
Behrang Pourhosseini
Filósofo franco-iraní Traducción del francés: Lucas Restrepo Orrego
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Revolución confiscada: así es como algunos califican el destino del gran levantamiento de 1979, en el que los jomeinistas[1] monopolizaron progresivamente el poder marginando, eliminando y ejecutando a las actrices y actores marxistas, liberales y nacionalistas que, no obstante, habían participado en el derrocamiento de la dinastía Pahlavi[2]. La guerra entre Irán e Irak (1980-1988) consolidó esta fase al instaurar un estado de emergencia duradero en nombre de la unidad frente al enemigo. En el espacio de unos pocos años, una revolución popular, pluralista y anticolonial derivó en un Estado islámico autoritario, sanguinario y misógino.
La agresión israelo-estadounidense lanzada contra Irán en marzo de 2026 parece hoy reactivar mecanismos similares de confiscación contrarrevolucionaria, aunque, en esta ocasión, desde el exterior. Los “salvadores” estadounidenses, aplaudidos por el movimiento MIGA (“Make Iran Great Again”), son ahora quienes pretenden orientar la trayectoria política iraní hacia una transición impuesta desde arriba. Una de las señales de la recuperación imperialista de la revuelta popular iraní es el asesinato de Jamenei por las bombas estadounidense-israelíes, el tirano sanguinario que debía ser condenado ante un tribunal popular.
¿Está Irán, o estaba, al borde de una revolución? Nadie puede responder a eso. Una revolución solo se reconoce a posteriori. Es solo una vez ocurrida, solo una vez inscrita en la trama de la historia, que sus causas se recomponen y su significado se estabiliza. Sin embargo, hay algo innegable: desde el movimiento verde de 2009 hasta el levantamiento de enero de 2026, las sucesivas oleadas de protestas han expresado, a costa de la sangre de las y los iraníes, la exigencia de un nuevo pacto político.
Sin embargo, todo transcurría como si estuviéramos presenciando una revolución constantemente frustrada: una situación antagonista en la que la dinámica revolucionaria no lograba desembocar en un cambio de régimen; una suerte de antagonismo hegeliano entre el espíritu vivo de una sociedad —el modo de vida, las aspiraciones y las prácticas sociales de las y los iraníes— y una forma política rígida que se resiste a cualquier superación dialéctica.
La guerra declarada contra Irán —vendida como una ayuda exterior destinada a lograr lo que la sociedad iraní no habría conseguido por sí misma— no hace más que agravar este estancamiento. Ésta, quema “tanto lo mojado como lo seco”, según una expresión persa: deja tras de sí infraestructuras destruidas y vidas destrozadas, y una sociedad debilitada; abre una temporalidad incontrolable en la que el poder destituyente del pueblo iraní queda relegado a un segundo plano en beneficio de los Estados beligerantes. Se instala un auténtico caos en el que los factores internos y externos, los accidentes y los cálculos estratégicos se entremezclan de manera impredecible.
La historia aún no se ha repetido hasta el punto de que el levantamiento iraní concluya una vez más con el establecimiento de un nuevo poder autoritario, ya sea monárquico o de otro tipo. Pero la secuencia iniciada por las bombas estadounidenses-israelíes tiene como objetivo principal sofocar las múltiples dinámicas de protesta que atraviesan la sociedad iraní —dinámicas que podrían haber dado lugar, y aún podrían dar lugar, a una nueva primavera regional—. Una perspectiva que temen no solo Estados Unidos e Israel, sino también numerosos regímenes autoritarios de la región.
Sin embargo, incluso en estos días sombríos, mientras el humo negro cubre el cielo de Teherán, persiste la esperanza de que el pueblo iraní consiga aún tomar las riendas de su destino. La sociedad iraní había empezado a extraer ciertas conclusiones. Había comprendido que el llamamiento de Reza Pahlavi[3] a llenar las calles, exponiendo a los manifestantes como carne de cañón frente a las ametralladoras, solo podía conducir a una masacre. Poco a poco se imponía la idea de que no se puede construir ninguna resistencia duradera sin organización, sin estructuras colectivas, sin redes horizontales capaces de proteger a quienes luchan.
Antes que la guerra hubiese venido a oscurecer el horizonte, las y los iraníes habían inventado un nuevo lenguaje político a partir del duelo luego de que, durante los funerales de las víctimas, las madres comenzaron a bailar desafiando a la muerte. En las universidades, los estudiantes retomaban las movilizaciones en los campus. En las periferias del país, los partidos kurdos esbozaban nuevas alianzas. Numerosas tentativas, frágiles, inconclusas, pero que apuntaban a inventar formas de lucha capaces de reducir el coste humano de la resistencia. A pesar de las bombas y la represión, las y los iraníes aún no han dicho su última palabra.
[1] Publicado originalmente el 11 de marzo de 2026 en el periódico francés L’Humanité
[1] Referencia a los seguidores del Ayatola Ruhollah Jomeini y al sistema de gobierno instalado en Irán luego de la revolución de 1979. Jomeinismo se define por el nacionalismo religioso, el antiimperialismo y su visión teológica del gobierno, de inspiración musulmana chiita. N del t.
[2] La dinastía Pahlavi (1925-1979) fue la última casa real que gobernó Irán dese 1925, fundada por Reza Shah Pahlavi tras derrocar a Ahmad Shah Kajar. En 1953, el primer ministro Mohammad Mosaddeq, sufrió un golpe de Estado, orquestado por británicos y estadounidenses, al intentar nacionalizar los recursos petrolíferos. Así, el Shah, pudo consolidar su poder por la vía del establecimiento de un régimen autoritario hasta su derrocamiento en 1979. N. del t.
[3] Reza Ciro Pahlaví o Reza Korosh Pahlaví, fue oficialmente nombrado príncipe heredero de Irán en el momento de la coronación de su padre, el Shah Mohammad Reza Pahlaví, en 1967. En el momento en que recibía su formación de piloto de combate en los Estados Unidos, su padre fue derrocado y la monarquía fue abolida tras la Revolución Iraní de 1979. En 1980, después de la muerte de su padre en el exilio en El Cairo, Egipto, Reza Pahlaví se autoproclamó Sah de Irán, adoptando el título de Reza Shah II. N. del t.


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