
Mateo Duarte del Castillo
Columnista de opinión en El espectador y Las 2 Orillas. Realizador audiovisual con especialización en TV periodística y documental
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Gracias al más puro mercadeo manipulador, la sociedad de hoy se llenó de “tendencias”: Carne y huevos con efectos de música en animales de granja -eso inspiró marketing tipo “playlist para gallinas”; snacks / golosinas premium para perros; velas y fragancias “por estado de ánimo”.
La lista es larga, pero hay una que me llamó la atención, los KidAdults.
La serie the Big Bang Theory nos muestra a personajes así, pero en un empaque de comedia, donde se burlan de adultos funcionales gastando miles de dólares en juguetes. En la vida real no es tan gracioso, lo sé porque conozco a unos cuantos.
Son personas (hombres casi siempre, las mujeres no se ponen casi nunca en vergüenza por su cuenta y riesgo) a las que les gusta justificarse como: “Adultos que consumen productos o actividades típicamente asociados a la infancia (juguetes, dibujos, peluches, coleccionables). No es necesariamente inmadurez: es búsqueda de ocio, consuelo o identidad.”
Obvio, no es nada de lo anterior, (excepto por la parte de comprar juguetes con 45 o 50 años cumplidos). Y no hay que ser psicólogo para deducir que son señores compensando carencias de su niñez y juventud, solo hay que verlos en Instagram publicando reels del último carro a control remoto que se compraron, o en Reddit preguntando por un LEGO de la estrella de la muerte de Star Wars (ese ya lo tiene Petro según una lista de gastos que el mismo publicó, y cuesta 4 milloncitos, por cierto).
La carencia que tratan de llenar – tampoco es difícil de adivinar- fue una infancia complicada, y llena de recuerdos difíciles, como el de ver detrás de un vidrio con los ojos aguados, juguetes importados en el Iserra de Unicentro por allá a principios de los noventa y jurarse que algún día los iban a comprar, para después llegar a su casa, y poner en práctica la letra de perdedor, una canción de la banda colombiana Consulado Popular:
Me crie yo solo, tomando leche fiada, Y ese soy yo, sin Dios y sin ley
Mi juguete era un pitufo que tallé en un jabón Rey.
Los que conozco son tan caraduras que se auto perciben como una “cultura”. Y entonces, claro, si creen que comprar juguetes es una sabiduría, pues a la verdadera cultura, la del cine, la pintura, el teatro etc. le tienen una aversión rarísima. Piensan que esas expresiones y disciplinas son hechas por y para homosexuales o mujeres (¡!).
Trabajan de “sol a sol”, con el objetivo de cobrarle venganza a la pobreza que los agobió, son de esa llamada clase media emergente, y apenas pueden, se largan a parques de diversiones en la Florida a tomarse fotos con Darth Vader, Optimus Prime y, en general, cualquier muñeco a escala humana que se encuentren. El plan termina en un mall comprando sables de luz Jedí.
Cuando logran tener un hijo y el retoño cumple diez, o doce años… adivinen que pasa… exacto! Compran más juguetes, para turnárselos con el descendiente y terminan mal criando a un niño con cosas que ni siquiera ellos saben si les gustan o no en realidad, inculcándole necesidades de consumo, como cualquier publicista.

A los cincuenta años, uno debe entrar dispuesto a gastar lo que toque en una de esas hiper droguerías de ahora y comprar pastillas para dolencias y achaques, no a una juguetería con el niño interior alborotado.
Además, es bastante probable que sientan como se les desbaratan cadera y rodillas, por el simple acto de agacharse a recoger del suelo el carro a control remoto, luego de grabar “un divertido video” para Instagram con el hashtag #thisismylifenow (esta es mi vida ahora).
Pónganse serios por favor, todo esto ya se puso un poco patético. ¿Cuál es el problema en ser consecuentes con su edad y dignidad?
Y un consejo final, empiecen a alimentar el espíritu con religión, literatura o qué sé yo, porque el cuerpo ya no está para esos trotes ni ridiculeces, se los digo con cariño.


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