
Gustavo Melo Barrera
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Cada 23 de abril, muy solemnes, nos acordamos de que existe algo llamado “idioma”. Lo desempolvamos, lo peinamos con gomina académica, lo vestimos de traje con corbata cervantina y lo sacamos a desfilar como si todavía fuera el rey de la casa. Pero apenas termina el acto protocolario, lo devolvemos al rincón… y volvemos al idioma real: ese que parece sobrevivir a punta de improperios, gritos y creatividad mal empleada.
Porque, seamos honestos: ¿qué estamos celebrando exactamente?
¿El idioma que usan los líderes mundiales para incendiar debates en 280 caracteres?
¿El de los debates políticos convertidos en peleas de gallos sin gallos, pero con mucho cacareo?
¿El de ciertos medios que confundieron “libertad de expresión” con “licencia para decir cualquier cosa como sea”?
El idioma, ese viejo invento humano que servía para pensar, argumentar y construir ideas, hoy parece más bien un arma arrojadiza o, en el mejor de los casos, un juguete roto.
La elegancia del lenguaje ha sido reemplazada por la velocidad. Ya no importa decir algo bien, sino decirlo rápido. No interesa la precisión, sino el impacto. No vale la idea, vale el escándalo. Y así, poco a poco, el idioma dejó de ser puente para convertirse en ruido.
En la televisión, la radio y, por supuesto, internet —ese coliseo romano digital donde todos somos gladiadores con teclado—, el lenguaje ha sufrido una mutación curiosa: mientras más vulgar, más viral; mientras más agresivo, más compartido; mientras más irrespetuoso, más “auténtico”.
La cortesía pasó de moda. La argumentación fue declarada aburrida. Y la buena redacción… bueno, esa ya parece una especie en vía de extinción, protegida apenas por profesores tercos y uno que otro romántico que todavía cree que escribir bien es un acto de dignidad.
Pero lo más fascinante —y aquí entra el humor negro— es que nadie parece escandalizarse. Al contrario: el que habla mal es “directo”, el que insulta es “valiente”, y el que grita es “apasionado”. En cambio, el que intenta expresarse con cuidado es sospechoso, pretencioso o, peor aún, “aburrido”.
Hemos llegado al punto en que decir las cosas correctamente es casi un acto de rebeldía.
Y no, no se trata de purismo ridículo ni de convertir el idioma en un museo. La lengua vive, cambia, evoluciona. Siempre lo ha hecho. El problema no es la evolución; el problema es la degradación disfrazada de espontaneidad.
Porque una cosa es enriquecer el idioma y otra muy distinta es empobrecerlo hasta dejarlo en huesos.
Cuando todo se reduce a insultos, muletillas y frases hechas, no solo se pierde la estética del lenguaje: se pierde la capacidad de pensar con claridad. Y ahí es donde el asunto deja de ser gracioso y empieza a ser preocupante.
Un idioma pobre produce ideas pobres.
Un lenguaje descuidado genera discusiones mediocres.
Y una sociedad que no cuida sus palabras termina, inevitablemente, dejando de cuidar sus ideas.
Pero tranquilos, que cada 23 de abril hacemos el ritual: discursos bonitos, citas célebres, homenajes a la literatura, concursos de ortografía… todo muy elegante, muy correcto, muy “institucional”.
Una especie de maquillaje lingüístico para ocultar que, el resto del año, el idioma anda en camiseta sudada, despeinado y recibiendo golpes en cada esquina digital.
Así que sí, celebremos el Día del Idioma. Claro que sí. Pero tal vez sería más honesto cambiarle el nombre:
“El Día del Idioma… en cuidados intensivos”.
O mejor aún:
“El Día del Idioma que creemos hablar”.
Porque el verdadero homenaje no está en repetir frases bonitas ni en recordar autores ilustres una vez al año. Está en algo mucho más simple —y, al parecer, mucho más difícil—: hablar bien, escribir mejor y pensar antes de abrir la boca o pulsar “publicar”.
Respetar la palabra. Pero la palabra bien dicha, bien expresada y, sobre todo, bien intencionada.
Lo demás —la guachafita, la ordinariez, el grito fácil— no es libertad de expresión. Es pereza mental con micrófono.
Y esa, lamentablemente, sí que la celebramos todos los días.
Adenda: El pañuelo perdido y la urbanidad olvidada
Tal vez el símbolo más triste de esta decadencia no sea una palabra mal dicha, sino algo más pequeño: la desaparición del pañuelo. Sí, ese objeto humilde que representaba higiene, pudor y consideración por el otro. Antes, sonarse la nariz tenía método, discreción y, sobre todo, respeto. Hoy, en cambio, el espectáculo es público, sonoro y, para rematar, celebrado sin el menor asomo de vergüenza.
La urbanidad de Carreño —esa que enseñaba a no incomodar al prójimo— ha sido arrinconada como si fuera una reliquia inútil. Y con ella se fue también la idea de que el comportamiento personal tiene consecuencias colectivas.
Porque no se trataba solo de modales finos, sino de convivencia básica.
Perdimos el pañuelo, sí. Pero lo más grave es que en el camino también extraviamos algo más difícil de recuperar: la noción de respeto. Y eso, a diferencia del pañuelo, no se reemplaza con cualquier cosa.


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