
Gustavo Melo Barrera
•
Hay ceremonias de grado que se recuerdan por los discursos. Otras, por las lágrimas inevitables de las madres en primera fila. Y luego están aquellas que pasan a la historia —no por lo que dicen— sino por lo que muestran. O, peor aún, por lo que dejan de mostrar.
Lo ocurrido recientemente en Universidad de los Andes no fue simplemente una anécdota estética. Fue, más bien, una escena reveladora de algo más profundo: la progresiva disolución de las formas, del protocolo y, en últimas, del respeto simbólico que debería acompañar los grandes rituales de paso en la vida académica.
Porque sí, aunque suene anticuado decirlo, una ceremonia de graduación no es un desfile improvisado ni una extensión del almuerzo dominical. Es —o debería ser— un acto solemne. El momento en que una institución le dice al país: “esto es lo que somos, esto es lo que formamos, esto es lo que entregamos”.
Pero esta vez, el mensaje fue otro.
Desde las gradas, el espectáculo parecía estar a la altura: familias orgullosas, celulares en alto, sonrisas que mezclaban sacrificio y esperanza. Mientras tanto, en la antesala, los graduandos —acompañados de esa figura cada vez más curiosa del “chaperón”— se esmeraban en lucir impecables. Vestidos planchados, trajes ajustados, zapatos brillantes. Todo listo para la foto que irá al marco de la sala o al perfil de las redes sociales con orgullo.
Y entonces llegó el momento clave.
El instante en que la institución debía estar a la altura de sus propios estudiantes.
No lo estuvo.
Porque lo que desfiló frente a los nuevos profesionales no fue precisamente una imagen de sobriedad, elegancia o respeto institucional. Fue, más bien, una pasarela desconcertante donde los códigos básicos del protocolo parecían haber sido archivados —quizás en el mismo cajón donde hoy descansan las clases de urbanidad y buenas maneras.
Pantalones multicolores. Combinaciones que desafiaban no solo el buen gusto, sino la lógica. Zapatos que parecían más adecuados para una salida informal que para un acto académico de alto nivel. Y esa sensación incómoda, difícil de ignorar, de que quienes representaban a la institución no habían entendido el momento histórico que tenían enfrente.
No se trata de clasismo ni de nostalgia vacía. Se trata de contexto.
Porque si algo enseñaban las ceremonias de antaño —esas que hoy algunos consideran “rígidas”— era que la forma también comunica fondo. Que la manera de vestir, de caminar, de dirigirse al otro, construye un lenguaje silencioso pero poderoso: el lenguaje del respeto.
Y ese lenguaje, al parecer, se está perdiendo.
Lo paradójico es que hablamos de una de las universidades más costosas y prestigiosas del país. Un lugar donde se forman —o se supone que se forman— las élites profesionales, económicas y políticas de Colombia. Un espacio que históricamente ha defendido estándares altos en lo académico… pero que ahora parece relajarse peligrosamente en lo simbólico.
Porque lo ocurrido no es un hecho aislado. Es parte de una tendencia más amplia: la Informalidad de los rituales, la banalización de los momentos importantes, la idea —cada vez más extendida— de que “todo da igual”.
Y no, no todo da igual.
No da igual cómo se presenta una institución frente a sus estudiantes. No da igual el mensaje que se envía en el día en que esos jóvenes cruzan el umbral entre la vida universitaria y el mundo profesional. No da igual si ese momento está cargado de solemnidad… o de descuido.
En el fondo, lo que estaba en juego no era un código de vestimenta. Era algo más profundo: la capacidad de una institución para honrar a quienes confiaron en ella.
Porque cada uno de esos graduandos —y sus familias— no solo invirtieron tiempo y esfuerzo. Invirtieron expectativas. Creyeron en una promesa de excelencia que va más allá de los contenidos académicos.
Y la excelencia, conviene recordarlo, también se ve.
Se ve en los detalles. En la coherencia. En la capacidad de entender que hay momentos que no admiten improvisación.
Quizás alguien dirá que exageramos. Que son solo zapatos, solo colores, solo ropa.
Pero quienes entienden el valor de los símbolos saben que nunca es “solo” eso.
Una ceremonia de grado es, en esencia, un acto de cierre… y de inicio. Un puente entre lo que se fue y lo que viene. Un ritual que, bien hecho, deja una marca imborrable.
Y cuando ese ritual falla, lo que queda no es solo una mala impresión. Es una oportunidad perdida.
La oportunidad de enseñar —sin palabras— que el respeto también se viste.
Que la elegancia no es un lujo, sino una forma de consideración hacia el otro.
Que las instituciones no solo educan con libros, sino con ejemplos.
Tal vez la lección más irónica de esta historia no la aprendieron los estudiantes, sino la propia universidad.
Porque mientras ellos se preparaban para salir al mundo profesional, alguien olvidó preparar a la institución para estar a su altura.
Y en un país donde tanto se habla de formar líderes, quizás valdría la pena empezar por lo básico: recordar que liderar también implica saber cómo pararse frente a los demás… incluso —y sobre todo— el día en que todos están mirando.


Deja una respuesta