
Isabel Borrero Ramírez
Psicóloga Clínica | Especialista en Psicología Social |
Especialista en Comunicación No Verbal y Lenguaje Corporal
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Si el ataque evasivo a Malú en Caracol fue una exhibición de hostilidad proyectiva, lo ocurrido en la entrevista con Jovanotti desciende directamente al sótano de las patologías del poder. Obligar a una periodista, bajo la presión de las cámaras y el rancio hostigamiento del “no seas tímida”, a escudriñar una fotografía de su entrepierna para “desmentir” el uso de glúteos postizos, no es un mero desliz de cantina. Es, en términos de psicología de la conducta, un exhibicionismo fálico instrumentalizado. Es la demostración gráfica y literal de que, en esta estructura narrativa, el tamaño del ego, y aparentemente de otras anatomías, pretende erigirse como el barómetro de su idoneidad presidencial.
La pregunta que la racionalidad democrática se hace es: ¿por qué este esperpento conductual no sepulta instantáneamente su aspiración, sino que parece validarla ante ciertos sectores?
Como observadora de la conducta colectiva, sé que esto no es un accidente de incontinencia verbal; es diseño puro y duro. Estamos ante la ejecución del “Sesgo de Autenticidad Vulgar” (o Authenticity Bias), una táctica de marketing psicológico y manipulación de masas que ya demostró su perturbadora eficacia con figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro o Nayib Bukele, y que ahora busca tropicalizarse en el contexto colombiano.
El mecanismo opera explotando el agotamiento cognitivo del electorado. Una sociedad crónicamente hastiada de la corrección política, el formato prefabricado y la hipocresía del “establecimiento”, desarrolla una alergia a las formas diplomáticas. Es allí donde el cerebro del votante polarizado toma un atajo letal: confunde la ausencia de frenos inhibitorios con honestidad.
Cuando el candidato insulta la inteligencia de una periodista matutina o hace alarde de sus genitales frente a otra, la base electoral no decodifica el mensaje como “este hombre es un agresor” o “carece del decoro mínimo para gobernar”. El inconsciente colectivo lo codifica como: “Este hombre no tiene filtros, no se doblega ante las élites mediáticas, hace lo que quiere. Por tanto, es auténtico”. La transgresión de la norma social básica se convierte en un certificado de “franqueza”.
A esto se suma la capitalización del arquetipo del “macho alfa” o el “patrón” de hacienda, tan dolorosamente enquistado en la memoria histórica colombiana. En tiempos de incertidumbre social, una porción de la masa no busca un estadista reflexivo, busca un “gorila de lomo plateado” que golpee la mesa. La ordinariez, el machismo explícito y la humillación pública del interlocutor son percibidas por sus seguidores como demostraciones de poderío absoluto. Entre más grotesco es el espectáculo, más invulnerable parece el líder frente a sus detractores.
La arquitectura del pánico y el “Efecto Teflón”
Pero la disección clínica no termina en la exhibición anatómica; la estrategia requiere un componente letal para amalgamar a la masa: el miedo y la promesa de aniquilación. Cuando el candidato afirma sin inmutarse que si alguien, sea blanco, indio o negro, sale a protestar o a bloquear calles, se le va a “dar de baja” (justificando la barbarie bajo la premisa de vengar hechos atroces del pasado, como el asesinato de un policía), no está proponiendo una política de seguridad ciudadana. Está pulsando el botón del trauma colectivo.
Esta es la misma táctica de shock que inmunizó a Donald Trump. Cuando salieron a la luz las grabaciones donde se jactaba de manosear mujeres, la lógica política tradicional auguraba su fin. Ocurrió lo contrario: su popularidad en su base se solidificó. ¿Por qué? Porque estas figuras se erigen como los avatares del Ello freudiano de la sociedad. Expresan en voz alta las pulsiones violentas, misóginas o autoritarias que el ciudadano común reprime por convención social. Al aplaudir al líder transgresor, el votante experimenta una catarsis vicaria. La transgresión no es un defecto de la campaña; es su principal producto de exportación.
