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La historia no avanza: se repite, con mejores cámaras, discursos más pulidos y muertos más anónimos.

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La soberanía no es un escudo para dictadores ni una coartada para el saqueo: es el derecho de los pueblos a decidir su futuro.

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Volver a Colombia no es turismo exótico ni choque cultural: es regresar a lo que uno ya conoce. No hay sorpresa, hay memoria.

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La política no se hace solo con convicciones, sino con la correlación de fuerzas.

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En política internacional no hay amigos: hay momentos. Y cuando el momento cambia, la inmunidad descubre que solo tenía visa temporal.

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La democracia no fracasa: se guarda cuando estorba. Sirve para ordenar el relato, no para poner en riesgo el poder.

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Disentir sin destruirnos es una forma de patriotismo silencioso, pero poderoso.

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Brindamos por un cadáver: el derecho internacional público. No para abandonar el derecho, sino para reinventarlo.