cambios.

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Y así van, de fantasma en fantasma, en una pasiva procesión diaria frente a las pantallas, reinventando cada cuatro años la ilusión soberana del voto individual.