
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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No pretendo escribir una biografía. Miles de medios la harán mejor y con más datos. Lo que sí quiero decir es que no murió solo un cantautor, ni únicamente un trombonista, ni apenas un director, arreglista, productor o compositor. Se fueron todos ellos en un solo cuerpo del que brotaba talento a rabiar. Y la rabia aquí no es una palabra gratuita.
Willie Colón nació en la compleja dualidad entre el festivo ADN caribeño y la rabia contenida de una etnia latina vista con desdén y sospecha, que intentaba abrirse paso en las ásperas calles del Bronx neoyorquino. Esa rabia estaba en todo: en las frustraciones de los padres durante la cena, en los salones de clase, en las grocery stores, en las miradas de reojo. Pero, sobre todo, estaba en las calles de El Barrio: una rabia contenida, cotidiana, que aprendía a sobrevivir.
Ese universo fue el sustrato de sus letras. Por eso, en las carátulas de sus discos y en sus canciones, le gustaba aludir a ese mundo sórdido y gánster del que fue testigo privilegiado, como en ‘Juanito Alimaña’. Colón tenía una convicción entre ceja y ceja: su música podía sostenerse en los tiempos de la bomba y la plena que escuchaba de su abuela, pero sus letras ya no habitarían los paisajes bucólicos de sus predecesores. La poética se volvió urbana, áspera, aunque sonaran congas y timbales. El campesino de sombrero de paja se desvanecía; emergía el pandillero embambado, pantalón bota de campana y pose de malevaje.
Fue pionero en convertir la figura del bandido en arquetipo comercial. Lo que hoy hacen algunos reguetoneros —con videoclips de traquetos, armas doradas y marcas exhibidas como vallas publicitarias— Colón lo había ensayado hace más de medio siglo. Con una diferencia sustancial: él conocía de primera mano esa escena nocturna y descarnada. Pero, junto a Lavoe, la parodiaba. En las fotos no apuntaban con una UZI sino con el estuche de un trombón. El Malo fue un personaje construido con conocimiento real, sí, pero también con humor negro y una ironía compartida con su paisano y cómplice.
Y hablando de cómplices: Colón fue decisivo para que Héctor Lavoe brillara en medio de su propia oscuridad. Le perdonó más veces de las que habría tolerado a cualquier músico llegar tarde tras una juma que lo dejaba —como decía el gran Joe— “mirando al techo”. Pero Colón, más inteligente que paciente, entendía que Lavoe era oro en polvo: tenor privilegiado, carisma natural y una capacidad de improvisación que convertía cada pregón en acontecimiento. De esa dupla nacieron himnos como ‘La Murga’, ‘Che Che Colé’, ‘Calle Luna, Calle Sol’ y ‘Ausencia’.
Luego llegaron las colaboraciones con Rubén Blades, que se volvieron legendarias. Si Colón y el panameño son dos de las grandes catedrales de la salsa, el resultado supremo de ese binomio fue el álbum Siembra, considerado por muchos el “Sgt. Pepper” del género, en referencia al icónico ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’. Allí apareció ‘Plástico’, una crítica feroz a la sociedad de consumo en su versión más cosmética y vacía. Y, por supuesto, ‘Pedro Navaja’, canción que suele asociarse casi exclusivamente a Blades, pero que lleva la impronta de Colón en la dirección orquestal, los arreglos, la producción y ese trombón que convierte la pieza en una crónica musical.
Durante años, a mis estudiantes de periodismo de primer semestre les llevaba una grabadora al aula. Sonaba el cassette un par de veces y debían deconstruir la canción para redactar la noticia de la muerte del bandido, como si cada verso fueran los apuntes de un reportero en la escena del crimen. ‘Siembra’ no solo revitalizó un género que parecía agotarse; puso a América Latina en el mapa discográfico mundial cuando muchos daban la salsa por moribunda.
La primera vez que escuché a Colón fue a finales de los setenta —o tal vez en 1980— en el programa ‘Sábado Sensacional’, conducido por Amador Bendayán. Aquel show reunía con naturalidad a figuras globales porque esa Venezuela era meca cultural. En la misma pantalla desfilaban Village People, Blades, Julio Iglesias, Raphael, Camilo Sesto o Roberto Carlos. Recuerdo la dulce potencia de su trombón y, años más tarde, la potencia aún mayor de sus letras cargadas de América Latina en cada acorde.
Tiempo después, viajando a Puerto Rico, busqué la ‘Calle Luna, Calle Sol’. Me desilusioné un poco; la había romantizado. Pero entendí algo: en la música de Colón los lugares no son lugares, son estados de ánimo. Sus sonoridades tienen textura de permanencia.
También fue un hombre contradictorio. Arquitecto de una identidad latina que se negaba a la marginalidad, edificó esa “religión” llamada salsa sobre el guaguancó y el son cubanos, la plena y la bomba puertorriqueñas, y las injertó con jazz, funk e incluso con ecos de bossa nova. No fue purista; fue alquimista.
Imagino que allá arriba “se juntaron los caballos” con Héctor, Cheo, Pacheco, Celia y ‘Maelo’. A esta hora deben estar celebrando el reencuentro.
Paz en sus tumbas. Alegría en sus cielos.
Se fue El Malo… el más bueno.


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