
César Torres Cárdenas
Investigador, consultor y profesor
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La semana pasada hubo una crisis en el partido ultraderechista Vox de España. Del grupo de fundadores de ese partido, en su dirección solo queda Santiago Abascal. Los demás han sido apartados forzosamente de sus cargos.
Abascal actúa como dueño del espacio político y de la Fundación Disenso. Ambas entidades reciben millonarios recursos tanto del Estado español como del MBH Bank, uno de los bancos más grandes de Hungría. Esta institución financiera está controlada por empresarios cercanos a Viktor Orbán, quien mantiene afinidad con ideas neonazis.
Así, Abascal, fortalecido por el dinero, no solo asume la totalidad del poder partidario, sino que también le quita votos y le arrebata espacio político a la derecha tradicional agrupada en el Partido Popular.
Mientras avanza decapitando políticamente a quienes fueron sus colaboradores más cercanos, aquí, en medio de la campaña electoral, se libra una lucha soterrada en la que el narco-paramilitarismo define quién lo representará políticamente. Si se me permite la metáfora, es una pelea de tigre con viejo amarrado (pero mañoso).
Como Abascal, el emergente De la Espriella no solo busca la Presidencia de la República; también quiere quedarse con la vocería única del sector político que mejor ha representado la parapolítica. Uribe Vélez, como la derecha tradicional española, está tan envejecido como cuestionado judicialmente y aún no decide si entrega o no el mando a ese abogado al que trató de ladrón.
El anciano dirigente ya no despierta expectativas ni convoca grandes manifestaciones. La gente lo percibe aburrido, sin gracia y reiterativo. Sus amenazas perdieron fuerza y cada vez asustan a menos personas. La población le perdió el miedo desde que ella enfrentó a las fuerzas combinadas de paramilitares y agentes del orden durante el estallido social de 2021, que en realidad empezó a gestarse antes de 2019.
Por esa razón, el narco-paramilitarismo puede retirarle la confianza a Uribe y, en cambio, empezar a explorar la posibilidad de entregársela a alguien que ha sido abogado defensor de muchos de los suyos, aunque exista la sospecha fundada de que fue capaz de robar a algunos de los criminales más sanguinarios, como han afirmado Salvatore Mancuso y José Rafael “El Mono” Abello.
Según sus propias cuentas, a Abascal le va mejor solo que bien acompañado. En la ultraderecha colombiana, en cambio, nadie tiene los votos suficientes para derrotar a Iván Cepeda. Aquí tendrán que reagruparse después del 8 de marzo por pura necesidad de supervivencia.
Esa disputa entre la vieja y nueva derecha también tiene un componente estético que se manifiesta en la ropa que usan los contendientes.
Para convocar a la expulsión de inmigrantes en nombre de una supuesta reconquista española y denunciar lo que él llama “derechita cobarde”, Abascal usó una especie de casco llamado morrión. Este fue utilizado en los siglos XVI y XVII por los soldados de los temibles Tercios españoles que dominaron las guerras europeas. A falta de mitos fundacionales y gestas militares a los que acudir para refundar la patria por tercera vez, De la Espriella se pone una cachucha parecida a las que usan miembros de las Fuerzas Armadas, saluda como militar y lanza gritos con entonación marcial. Ninguno de estos dos políticos prestó el servicio militar: ambos encontraron excusas y eludieron lo que ellos mismos consideran un deber patrio.
La vestimenta habitual de estos dirigentes consiste en trajes que parecen quedarles muy ajustados. Esta tendencia estética, conocida como estilo “Slim fit de la nueva derecha”, no es casual. Es un giro visual estratégico que proyecta una imagen de dinamismo, juventud y disciplina corporal, contraria a la del político tradicional en vías de jubilación.
En la narrativa de la ultraderecha, el cuerpo es un reflejo de la voluntad. Un traje que abraza una figura atlética o delgada comunica que el líder tiene autocontrol y rigor personal. Se contrapone así a la imagen del político descuidado y sugiere que quien puede dominar su propio cuerpo es apto para dirigir el Estado, mientras que quien se viste de otro modo carece de la fuerza necesaria para liderar la nación. Por eso, en España, una parlamentaria afín a Abascal pidió que se publiquen los informes médicos sobre la salud del presidente Sánchez y, en Colombia, cada cierto tiempo se difunden rumores sobre una supuesta enfermedad terminal de Iván Cepeda.
Ni Abascal ni Abelardo tienen un programa de gobierno claro. Se limitan a destilar odio y a prometer un mayor uso de la fuerza. Confían su futuro político al apoyo de actores ilegales que operan en zonas grises del sistema. Saben que su estética se presenta como una protesta contra lo establecido y que así pueden captar votos en sectores sociales con menor acceso a información verificable.
Ambos se ajustan los trajes lo más fuertemente posible, posan como militares consumados, protagonizan espectáculos mediáticos y disputan el liderazgo, sin presentar idea alguna acerca de cómo mejorar la vida de sus conciudadanos.
La extrema tontería puede tomarse el poder.


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