
Edgar Yesid Achury
De Fusagasugá. Californiano por adopción. Apasionado por la geopolítica.
Ingeniero de alimentos, maestro quesero.
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Durante años me dijeron que estaba exagerando, que el tema del racismo en Estados Unidos era un asunto superado, casi de archivo, algo que solo ve quien insiste en buscar problemas donde no los hay. Me pidieron calma, mesura, paciencia, porque al fin de cuentas los “supremacistas” son una minoría. Pero resulta que ellos mismos hablaron, y lo hicieron sin rodeos. Frente a cámaras, con una tranquilidad que inquieta, como quien siente que ya no tiene por qué pedir disculpas. No estaban opinando ni provocando: estaban marcando territorio. Y, como suele pasar en estas historias, tenían muy claro quién podía hacer el trabajo que ellos solos no podían asumir sin consecuencias.
Cuando Ilia Calderón, con valentía, se sentó frente a Chris Barker, entonces líder del Ku Klux Klan, no hubo debate ni matices. Hubo amenaza. Directa, vieja, elemental. Barker no habló de leyes ni de fronteras; habló de fuego. Dijo que no había que sacarla, sino “quemarla” para que se fuera. Así, sin vueltas. Esa frase no es una bravuconada ni un exabrupto: es el mismo libreto del supremacismo blanco, dicho con la tranquilidad de quien cree que ya no necesita esconderse. El odio, cuando se siente cómodo, deja de disimular, como ya es común en la nación de hoy.
Algo parecido —aunque con corbata, lenguaje pulido y apariencia intelectual— ocurrió cuando Jorge Ramos entrevistó a Jared Taylor, fundador de American Renaissance. Taylor no gritaba ni amenazaba, sino que razonaba. Decía, con tono casi académico, que Estados Unidos debía seguir siendo un país “europeo”, que los blancos debían ser mayoría para siempre, y que el crecimiento de los hispanos representaba una amenaza directa al poder de “su gente”. No hablaba de democracia ni de igualdad: hablaba de dueños y arrendatarios. Como si el país fuera una finca heredada y alguien estuviera invadiendo el potrero.
Y en esa entrevista quedó dicho algo clave, sin rodeos: ese proyecto —el de frenar, expulsar y perseguir a los hispanos— sí tenía ejecutor. Taylor fue claro: quien podía llevarlo a cabo era el actual presidente. No como una posibilidad lejana, sino como una certeza política. Para el supremacismo blanco, el actual presidente no era un accidente ni una anomalía: era la pieza que faltaba para pasar del discurso al decreto.
Todo esto gira alrededor de una idea que repiten como rosario mal rezado: “no vamos a permitir que seamos reemplazados”. No es una exageración ni una teoría conspirativa al revés; es su miedo central. El pánico a dejar de ser mayoría. El terror a que el país ya no se parezca a ellos. Y ese miedo, aunque esté mal digerido, tiene números detrás.
Las proyecciones oficiales lo dicen sin drama ni ideología: Estados Unidos avanza hacia un escenario sin mayoría racial única. Los blancos no hispanos dejan de ser mayoría alrededor de 2045 y, para 2050, los hispanos representarán cerca de una tercera parte de la población. No porque alguien esté “invadiendo”, sino porque somos más jóvenes, tenemos más hijos y trabajamos más. Matemática pura. Pero para quien confunde democracia con supremacía, eso suena a sentencia.
En ese contexto, el discurso presidencial no es un resbalón ni una torpeza. Cuando el actual presidente se refiere a los hispanos como criminales, cuando los describe como “lo peor que ha visto”, cuando expresa su frustración porque no llegan migrantes de Noruega o Suiza sino del llamado “tercer mundo”, no está improvisando. Está validando un prejuicio. Está hablándole directo al oído a ese miedo blanco, diciéndole que su rabia es comprensible y que su frustración merece respuesta desde el poder.
Y aquí aparece la ironía grande, casi incómoda: esa nostalgia por el inmigrante nórdico no solo es racista, también es económicamente torpe. Las economías no crecen por comodidad; crecen por necesidad. No las empujan quienes vienen del bienestar garantizado, sino quienes llegan con hambre, con urgencia, con ganas de trabajar duro, montar negocio, mandar a los hijos a estudiar y no volver atrás. Estados Unidos no se hizo fuerte con inmigrantes cómodos: se hizo fuerte con gente desesperada por salir adelante. Eso lo sabe cualquier economista serio y cualquier comerciante de barrio.
Pero al supremacismo eso no le interesa. No le importa la riqueza colectiva, sino quién manda. Por eso la persecución se vuelve aceptable. Por eso las redadas se aplauden, las familias rotas se minimizan y el hispano pasa a ser sospechoso por defecto. No es seguridad: es escarmiento. No es orden: es advertencia. No se persigue al inmigrante ilegal: se envía una advertencia definitiva e intimidante al migrante legal.
Lo verdaderamente grave no es que exista el odio, sino que hoy todo esté alineado: los supremacistas lo dijeron, los números lo activaron y el poder político lo ejecutó. No hay conspiración; hay continuidad. Lo que antes se decía en entrevistas marginales hoy se convierte en discurso oficial, en política pública y en permiso social para humillar, expulsar y sembrar miedo.
Ahí es donde esto deja de ser un debate abstracto y se vuelve una señal de alarma. Porque cuando un país empieza a tratar a una parte de su gente como si sobrara, no está protegiendo nada: está deteriorándose por dentro. Eso no lo dice la ideología, lo dice la experiencia.
Quienes vivimos aquí, pero venimos de sociedades donde el poder aprendió a señalar, a dividir y a normalizar la sospecha sabemos cómo empieza ese camino y, sobre todo, cómo termina. Ayer el foco estaba puesto en el afroamericano, hoy está puesto en el hispano; mañana será otro, y pasado mañana ya será tarde para preguntarse en qué momento la democracia dejó de ser una promesa compartida y pasó a convertirse en un filtro de exclusión.
Desde aquí, con los pies en este país y la memoria bien despierta, como inmigrante que nunca ha sido víctima de discriminación, ni parezca el hispano promedio que pueda ser visto como invasor, y que, en general, pasa como otro “de ellos” -de no ser porque hablo dos idiomas y por la forma crítica de ver el mundo- queda claro que cuando el miedo se convierte en política, nadie debería sentirse definitivamente a salvo. Nadie puede sentirse a salvo.


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