
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Por estos días, el mundo parece estar siendo jugado como si fuera un tablero. O peor aún, como si fuera un videojuego. Y en el centro de ese juego aparece una figura que no oculta su lógica: Donald Trump.
No se trata simplemente de un líder político con ideas fuertes o una visión distinta del orden internacional. Lo que estamos viendo es algo más profundo —y más inquietante—: una personalidad de conquistador en pleno siglo XXI, en un planeta que ya no resiste ese tipo de pulsiones.
Trump parece haber asumido que el mundo es un espacio disponible para ser reorganizado a su medida. Un lugar donde el poder se ejerce como quien avanza niveles en un juego: conquistando territorios, sometiendo gobiernos, instalando condiciones y dejando “virreyes” que ejecuten su voluntad.
En Venezuela, la operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro marcó un punto de inflexión. Más allá de que Maduro haya sido —y es difícil negarlo— un gobernante autoritario, el precedente es delicado: una potencia extranjera ejecutando una acción directa sobre la soberanía de otro país y planteando incluso la posibilidad de “administrar” su transición. No obstante, Trump no ha tenido problema en dejar a Delcy Rodríguez, una servil títere con el aparente poder soberano en Venezuela, a pesar de que ella y su hermano Jorge ha sido una de las principales beneficiadas de la tiranía asesina que tenemos al otro lado del Arauca.
En Irán, el escenario es aún más sensible. El escalamiento militar ha dejado muertos, tensiones globales y un mensaje implícito: la fuerza como herramienta primaria de ordenamiento internacional. La comparación puede parecer exagerada, pero no lo es tanto: intervenir de esa manera en una potencia regional es, en términos simbólicos, equiparable a tocar los pilares más sensibles del equilibrio global.
Y mientras tanto, en el Caribe, la historia avanza con un libreto similar. Trump ha llegado a afirmar que Estados Unidos podría tener el “honor” de “tomar” Cuba, en medio de presiones económicas, bloqueos energéticos y negociaciones simultáneas. La fórmula es clara: asfixia por un lado, diálogo por el otro. Presión y negociación como herramientas para domesticar gobiernos.
No es un hecho aislado, es un patrón: Amenaza militar, intervención directa o indirecta, debilitamiento económico y luego negociación bajo condiciones asimétricas. Un método que recuerda más a las lógicas imperiales del siglo XIX que al sistema internacional basado en reglas que el mundo intentó construir después de la Segunda Guerra Mundial.
Pero quizás lo más inquietante no es la estrategia, sino la mentalidad que la sustenta.
Trump ha insinuado intereses sobre territorios como Groenlandia o incluso el canal de Panamá. Y en el caso de Groenlandia, se ha hablado de acercamientos directos, casi ligados al chantaje a la población para explorar escenarios de autonomía que eventualmente faciliten una anexión. No es solo geopolítica: es una visión del mundo como espacio transaccional, donde los territorios pueden ser persuadidos, presionados o absorbidos como si fueran propiedades en Monopoly, el juego de mesa… Como si la humanidad fuera, en efecto, el juguete más costoso jamás creado.
El problema es que este no es un juego cualquiera. No hay reinicio posible. No hay un “volver a intentar”. Cada movimiento tiene consecuencias reales: vidas humanas, economías enteras, equilibrios regionales y, en el peor de los casos, la estabilidad global.
No es descabellado pensar que el mundo no había estado tan cerca de una escalada mayor desde la Crisis de los misiles en Cuba. Hoy, como entonces, hay tensiones acumuladas, potencias observando y líderes tomando decisiones que pueden escalar más allá de lo previsto.
Y aquí conviene hacer una precisión necesaria: Trump no es el único líder en el mundo con pulsiones de grandeza. Existen otros, en distintas latitudes, con visiones similares del poder. La historia reciente está llena de ejemplos.
Pero hay una diferencia fundamental: Trump no solo tiene la ambición. Tiene el poder económico, militar y tecnológico de la principal potencia del planeta. Y esa combinación —ambición sin contrapeso efectivo— es la que convierte el escenario actual en algo especialmente de alto riesgo.
El discurso de “hacer grande a Estados Unidos de nuevo” puede ser legítimo desde una perspectiva interna. Todo país busca fortalecerse. Pero cuando esa aspiración se traduce en la desestabilización sistemática del orden internacional, el costo deja de ser nacional y se vuelve global.
Lo que está en juego no es la hegemonía de un país sobre otros, es la estabilidad de la nave en la que todos viajamos.
Porque si el mundo es un tablero, no somos espectadores, somos las fichas.


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