
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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Hay estados que no se dejan fijar por completo en el lenguaje -y no es que carezcan de forma, es que la desbordan. Estar en la luna —esa expresión que en la vida cotidiana alude a la distracción, al desajuste con lo inmediato— comparte con el enamoramiento una misma lógica de desplazamiento: quien ama, quien se ausenta en su propio pensamiento, no está donde se le espera. Habita otra órbita.
Decimos de alguien que está en la luna cuando su atención no coincide con el mundo circundante. Pero no se trata de una simple pérdida de concentración. Hay allí una reconfiguración del campo perceptivo: lo cercano se vuelve difuso, lo lejano adquiere intensidad. Algo semejante ocurre en el enamoramiento. El mundo no desaparece; se reorganiza alrededor de una figura que irradia sentido. La gravedad cambia.
No es casual que la lengua haya unido estas dos experiencias bajo una misma metáfora. La luna no es solo un astro distante: es una medida de la lejanía que, sin embargo, se deja ver. Estar en la luna es estar presente en otro lugar, visible y ausente a la vez. El enamorado, por su parte, parece participar de esta doble condición: está aquí, pero su centro de referencia ha sido desplazado. Responde, actúa, incluso conversa, pero algo en él no termina de coincidir con el entorno inmediato.
Hay, además, una temporalidad particular. Quien está en la luna no sigue el ritmo ordinario: llega tarde, olvida detalles, se sustrae de la urgencia. El enamorado también altera su relación con el tiempo: lo acelera o lo suspende según la proximidad o la ausencia del otro. En ambos casos, la cronología habitual se fractura. El reloj deja de ser una medida suficiente.
Podría pensarse que se trata de una forma de pérdida: pérdida de atención, de eficacia, de ajuste. Y, sin embargo, reducir estas experiencias a un déficit sería no ver lo que en ellas se inaugura. Estar en la luna no es solo desconectarse, sino conectarse de otra manera. El pensamiento divaga, sí, pero esa divagación abre asociaciones, imágenes, posibilidades. El enamoramiento, por su parte, no solo distrae: intensifica, produce una sobrecarga de sentido que reorganiza la percepción.
En ambos estados hay una cierta ingravidez no solo física sino, quizá, en la manera en que las cosas pierden su peso habitual. Las obligaciones, los hábitos, las certezas que antes estructuraban la vida cotidiana dejan de imponerse con la misma fuerza. Esto no significa que desaparezcan, sino que han sido relativizados por un nuevo centro de atracción. La experiencia se vuelve, por momentos, más liviana, pero también más inestable.
Sin embargo, ni estar en la luna ni estar enamorado son condiciones sostenibles indefinidamente. Ambos estados contienen su propia fragilidad. La distracción prolongada se enfrenta tarde o temprano con las exigencias del entorno; el enamoramiento, con el paso del tiempo, se transforma, se asienta o se disipa. Pero esa finitud no los invalida. Por el contrario, les otorga una intensidad específica: son modos de desajuste que, precisamente por no ser permanentes, revelan otras posibilidades de estar en el mundo.
Tal vez por eso la metáfora persiste. Decir que estar en la luna ha de ser como estar enamorado no es una ocurrencia poética aislada, sino el reconocimiento de una afinidad profunda: ambas experiencias suspenden la evidencia de lo inmediato y nos colocan en una posición excéntrica respecto de la realidad para verla bajo otra luz.
Y aquí radica su valor. En un mundo que exige presencia constante, atención continua, eficacia sin fisuras, estos estados introducen una interrupción que no son fuga ni negación, son desplazamiento. Una manera de recordar que la experiencia no se agota en lo que tenemos delante, que también se extiende hacia aquello que, como la luna o como el otro amado, nos atrae desde una distancia que nunca terminamos de colmar.
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