
Gustavo Melo Barrera
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Hay algo casi entrañable —si no fuera trágico— en ver cómo la oposición colombiana ha decidido hacer campaña presidencial como quien monta un circo itinerante: con luces prestadas, discursos reciclados y una audiencia que, lejos de aplaudir, observa con una mezcla de incredulidad y cansancio. Si esto fuera cine, no sería “Volver al Futuro 2026”. Sería más bien una secuela tropical: Volver a la violencia, con un elenco que insiste en repetir escenas que el país ya pagó demasiado caro.
La evolución de los candidatos de oposición hacia 2026 no ha sido una línea ascendente, sino una especie de espiral descendente donde cada intento por “reconectar con el pueblo” termina en una caricatura de sí mismos. Lo que comenzó como una promesa de “orden” y “experiencia” se ha ido transformando, paso a paso, en una narrativa cada vez más exagerada, más estridente y, paradójicamente, más desconectada de la realidad cotidiana de los ciudadanos.
En ese escenario, los estrategas —esos alquimistas de la opinión pública— han apostado por una fórmula que creen infalible: saturar el ambiente con miedo. Miedo a la economía, miedo a la inseguridad, miedo al cambio. Y cuando el miedo no alcanza, entonces recurren a la distorsión, al titular incendiario, a la cadena de WhatsApp disfrazada de análisis serio. La inversión ha sido enorme. Equipos, consultores, bodegas digitales, influencers reciclados. Pero el resultado, al menos en la percepción ciudadana, ha sido otro: ruido sin melodía.
El problema es que el país ya no es el mismo de hace veinte años. La ciudadanía —más informada, más desconfiada, más harta— ha empezado a leer entre líneas. Donde antes había credibilidad automática, hoy hay sospecha. Donde antes bastaba un discurso duro, hoy se exige coherencia. Y ahí es donde el libreto opositor comienza a hacer agua.
Algunos candidatos han optado por radicalizarse, convencidos de que gritar más fuerte equivale a convencer más gente. Otros han intentado disfrazarse de moderados, pero con un pasado que los persigue como sombra en mediodía. Y otros, quizá los más desconcertantes, han decidido convertirse en personajes: versiones sobreactuadas de sí mismos, atrapados entre la política y el espectáculo.
El resultado es una especie de desfile donde los trajes cambian, pero el fondo permanece intacto. Promesas de mano dura que evocan épocas de plomo. Discursos de salvación nacional que recuerdan más a arengas de guerra que a propuestas de gobierno. Y una insistencia casi obsesiva en presentar el presente como una catástrofe absoluta, como si el país estuviera al borde del abismo permanente.
Pero hay un detalle que no encaja en ese relato: la gente no parece comprarlo del todo.
En las calles, en los cafés, en las conversaciones cotidianas, comienza a instalarse una percepción incómoda para la oposición: la de un regreso indeseado. No al pasado idealizado que venden en sus discursos, sino al pasado real, ese donde la violencia era paisaje y la desigualdad una sentencia. Y es ahí donde aparece la metáfora que mejor resume este momento político: la del circo.
No un circo sofisticado, sino uno improvisado, donde los números se repiten y los payasos ya no hacen reír. “Los Chuki”, les dicen algunos, con ese humor ácido que caracteriza al colombiano cuando la política se vuelve demasiado absurda. No es un apodo gratuito. Es la manera en que muchos ciudadanos traducen esa sensación de amenaza envuelta en espectáculo, de peligro disfrazado de entretenimiento.
Y mientras tanto, los líderes de estos candidatos —figuras con poder, con historia, con recursos— redoblan esfuerzos. Más dinero en campañas digitales. Más presencia en medios. Más ataques al gobierno. Pero cada golpe parece perder fuerza en el aire, como si la audiencia ya hubiera visto demasiadas veces el mismo truco.
La paradoja es evidente: nunca habían tenido tantos recursos para construir una narrativa, y sin embargo, nunca había sido tan difícil que esa narrativa prenda. Tal vez porque la realidad, con todas sus complejidades, ya no cabe en slogans simplistas. Tal vez porque el ciudadano promedio ha aprendido a desconfiar de las soluciones mágicas. O tal vez —y esta es la hipótesis más incómoda— porque el país ya no quiere volver atrás.
Eso no significa que el gobierno tenga el camino despejado ni que la oposición esté derrotada. Significa, más bien, que el terreno de juego cambió. Que las reglas ya no son las mismas. Y que insistir en jugar con el manual antiguo puede terminar convirtiendo una candidatura en una parodia.
La carrera hacia 2026, entonces, se perfila como algo más que una disputa electoral. Es una batalla por el relato del país. Por definir si Colombia quiere avanzar, con todas las dificultades que eso implica, o si está dispuesta a subirse nuevamente a una máquina del tiempo que, lejos de llevarla a un futuro mejor, la regrese a sus fantasmas más conocidos.
Y en medio de todo, la oposición parece atrapada en su propio guion, incapaz de reinventarse, repitiendo líneas que ya no conmueven, apelando a miedos que ya no paralizan, y montando un espectáculo que, para muchos, dejó de ser convincente.
Quizá aún están a tiempo de cambiar el libreto. Pero el reloj avanza, y el público —ese jurado silencioso pero implacable— ya no compra entradas con la misma facilidad.
Porque si algo ha quedado claro en esta crónica en desarrollo es que Colombia, más que risas forzadas, está buscando algo mucho más difícil de encontrar: seriedad. Y sobre todo, memoria.


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