
César Torres Cárdenas
Investigador, consultor y profesor
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Buena parte de la clase politiquera y del periodismo colombiano tiene la rara habilidad de convertir en trivialidad los sucesos más trascendentales.
Eso está pasando con la reunión entre los presidentes Petro y Trump. Ese encuentro redefinió las relaciones bilaterales, profundizará la guerra en nuestro país y traerá consecuencias para toda América Latina. Pero nuestra dirigencia y sus periodistas están discutiendo si a Petro lo hicieron entrar o no por la puerta de atrás de la Casa Blanca; si Trump sabía que el tal Bernie Moreno había nacido en Colombia; si al colombiano le “leyeron la cartilla”, como afirmaron Cabal y Dávila —semejante par de lumbreras— y lo obligaron a aceptar la imposición de quien se cree el puto amo; o si, más bien, fue a buscar cooperación y se la concedieron.
Cada quien, desde su esquina politiquera, reclama que, tal como él o ella lo habían advertido, Trump trató a Petro de mejor o peor manera y que este consiguió tal o cual gesto de reconocimiento.Todas y todos parecen haber conseguido que el presidente gringo hiciera lo que se esperaba de él: que se portara como un rey y se apiadara de nosotros, o que se portara como un rey y maltratara al invitado.
Los primeros se alegran, además, de que a Petro lo hayan ascendido a mejor aliado de un gobierno —el de Trump— que se autoproclamó dueño y señor de todas las riquezas y de todos los gobiernos de América Latina. Los segundos celebran que, por fin, haya vuelto la guerra con el respaldo de la potencia extranjera que tiene siete bases y aproximadamente 150 asesores militares en nuestro territorio y, además, una flotilla de guerra en aguas cercanas a Colombia.
Una parte de la politiquería y del periodismo se alegra de que los dos presidentes se hayan caído bien y hayan podido conversar como adultos responsables; la otra afirma que no hubo simpatía, sino humillaciones que doblegaron a nuestro presidente. La primera sostiene que Petro logró lo que ningún otro presidente había obtenido de un mandatario estadounidense; la segunda asegura que lo obligaron a aceptar las exigencias de Trump.
Esas afirmaciones no son análisis políticos de la mencionada reunión. Aunque se pronuncien con el ceño fruncido y la mirada firme, son apenas comentarios frívolos que buscan polarizar a la gente por puras pendejadas y ocultar lo que allí se pactó.
A mí me parece que esta reunión Trump–Petro fue lo que la gente de antes definía con un proverbio: ni tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre.
Fue un diálogo entre iguales, porque cada uno es tan persona, presidente y jefe de Estado como el otro. Pero uno de ellos, Petro, dirige un país cuyas Fuerzas Armadas han sido instruidas, entrenadas, dotadas, monitoreadas y evaluadas por las del país de su interlocutor. Así las cosas, hablaron de mandatario a mandatario, sí, pero el gringo puede llegar a mandar sobre las tropas del colombiano. Nos guste o no, de entrada, había un desbalance de poder.
Aun así, cada presidente —y con él, el país que gobierna y representa— logró ventajas en la conversación.
Colombia respira aliviada porque, al menos por ahora, no vendrán tropas estadounidenses a secuestrar al presidente Petro y la intervención de esa potencia en nuestro proceso electoral seguirá siendo, como hasta ahora, a través de la Registraduría y del Consejo Nacional Electoral. Se fortalecen las Fuerzas Armadas y se garantiza la continuidad del comercio entre los dos países.
Estados Unidos, por su parte, logra que se abra una puerta de entrada para sus fuerzas militares terrestres hacia Venezuela, a través del Catatumbo colombiano. Solo en caso de necesidad, claro. Mientras tanto, sus empresas minero-energéticas pueden ir apropiándose de las riquezas del subsuelo catatumbero. Logra también que se oficialicen los bombardeos contra campamentos guerrilleros y la aspersión aérea con glifosato, usando insumos, tecnología, inteligencia y, quizá, acompañamiento humano estadounidense.
No fue que Petro permaneciera enhiesto, con la dignidad sin mácula ante el yanqui, y le gritara ¡Go home! Tampoco que se mantuviera inamovible en su posición antiimperialista y la proclamara en Washington.
Menos cierto aún es que hayan trapeado el piso con Petro o que este usara las rodilleras previamente empleadas por las y los opositores que gritaban con la señora Dávila: “Trump, haz lo tuyo”, y se ofrecían a convertirse en los consentidos de ese presidente.
Fue una reunión de política y negocios. Nada personal. Nada de farándula, espectáculos, fuegos artificiales ni lucecitas montadas para escena. No se hicieron amigos ni visitaron a sus familias. Simplemente definieron las nuevas reglas de nuestra dependencia.
Quizá Carlos Ortiz Leyva tiene razón en su afirmación: “(…) cuando la izquierda llega al gobierno sin romper con el poder económico y geopolítico, termina gobernando para ese poder, incluso cuando eso implica actuar contra las fuerzas que históricamente encarnaron la rebelión”.
Me queda una pregunta: teniendo en cuenta el volumen y la importancia del comercio con Estados Unidos, la cantidad y calidad de la presencia militar estadounidense en Colombia y la dependencia ideológica, logística y operativa de nuestras Fuerzas Armadas respecto de sus homólogas estadounidenses, ¿el presidente Petro podía lograr algo mejor?
Todo indica que la independencia nacional de Colombia es una tarea pendiente.


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