
César Torres Cárdenas
Investigador, consultor, Quintuber y director de El Quinto
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Entre abril y mayo de este año, el periodismo de investigación develó dos proyectos de comunicaciones que pretenden influir y condicionar la opinión pública para escoger gobierno. Ambos proyectos tratan de fortalecer candidaturas promovidas o apoyadas por el actual presidente de los Estados Unidos. Uno de ellos está respaldado por algunos de los más importantes grupos económicos y el otro dice contar con el patrocinio financiero de Israel y del gobierno de Argentina.
El primero, bautizado Proyecto Júpiter por sus creadores, es una estrategia de prensa y propaganda que busca, aunque lo niegue su principal promotor -Jaime Bermúdez, garantizar el triunfo de las candidaturas de sus preferencias en las próximas elecciones presidenciales de Colombia; el segundo, es una estrategia que combina manipulación de información, amenazas y violencia física orientadas a lograr el regreso al poder del expresidente y expresidiario hondureño Juan Orlando Hernández y, además, desestabilizar los gobiernos de Sheinbaum en México y Petro en Colombia..
El proyecto de manipulación electoral en nuestro país fue investigado y publicado por Revista Raya y Señal Colombia en abril de este año. Casi un mes después, Canal Red y Honduras Gate revelaron los audios en los que Hernández da instrucciones para llevar a cabo su maniobra política-comunicativa y militar.
El Quinto conoció, de primera mano, la dinámica mediante la cual se desarrollan los talleres de liderazgo que se realizan en el marco del Proyecto Júpiter. También tuvo acceso a parte del material didáctico que se usa en los mismos y entrevistó a participantes de dicho proyecto.
Con base en lo encontrado en esas fuentes documentales y humanas, se puede decir que Júpiter, sus creadores y aliados buscan influir, tanto en el próximo resultado electoral, como en la construcción de un sentido común favorable un modelo económico y político que se había impuesto en Colombia desde mediados de los años 70s del siglo pasado. Modelo que hoy está siendo parcialmente derrotado por el debate público, la movilización social casi permanente y algunas propuestas y acciones del actual gobierno.
No se trataría, entonces, solamente de obtener un triunfo inmediato en las próximas elecciones presidenciales, mediante la promoción más o menos velada de una candidatura. Se trata de que su relato, sus emociones, gustos, aspiraciones, en fin, todo lo suyo, vuelva a ser dominante en la vida social y política de nuestro país.
También intentan enfrentar a las llamadas propuestas progresistas que, sin ser revolucionarias o radicales, le han dado un nuevo sentido a la actividad política y a las acciones gubernamentales.
En el caso hondureño, los audios atribuidos a Juan Orlando Hernández —cuya autenticidad fue negada por el exmandatario— describen una estrategia comunicacional basada en una “central de noticias” cuya misión es atacar adversarios, influir regionalmente y reposicionar figuras afines.
Las instrucciones que da Hernández reproducen la misma lógica observada en otros procesos latinoamericanos: la política concebida como guerra informativa. En este modelo, la verdad carece de importancia y el foco de la actividad comunicacional y periodística es sustituida por la repetición de noticias inventadas, interpretaciones no verificables de hechos realmente ocurridos y la capacidad de generar emociones intensas.
Tanto en el caso colombiano, como en el hondureño, se pretende profesionalizar la lucha por el sentido común y operativizar el engaño a través de estructuras permanentes, estables, financiadas y leales a la narrativa de los sectores económicos y políticos que las crearon y les dan apoyo. El Proyecto Júpiter en Colombia y los audios atribuidos a Juan Orlando Hernández intentan consolidar centros productores de información y opinión que intervienen en política mediante la comunicación organizada.
Aunque esas dos estrategias se desarrollan en países distintos y presentan diferencias jurídicas y políticas, comparten varios rasgos.
En primer lugar, buscan generar opinión pública a través de centros de mando capaces de coordinar mensajes, producir contenidos y dirigir campañas de influencia. No acuden a la propaganda tradicional, sino a formas sofisticadas de ingeniería del consentimiento, concepto desarrollado por Edward Bernays para describir cómo las élites pueden orientar el comportamiento social mediante técnicas comunicativas.
Otro elemento común en ambos casos es la centralización del mensaje. No hay voceros dispersos o simpatizantes espontáneos. Hay operaciones comunicativas con líneas argumentales unificadas, calendarios de temas, segmentación de audiencias y respuestas rápidas ante coyunturas.
Un tercer rasgo compartido es el uso sistemático de emociones negativas o tristes. El miedo al adversario, la amenaza del caos, la sospecha sobre instituciones o la indignación moral son herramientas altamente eficaces para movilizar electorados y construir sentimientos de pertenencia. Diversos estudios en psicología política muestran que esas emociones circulan más rápido que los argumentos racionales. Por ello, estos dos proyectos privilegian mensajes simples y polarizantes sobre debates complejos.
Otro punto de coincidencia es la alianza entre poder político y poder económico. Los dos proyectos no funcionan con militancia voluntaria. Tienen financiamiento, plataformas tecnológicas, consultores, medios aliados y redes empresariales dispuestas a invertir en ingeniería del consentimiento y centrales de opinión favorables a sus intereses.
En ambos casos, queda claro que la disputa por el poder hoy no se libra solo en las urnas, las calles y el parlamento. Esos dos proyectos han puesto en evidencia que hoy el poder también se construye en el terreno de la información, en la capacidad de producir relatos, instalar agendas y moldear percepciones.
En conclusión, tanto el Proyecto Júpiter en Colombia gerenciado por Jaime Bermúdez, como los audios atribuidos a Juan Orlando Hernández, revelan una trama en la cual la creación de contenido y conocimiento, la producción de información y la administración estratégica de percepciones, se ponen al servicio de un sector minoritario y poderoso de la sociedad. Minoritario, violento y poderoso como las candidaturas que promueven sus centrales de opinión.


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