
Gustavo Melo Barrera
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No me gustan los uribistas por creídos. No porque crean —toda religión necesita fieles— sino porque creen demasiado, con una fe tan compacta que no admite grietas, preguntas ni contexto. Creen como se cree en los milagros: sin evidencia, pero con entusiasmo. Y cuando la realidad se pone incómoda, la realidad es la que está mal.
El uribismo no es una corriente política: es una religión revelada, con su propio templo mediático, sus salmos de seguridad, sus herejes internos y una liturgia electoral que se repite cada cuatro años con pequeñas actualizaciones doctrinales. Como toda fe madura, ha aprendido que pensar cansa, mientras que creer descansa.
El primer dogma establece que El Gran Patriarca del Centro fue el mejor gobernante de todos los tiempos, incluso de aquellos en los que no gobernó. Sus fieles no comparan cifras ni procesos históricos; comparan sensaciones. Y la sensación siempre gana. Si alguien menciona estadísticas incómodas, el creyente responde con una frase sagrada: “eso es una interpretación”, lo cual, dentro de la doctrina, equivale a cerrar la discusión y abrir un noticiero.
El segundo dogma afirma que el Estado solo ayuda a los pobres, entendiendo por “pobres” a quienes han sufrido mucho la carga de tener tierras, empresas y apellidos históricos. El campesino ideal, según el catecismo, no es el que siembra sino el que factura, porque nada demuestra más sacrificio que recibir ayudas públicas sin necesitarlas.
El tercer dogma defiende que la dirigencia jamás hace el ridículo. Si una senadora del templo parece distraída, no lo está: está accediendo a pensamientos profundos mediante el antiguo método de La Exploración Nasal del Intelecto, técnica atribuida a Santa Valencia del Dedo Iluminado, patrona de las ideas que no llegan por la boca.
El cuarto dogma proclama que la claridad moral es hereditaria, pero no por sangre ni por historia, sino por gracia divina. Así, Santa Holguinia de la Voz Pura no necesita biografía: su tono es prueba suficiente. En esta religión, hablar con firmeza equivale a tener razón, y la elocuencia reemplaza cualquier verificación.
El quinto dogma explica que los hermanos del Patriarca jamás fundaron nada cuestionable. Si algún relato oscuro aparece, se trata de un error de imprenta, un problema aritmético o una confusión semántica. Según los textos sagrados, no eran doce, sino trece, y ese número extra siempre se añade para confundir al enemigo. A esta estrategia se la conoce como Desvío Numerológico Preventivo.
El sexto dogma se refiere a La Costa Nostra de los Elegidos, una familia eternamente perseguida por fuerzas oscuras cada vez que gana algo. No importa cuántas veces triunfen: siempre están siendo atacados. La doctrina enseña que la verdadera prueba de inocencia es el éxito continúo acompañado de una victimización permanente.
El séptimo dogma aclara que las alianzas políticas no existen. Existen, eso sí, los tejidos entre políticas del mismo género. Según la doctrina, ambas pertenecen a la Orden del Telar Urbano, dedicada a unir piezas que oficialmente no estaban relacionadas. Las Hermanas del Telar Público, según la tradición, no conspiran ni negocian: tejen. Tejen acuerdos, silencios y coincidencias lejos del ojo profano. Si comparten poder, agenda y lecho, no es conveniencia: es una metáfora textil mal entendida por los malpensados.
El octavo dogma honra a San Abelardo del Circo, símbolo máximo de la masculinidad doctrinal. Fuerte, rudo y solemne cuando conviene; bufón cuando es estratégico. En esta religión, el circo no degrada: fortalece. El creyente aplaude con fervor, aunque no sepa exactamente qué está aplaudiendo, porque el aplauso también es una forma de fe.
El noveno dogma, quizás el más importante, establece que el enemigo político no es adversario, sino herejía. No se equivoca: conspira. No debate: infiltra. No existe por sí mismo: es producto de una genealogía oscura que explica todo sin necesidad de argumentos. La historia, en esta fe, funciona al revés: primero se condena, luego se inventa la razón.
Todos estos dogmas están cuidadosamente recopilados en la Nueva Enciclopedia Sagrada del Centro, una obra monumental donde los hechos se adaptan a la fe y los prólogos escritos por Los Dos Expresidentes del Apocalipsis Moderado funcionan como indulgencias plenarias. Si algo no cuadra, el problema no es el libro: es tu falta de devoción.
El creyente uribista no lee: recita. No analiza: obedece. No duda: milita. Y cuando la realidad insiste en no ajustarse al dogma, no cambia de opinión… cambia de realidad, que siempre es más fácil.
Por eso no me gustan los uribistas por creídos. Porque no practican una ideología, sino una fe cerrada, donde pensar es traicionar y preguntar es pecado. Y como toda religión que se toma demasiado en serio, termina creyéndose su propio catecismo.
Amén, y que la duda nos sea leve.
Nota del Editor:
Los personajes, dogmas y linajes mencionados en esta enciclopedia son figuras alegóricas.
Cualquier parecido con personas reales, vivas o políticamente activas, es culpa del lector por leer demasiado.


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