
Gustavo Melo Barrera
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En esta Semana Santa, donde las procesiones avanzan entre incienso, silencios y culpas heredadas, Colombia decidió reescribir uno de los pasajes más conocidos de la historia. No por herejía, sino por cansancio. Porque cuando la realidad supera la parábola, la parábola se adapta… o se vuelve inútil.
La escena es conocida: el gobernador romano, Poncio Pilatos, ofrece al pueblo la posibilidad de liberar a un prisionero. De un lado, Jesucristo; del otro, Barrabás, un criminal confeso. La multitud, incitada por los sacerdotes, elige mal. Y la historia queda escrita con sangre, culpa y resignación.
Pero esta vez, en esta versión tropicalizada del Evangelio según la política colombiana, el guion cambió.
En la plaza pública —que ya no es Jerusalén sino una mezcla entre redes sociales, plazas de mercado y urnas electorales— aparece Álvaro Uribe interpretando a Barrabás. No hace falta demasiado maquillaje: el personaje le queda cómodo, casi natural. Al otro lado de la plaza , El cambio , ese que fue esperado por siglos y que por fin apareció. A su alrededor, los “sacerdotes del templo”, encarnados en una clase política que ha hecho del poder su religión privada, gritan con la misma intensidad de siempre: “¡Crucifiquen el Cambio ! ¡Crucifiquen el Cambio!”
El problema es que ya no les creen.
El “templo” (conocido como el palacio de Justicia ) , ese que alguna vez pretendió ser sagrado, hoy se parece más a una plaza de negocios. Y el Consejo de Estado, en su papel de Pilatos moderno, intenta lavarse las manos con comunicados, autos y tecnicismos jurídicos que suenan más a excusas que a justicia.
Pero algo se rompió.
O, mejor dicho: algo despertó.
Porque el pueblo —ese mismo que durante décadas repitió consignas ajenas como si fueran propias— esta vez no grita lo que le dictan, sino lo que siente. Y lo que siente es hastío. Hastío de la impunidad, de los pactos por debajo de la mesa, de los discursos reciclados y de los mesías de utilería.
Entonces ocurre lo impensable.
Cuando Pilatos pregunta a quién deben liberar, la multitud no responde como en los libros antiguos. No se deja arrastrar por los gritos de los sacerdotes ni por el eco de los noticieros alineados. Esta vez, el pueblo señala a Barrabás y dice, sin titubeos:
—Ese no.
Y luego, casi como un susurro que se convierte en rugido:
—Crucifiquen a Barrabás.
El silencio que sigue no es de duda, sino de revelación. Porque por primera vez en más de dos siglos de historia republicana, el pueblo colombiano parece entender que la justicia no es un favor, ni una dádiva, ni un espectáculo televisado. Es una exigencia.
Barrabás —o mejor dicho, su versión criolla— ya no es visto como el mal menor, sino como el símbolo de un ciclo que debe terminar. Y Jesús, reinterpretado aquí como “el cambio”, deja de ser una figura abstracta para convertirse en una posibilidad concreta, aunque imperfecta.
Los sacerdotes gritan más fuerte. Siempre lo hacen cuando pierden el control. Hablan de caos, de destrucción, de castrochavismo, de apocalipsis económico. Prometen plagas modernas: devaluación, desempleo, inflación… como si no hubieran sido ellos mismos los administradores de esas desgracias durante décadas.
Pero el pueblo ya no compra el libreto.
Y cuando el Consejo de Estado intenta, como buen Pilatos institucional, lavarse las manos y dejar que la historia siga su curso sin asumir responsabilidades, la respuesta no es resignación. Es advertencia.
Porque ahora el pueblo no solo grita. También amenaza.
No con violencia irracional, sino con el único instrumento que le queda cuando las instituciones fallan: la ruptura del pacto. La posibilidad de una constituyente, que para algunos es una herramienta democrática y para otros un sacrilegio, se convierte en la piedra que todos ven venir… pero que nadie sabe cómo detener.
“Si los mismos con las mismas siguen”, dicen en las calles, “entonces esto se acaba.”
El 31 de mayo de 2026 no será una fecha cualquiera. Será, como ocurre en esta crónica, el nuevo viacrucis político. No el de un hombre, simbolizando a un pueblo cargando una cruz, sino el de un sistema entero cargando sus propios pecados.
Y esta vez, el recorrido no termina en el Gólgota, sino en una montaña mucho más burocrática pero igual de simbólica: la Registraduría.
Allí, en medio de formularios, votos y conteos, el pueblo espera ver lo que nunca ha visto: la muerte política de quienes durante años parecieron intocables. (Y arrastrando en su caída a los “Judas” que llegaron al congreso por cuenta del cambio y vendieron sus promesas por “monedas de plata, porque para ellos plata es plata”). No con clavos ni lanzas, sino con algo más letal en democracia: el rechazo masivo.
Después vendrá el sepulcro. No de piedra, sino de olvido. Ese lugar donde terminan los nombres que alguna vez dominaron titulares y hoy apenas sobreviven en archivos judiciales y memes de mal gusto.
Y como en toda buena historia de Semana Santa, habrá resurrección.
Pero no de los mismos.
Esta vez, la resurrección será la de una idea: que la justicia puede existir más allá del discurso, que el poder puede cambiar de manos sin repetir los mismos vicios, que el “templo” —ese Congreso tantas veces señalado— puede ser reconstruido o, si es necesario, derribado hasta sus cimientos para empezar de nuevo.
¿Es exagerado? Tal vez.
¿Es ingenuo? Posiblemente.
Pero también lo era, en su momento, creer que una multitud podría elegir la verdad sobre la manipulación.
Y, sin embargo, aquí estamos.
En esta versión alternativa del Evangelio político colombiano, el pueblo ya no es espectador. Es protagonista. Ya no repite la historia: intenta corregirla.
Porque entendió, quizás demasiado tarde pero no del todo a destiempo, que cada vez que eligió a Barrabás, no estaba salvando a un hombre… estaba condenándose a sí mismo.
Y esta vez, al menos en esta crónica, decidió no hacerlo otra vez.


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