
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Por primera vez en la historia contemporánea, el español —no como lengua “alternativa”, no como cuota exótica— se convierte en el mainstream de la cultura popular global. Y el vehículo de ese fenómeno, para gusto o disgusto de muchos, se llama Bad Bunny. Que no me guste particularmente su música no me impide reconocer la magnitud de lo que está ocurriendo. Benito Antonio Martínez Ocasio no solo domina la industria musical: ha logrado algo mucho más complejo y poderoso, que el mundo no latino mire, consuma y —aunque no siempre lo entienda— sienta la cultura latinoamericana desde adentro.
No voy a fingir entusiasmo retrospectivo. Durante años, Bad Bunny me ha parecido un artista limitado: una voz escasamente afinada, nula vocalización, sonidos guturales repetitivos, una pobreza melódica y armónica difícil de defender desde cualquier criterio musical clásico. Hasta antes de su más reciente álbum, su propuesta estaba más cerca del ruido que de la música. Sin embargo, en ‘Debí tirar más fotos’ ocurre algo distinto: por primera vez uno siente que está rodeado de músicos, dialoga con la tradición y hace algo que se parece mucho a la música… La reinterpretación de referentes como Un verano en Nueva York, del Gran Combo de Puerto Rico, no es un simple guiño nostálgico; es una declaración de identidad.
Pero lo de Bad Bunny no es —ni de lejos— solo musical. Benito ha construido un imaginario cultural completo, diseñado para que el mundo no latino entienda el mundo latino tal como vive en la cabeza y en los poros de un puertorriqueño. Barrio, ruralidad, migración, memoria, goce, precariedad y orgullo. Todo eso está ahí, no como discurso académico, sino como experiencia sensorial.
La industria lo entendió antes que muchos críticos. La semana pasada, los premios Grammy dieron un golpe contundente: la música latina y en español es hoy lo que más vende, lo que más se escucha y lo que más influencia. El gramófono que recibió Bad Bunny no fue solo un reconocimiento artístico; fue la certificación de un cambio de era. Y si quedaban dudas, el Super Bowl —la tribuna mediática más vista del planeta— terminó de despejarlas.
Este fin de semana, en el show de medio tiempo, Bad Bunny se dio el lujo de invitar a Lady Gaga para cantar en tiempo de salsa. El símbolo es enorme: la megaestrella estadounidense entrando, aunque sea por segundos, en el territorio estético latino con su súper hit pero condicionado al tiempo de la clave y el güiro. Puede sonar a herejía, pero hoy este boricua es el artista más importante de la industria musical global. Está lejos, lejísimos de ser el más virtuoso, o el más refinado, pero sí el más influyente.
Así como Michael Jackson en los años 80 se convirtió en el ‘rey del pop’ porque entendió los códigos de su tiempo —televisión, videoclip, baile, teatralidad y mercado—, treinta o cuarenta años después la atmósfera cultural está gobernada por un latino que comprendió los códigos de esta época: plataformas, redes sociales, streaming, viralidad y estética identitaria. Spotify es su MTV; Instagram, su escenario. Y el algoritmo, su productor ejecutivo.
Hoy millones de estadounidenses están intentando aprender español o, al menos, memorizar letras que no comprenden del todo. Bad Bunny ya les entró por donde se entra en la cultura popular: por el beat, el ritmo, el swing, el sabor. En la noche del Super Bowl no necesitaron entender la letra. Bastó la escenografía: un cañaduzal, la ruralidad latina, la vida de barrio con sus pequeños puestos de frutas o de tacos, con los viejos jugando en la acera, la cotidianidad que para nosotros es paisaje y para ellos es exotismo puro. En el recorrido que hizo Benito por la escenografía, apareció sirviéndole un shot, Toñita, una matricarca de 85 años en la comunidad latina de Nueva York, dueña del Caribbean Social Club, un lugar símbolo de resistencia porque está enclavado en un espacio de alta valorización en Brooklyn y la propietaria ha querido seguir teniendo ese refugio para la identidad latina. Eso es entender los códigos de transmisión de la época para inducir a conocer los códigos de un mensaje que por décadas ha sido visto con desdén.
Confieso que al terminar el show sentí que me había quedado faltando algo. Con todo su poder simbólico, Bad Bunny, pensé que habría podido haber sido más explícito en rechazar las acciones de la fuerza migratoria de ICE contra los migrantes. Pero la política, incluso cuando no se enuncia, se manifiesta. Aún así una frase apareció para dominar la escena: “Lo único más poderoso que el odio es el amor” que se visualizaba tanto para los asistentes como para los tele espectadores. Así, la cereza del pastel fue la reacción minutos después del presidente Trump, quien calificó el show como “una bofetada a Estados Unidos” y atacó la estética latina como una afrenta a su idea de grandeza. Ese asquito público terminó de sellar el mensaje. Cuando Trump se incomoda, la cultura latina avanza. Ahora bien, la bofetada fue sin la violencia arrabalera del trumpismo, sino con el guante blanco del borínquen.
Claro que pienso —y no sin razón— que otros artistas que lo precedieron merecerían hoy más reflectores por representar otras líneas estéticas de nuestra cultura. Pero la historia no se escribe con justicia poética, sino con legitimidad de masas. Y si hoy la estética que domina es la de Bad Bunny, es porque millones la han validado en todo el planeta.
Ojalá este fenómeno sirva para algo más grande. Para que las Américas se conciban así mismas como un solo continente más monolítico; con diferencias, pero menos asimétrico. Una oportunidad para que la política, la literatura, la poesía, las artes plásticas, la danza, el teatro y muchos otros géneros musicales en español encuentren también su lugar en el corazón de nuevas audiencias. Que el español deje de ser una lengua “de nicho” y se asuma, de una vez por todas, como lo que ya es: una lengua central de la cultura global.
Bad Bunny no es el final del camino. Es la puerta abierta. El Super Bowl fue el truco del mago que sacó un conejo del sombrero; esta vez, del súper tazón… en español.


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