
Lucas Restrepo-Orrego
Investigador, docente y abogado
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El eje del debate de hace veinte años hoy está agotado: el partido de Ingrid Betancourt, Álvaro Uribe Vélez y el partido surgido del Acuerdo de Paz entre el gobierno y las FARC perdieron sus escaños en el Congreso de la República.
Es un síntoma de cambios importantes. Hace veinte años, que la izquierda lograra el tercer puesto era una proeza. Su figura más relevante era un liberal adepto al Estado social de derecho (Carlos Gaviria). Hoy, esa misma izquierda, es el grupo parlamentario más numeroso.
La ultraderecha lo ocupaba todo: mayorías absolutas en Senado y Cámara. El centro se inclinaba hacia la derecha (Santos, Roy, el ministro Benedetti, todos eran uribistas).
El movimiento indígena era considerado subversivo. El movimiento campesino no era reconocido como movimiento y era acusado de tener nexos con las FARC o con otros movimientos insurgentes. El movimiento estudiantil era una vacuola. Resistíamos pocos y nos costó mucho.
El movimiento de víctimas apenas nacía como un movimiento por la justicia, la memoria y la reparación. La apuesta antisubversiva del Estado, independientemente de quien fuera el Presidente y quiénes sus ministros, empujó el nacimiento de las víctimas de crímenes de Estado. Ellas se organizaron y el hoy candidato presidencial, Iván Cepeda Castro, contribuyó a ese nacimiento con un acto de valentía sin precedentes: levantó la imagen de Manuel Cepeda Vargas, solitario, en un terrible día en que el Congreso de la República, en pleno, aplaudió de pie a los comandantes paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia -AUC.
De gestos minoritarios como ese, nació el Movimientos de Víctimas de Crímenes de Estado, MOVICE, y nació la idea de que las víctimas no quieren conmiseración, sino justicia.
El mundo de la reelección de Uribe en 2006 ya no existe. El Consenso de Washington está roto; la destrucción de Gaza fue también la destrucción del derecho internacional, de su prestigio y del prestigio europeo en los países del sur. Los derechos humanos han perdido su fuerza normativa en el ámbito de las relaciones internacionales.
La gobernanza neoliberal se ha transformado en una suerte de neofeudalismo de bandas de multimillonarios insaciables. El dinero crece más allá de toda medida respecto de la riqueza real. Las nuevas tecnologías vienen imponiendo relaciones de desigualdad cada vez más profundas. Internet ya no es abierto. Y la promesa de riqueza y progreso social que el neoliberalismo hizo alguna vez a los pobres ya no resulta creíble.
Doña Paloma Valencia es una mujer inteligente. Ha entendido todo esto. Su propuesta de derecha probablemente superará la prueba del desgaste del pedófilo Trump, cosa que no ocurrirá con el siniestro señor De la Espriella. Paloma es hoy la promesa de victoria de la derecha y también la promesa más seria de una renovación oscura de la ultraderecha en Colombia.
Ya no tiene, como Uribe, al derecho internacional ejerciendo presión, pero entiende que su base no es suficiente. Su discurso conciliador es una trampa.
Iván Cepeda sobrevivió al derrumbe de la política de hace veinte años porque siempre fue un intempestivo. Fiel a su inactualidad —en el sentido profundamente nietzscheano del término— vuelve a apostar su visión de mundo contra las expectativas más inmediatas al nombrar a Aida Quilcué como fórmula vicepresidencial.
A todas luces es una decisión intempestiva. Pero eso es Iván Cepeda: un político con mirada de águila. El mundo de 2006 empezó a morir con los estudiantes de la Mesa Ampliada Nacional Estudiantil, MANE. Y en 2026 las campanas de la historia hicieron redoble de difunto por el mundo que dio nacimiento al Acuerdo de Paz de 2016.
Sin que hayamos superado aún las miserias que ese Acuerdo debía resolver —y por eso mismo aún debe cumplirse—, ya hemos superado el tiempo histórico que lo justificó.
En mayo daremos comienzo oficial a un nuevo tiempo. Mucho de ello ya fue anunciado con estos cuatro años de la izquierda en el gobierno. Espero que sea un tiempo que siga recorriendo este sendero inquieto hacia la igualdad, el reencuentro y la paz con justicia social.
Que asuma la lucha contra la corrupción como un problema de macrocriminalidad, tal como lo propone Iván Cepeda con su revolución ética.
Espero también que la opción por el desarme definitivo no repita la historia de siempre, agravada ahora por la propuesta de tierra arrasada que traen bajo el brazo De la Espriella y Valencia. Esa propuesta ya fracasó; ya nos condujo al camino de la peor crisis humanitaria del continente.
No quiero eso. Quiero la paz, la revolución ética, la igualdad, la distribución de la riqueza y de las responsabilidades, y la profundización de la democracia.


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