
Beatriz Vanegas Athías
Escritora, profesora y editora
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Por estos días he estado pensando en una idea de Susan Sontag: “La máscara es el rostro”. Me llegó esta idea debido a ese divertimento que ha surgido en las llamadas redes sociales porque la precandidata Vicky Dávila se disfrazó de indígena wayuu e hizo que bailaba una yonna o chichamaya ante los aplausos de un reducido número de espectadores.
Ella se notaba feliz, casi pletórica, tan caracterizada que era posible creer que había honestidad en su acto performático; le creí como durante tantos años cuando oficiaba (actuaba, se dirá) como periodista; y me gustó su voz de cantante en aquel trabajo discográfico en el que acompañó a la cantante Helenita Vargas.
Ella siempre convence, pero cuando ya está a punto de ser consistente en algo, como sucede con muchos inconstantes, se le ocurre desistir. Entonces entra en ese túnel de la degradación en el que inicia un camino imposible de desandar: la sobreviviente de una familia disfuncional se transforma en un prospecto de cantante, pero no basta con ello porque no hay amor en sus intentos de ser estrella, es decir, no hay paciencia( ya nos enseñó Paul Celan que el otro nombre del amor es la espera, la paciencia) entonces se metamorfosea en una versátil periodista; sin embargo la periodista tampoco alcanza para ser, entonces se transforma en una militante furibunda para entronizar desde el micrófono a la derecha.
Una vez allí, tampoco alcanza e inicia el declive hacia ámbitos como la precandidata política de derecha que, a su vez muta en precandidata de un conjunto de precandidatos cuál más acomodado y pusilánime.
La escuela, el colegio, la universidad debería enseñar en serio Semiótica, análisis del discurso y de la gestualidad para leer la puesta en escena, por ejemplo, de ese grupo residual de candidatos autodenominados con el lema de ‘Gran Consulta por Colombia: Vicky Dávila (Movimiento Valientes),Paloma Valencia (Centro Democrático), Mauricio Cárdenas (Avanza Colombia), Juan Manuel Galán (Nuevo Liberalismo), Aníbal Gaviria (La Fuerza de las Regiones), David Luna (Movimiento Sí Hay un Camino) y Juan Daniel Oviedo (Con Toda por Colombia) que participarán en la consulta interpartidista de la coalición de centroderecha.
Detenerse en el nombre de los partidos es asistir a su muerte pues están más cercanos a denominaciones propias de lemas y consignas que a un partido con principios ideológicos acendrados. Se trata del síntoma del siglo XXI: la desmesura, la falta de autocrítica con la aparición del otro extremo desmesurado surgido de casi un siglo de exclusividad de los partidos conservador y liberal.
Si antes no había sino dos opciones, ahora hay una profusión y hasta una incontinencia partidista que en el fondo (y en la apariencia, cómo no) es casi lo mismo: derecha(conservadores), liberales (izquierda social) y tibios (centro vergonzante de la derecha).
Todos tras el monto de reposición de votos tanto para el Congreso como para la Presidencia. Para el 2026, la resolución del vilipendiado CNE indica que candidatos a Cámara y Senado recibirán por cada voto válido obtenido un total de 8.433 pesos, mientras que para aspirantes a la Presidencia el monto se ubica en 8.613.
Toda esta histriónica y vociferante masa de candidatos sabe que no tienen una real posibilidad de obtener la presidencia, pero ahí están, prometiendo acabar con la corrupción, la desigualdad, la exclusión, la violencia, la pobreza. Lo hacen sin ruborizarse, no se preguntan qué sentirá su cuerpo, su mente, sus silencios al ver dos o tres años más tarde los tik tok de sus campañas en estas elecciones, diré mejor, en esta exposición al ridículo que ha sido la autopromoción chambona de su imagen ¿acaso no se conocen? ¿a dónde anda el talante de estadista? ¿la puesta en escena del ridículo como es su estrategia o es su esencia? ¿la plata es lo que cuenta? Creo con Susan Sontag que la máscara es el rostro. Analicemos bien entonces cuál máscara nos gobernará los próximos cuatro años.


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