
César Torres Cárdenas
Investigador, consultor y profesor
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Keshava Liévano es uno de mis autores favoritos. Hace pocos días escribió que hay un montón de pordioseros mendigando un “me gusta”, es decir, un like, en las redes sociales. Claro que es cierto, me dije. Y recordé el transporte urbano de Bogotá antes de que llegara TransMilenio.
Los mendigos de los que habla Liévano viven en una especie de guerra por el like, como antes lo hacían los conductores de bus urbano en la llamada guerra del centavo. Era una disputa por los pesos que dejaba cada pasajero: paraban en cualquier lugar, incluso en la mitad de la calle; la gente corría hacia el bus detenido momentáneamente, atravesaba zigzagueando y se subía, aunque quedara colgando. Lo mismo ocurría para dejar pasajeros: en cualquier sitio, fuera paradero, andén o calle, y sálvese quien pueda.
No eran precisamente fanáticos de respetar normas y señales. Lo que importaba era subir y subir gente al bus, que la registradora marcara y dejara plata. “El tanto por ciento por mechudo”, se decía en la jerga. Claro, había quienes no pasaban por la registradora y esos pasajes no entraban en las cuentas: iban directo al bolsillo del conductor, que además era mal pago y casi siempre carecía de seguridad social.
Una vez todas y todos a bordo, empezaba el intercambio de opiniones —muchas veces agresivas— sobre los más diversos temas: si cabía o no más gente; si quienes ya estaban dentro debían moverse hacia atrás para hacer espacio o empujar hacia adelante para permitir la entrada por la puerta trasera; si el conductor debía dejar pasajeros donde estos indicaban, donde lo señalaran las normas de tránsito o donde hubiera menos riesgo de perder nuevos usuarios.
Pues bien, así funciona la guerra de los “me gusta”, la pedigüeñería en las redes.
Para algunas personas se trata de subir y subir seguidores, aumentar el número de “me gusta”, multiplicar las veces que se comparten sus escritos y lograr que cada vez más gente comente. En esa búsqueda frenética no se evitan las discusiones subidas de tono ni el intercambio de insultos; más bien se promueven, porque atraen curiosos y a quienes desean meterse en peleas ajenas u opinar sobre cualquier tema. Y ahí van dejando lo deseado: el clic, el like, el engorde del ego, el goce de sentirse importantes.
Así se va construyendo una cultura en la que lo que importa es ser visible. No interesa si, como ciertos candidatos a la Presidencia, ante un tipo de público dicen una cosa y frente a otro dicen lo contrario. No buscan la verdad ni mostrar lo que han encontrado en su búsqueda; tampoco expresar lo que realmente piensan. Solo quieren ser visibles y que esa visibilidad genere ingresos. Porque ese es otro asunto: después de cierto número de seguidores, dependiendo del tráfico —“me gusta”, comentarios y compartidos— la red empieza a consignar dinero o a conseguir patrocinio para quienes la usan.
De a poco se rompen los lazos sociales. La lucha por la visibilidad, como en la guerra del centavo, hace que nos veamos siempre como competidores y no como potenciales colaboradores.
Eso se refleja y se refuerza en las campañas políticas. Los partidos y coaliciones terminan siendo la suma de intereses de figuración individual. Cada quien sale a mendigar votos cada cierto tiempo, a mostrarnos sus miserias y sus supuestas ganas de salvarnos del desastre que ellos mismos provocaron.
Con este ejemplo lo digo todo: los partidos, partiditos e individuos que se opusieron con fiereza a todas las reformas y al aumento del salario mínimo —hoy llamado salario vital— aparecen ahora diciendo que son sus mayores defensores.
Hasta hace pocos días los vimos gritar, brincar y festejar cada vez que lograban hundir o detener esos proyectos en el Congreso de la República. Los vimos contratar abogados para demandar cada decreto y cada acto legislativo que otorgara algún bienestar a la ciudadanía. Pero acaban de enterarse de que —como dice el candidato Juan Manuel Oviedo— la gente está contenta con las reformas que ha logrado este gobierno y que tanta oposición ciega y torpe les está costando votos. Entonces, con cinismo, salen a decir que la iniciativa fue suya y que debe respetarse el salario decretado por el gobierno Petro.
No les importan sino los votos, el dinero que ganan ostentando un cargo público, la camioneta, los guardaespaldas, los contratos en los que pueden cobrar coimas o beneficiar a sus financiadores. Hoy compiten todos contra todos por un “me gusta”, por un comentario que les dé visibilidad, aunque los denuncie como bandidos.
Mendigan votos, persiguen el dinero de la reposición electoral, y el país les importa demasiado poco. Es la guerra del centavo electoral.
Debo reconocer, sin embargo, que en las redes y en las campañas electorales no solo hay gente como la que describo. También están quienes investigan, analizan y luego comparten lo que piensan.
No faltan personas que conservan la esperanza de ayudar a mejorar el mundo diciendo lo que dicen o haciendo lo que hacen, sea en las redes, en las campañas o en los cargos públicos. Es gente que, desde su diferencia, hace la diferencia y agrega valor ético y político a nuestras vidas.
Es gente que ha dejado de preocuparse tanto por el clic, por el “me gusta” y por el comentario. Se concentran en compartir sus hallazgos y verdades. Renuncian a esas guerras, aunque incomoden a amigos, adversarios y cercanos.


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