
Beatriz Vanegas Athías
Escritora, profesora y editora
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Primero fue Mayer. Era hijo de Cumbia y de Chiquito. Desde pequeño fue endeble y enfermo. Su pelo era como un estropajo desgastado. Contra mi voluntad Adrián lo trajo a casa. Era el tiempo de la muerte de mami y Mayer se acurrucó en mis costillas a extrañar a su madre y yo a llorar a la mía. Entre dos abandonados surgió una unión pegada con lágrimas.
Un día Mayer conoció a Clhoe. Paseaba con Adrián y Cloe con Karen. Se enamoraron de inmediato y aquello fue una verdadera suerte porque Cloe era muy arisca, casi huraña. Se había resistido a cuanto enamorado le llevaran aun y con calor. De aquellos dos o tres polvos nacieron Marcel, Cuqui y Coco.
Marcel se vino con su padre Mayer a nuestra casa. Valentina y Sandra lo acogieron porque Mayer no permitía que se me acercara.
Mayer me amó, amó a Adrián, Pedro, a Sandra a doña Val. También nos hincó el diente y nos dejó marcas en el cuerpo. A Marcel le hacía la ronda de la muerte y éste tenía que transformarse en zarigüeya mientras aquella tensión ocurría. Nadie en casa se metía porque lo podía maltratar más de lo esperado. Pero Marcel creció y doña Val lo instó a que se defendiera del padre maltratador. Así lo hizo y entonces asistimos a sendas batalles en las que sólo pelos y dientes veíamos como un remolino de furia. Todos nos alterábamos, los únicos tranquilos: doña Val y Adrián, hacían lo que había qué hacer: separarlos.
Marcel no aprendió a ladrarle a los humanos, lo hacía a Mayer que, extrañamente le tenía paciencia. Siempre visitaban a Toby, el pincher de un restaurante. Los dueños lo llamaban: Toby, Toby lo buscan sus amigos. Una tarde un camión aplastó a Toby. Pero Marcel y Mayer siguieron entrando a buscarlo. A tres años de la muerte de Toby, Marcel enseñó a su hijo Momo a visitar al fantasma de Toby.
La vida serena que nos regala días confiados dio paso a continuas idas a la clínica veterinaria porque Mayer moría poco a poco debido a que sus riñones eran como de algodón. Siete años tenía. El 24 de agosto de 2024 Sandra y yo lo despedimos mientras Pedro y Adrián le hablaban por una video llamada. Trajimos a casa el cuerpo del padre de Marcel y toda la noche lo veló, supo que había muerto porque dicen que los perros conocen el olor de la muerte. Marcel se adelgazó, comía menos y olía la cama de su padre y suspiraba. Seis meses triste, seis meses rodeando su dolor estuvimos.
Un día llegó Alegría, una Golden retriever que puso patas arriba la vida posduelo de Marcel y de todos, con su desorden de cachorra desmesurada.
Decidimos que el tamaño que alcanzaría Alegría requería un espacio que nuestra casa no podía darle, tampoco doña Val podría cuidarla. Alegría se fue a donde la mamá de su papá y hoy se llama Nala. Marcel volvió a estar triste.
Un día conoció a Akira y el rabo era un ventilador. La familia de ella estuvo encantada por su belleza, además porque deseaban que tuviera hijos, y después esterilizarla.
Todo un acuerdo monárquico. Doña Val cumpliría su sueño de ver un hijo de su adorado Marcelito. Marcel fue feliz con ella. No sabía montarla y la emoción y alborotación era más grande que la habilidad. Al segundo encuentro -instado por doña Val- lo logró; luego la amó dos veces más. ¡Y nacieron cinco hijos! cuatro perritas y Momo. Akira quedó devastada de aquel parto.
Hoy Marcel vive con Momo en nuestra casa. Momo es tan apegado a mí como lo fue Mayer. Marcel se refugió en Sandra y doña Val. Pero la vida se cansa de prodigar felicidad. Cuando el nieto de Mayer tenía tres meses se nos murió de repente doña Val, la que llegó a nuestra casa cuando aún la casa no tenía olor. Hace ocho meses ya de esa ausencia que cada día se aposenta con más arraigo en cada espacio de la casa y de nuestra piel. Marcel sigue triste, pega su hocico a la puerta, siempre a la espera. Él es de afectos para siempre. En cada paseo intenta visitar a sus hermanos Cuqui y Coco y a la madre Clhoe (aunque ya no vivan en ese edificio); tira la correa hacia donde Akira; y entra siempre al restaurante donde vivía Toby.
Marcel tiene cinco años y tres duelos a cuestas. Lo único claro que tiene es que su padre Mayer murió porque pudo olerlo. Pero a diario espera a doña Val, como si la espera fuera la forma que tiene el amor de quedarse para siempre.


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