El actor y su libreto: Ingeniería Psicosocial
No nos engañemos atribuyéndole esta genialidad macabra a la mera improvisación. El candidato es, ante todo, un actor disciplinado y excepcional. Su histrionismo, fogueado en el teatro de los estrados judiciales, se adapta ahora a un libreto milimétricamente calculado. Detrás de esta puesta en escena opera un marketing psicosocial avanzado, heredero de las doctrinas de Steve Bannon y la manipulación de datos psicométricos, diseñado para hackear la democracia.
Quienes manejan los hilos de esta campaña saben que la indignación genera retención. Han mapeado las frustraciones, los sesgos y los terrores del electorado colombiano para inyectarles dosis diarias de polarización. El candidato simplemente ejecuta el papel a la perfección: interpreta al verdugo necesario, al salvador implacable que promete sangre y circo para un pueblo anestesiado. Y trágicamente, un sector importante del país le está siguiendo el guion al pie de la letra.
El debate político ha muerto. En su lugar, nos han instalado un laboratorio de condicionamiento operante.
El silencio de la corte y el contraataque cínico
Profundicemos en la anatomía de este naufragio, porque lo verdaderamente aterrador no es el ladrido del actor, sino la espeluznante mudez del coro. Cuando De la Espriella saca la carta de la pedantería para tildar a Malú de “ignorante”, ejecuta una decapitación simbólica en horario estelar. Pero el clímax de su manipulación ocurre cuando utiliza los escándalos de acoso sexual de la propia casa periodística para blindarse.
Es una maniobra de proyección y ecualización moral brillante desde la perversidad. Al recordarle al país las miserias internas de Caracol, el candidato activa una compensación automática en el cerebro del colombiano promedio: “Si ellos son abusadores, ¿con qué autoridad moral lo juzgan a él por una grosería?”. Al exponer la suciedad de la cadena, él se presenta como el “revelador de verdades”, transformando su propia hostilidad en un acto de justicia poética. Logra que el espectador, en un salto lógico suicida, valide su misoginia porque el canal que lo entrevista también ha fallado.
Y si en Caracol presenciamos la cobardía de cuello blanco, lo del programa de Jovanotti fue la claudicación total de la civilidad. Ver a una mujer acorralada en vivo, forzada a fungir como perita tasadora de la anatomía genital del invitado, mientras el resto de los comunicadores exhiben esa risa nerviosa y castrada del vasallo ante el señor feudal, es un retrato clínico inmejorable de nuestra miseria.
Nadie intervino. Ningún paladín del periodismo lanzó un salvavidas. El “macho” exhibe su falo, simbólica y literalmente, y la corte mediática simplemente agacha la cabeza, le sostiene el espejo y le ríe la gracia.
Desde la psicología de las masas, este espectáculo de humillación consentida es un manjar. La masa no observa estos programas buscando iluminación dialéctica; busca la crudeza de la arena romana. Al constatar que ni siquiera las “élites” de los medios se atreven a ponerle un freno, la turba experimenta un éxtasis reverencial. Se despiertan las pasiones más primitivas: adoran al verdugo precisamente porque tiene la capacidad de someter a los comunicadores a examinar sus proporciones y a tragar saliva sin que nadie rechiste. Es el triunfo de la pulsión sobre la convención social, un deleite sádico donde la cobardía de los espectadores de primera fila confirma y legitima el poder absoluto del ídolo.
La Ilusión de Alternativa y el experimento Pavloviano
Y no se engañen con la pirotecnia mediática. Esa aparente guerra civil, ese “fuego amigo” entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, con Álvaro Uribe Vélez reaccionando desde la barrera con calculada consternación, es otra obra maestra del marketing psicológico. En psicología clínica y dinámica de grupos, a esto se le conoce como Triangulación Narcisista del Poder acoplada a una Ilusión de Alternativa.
El libreto es un clásico de los arquetipos familiares: el Patriarca escenifica una contienda en el lodo entre el “hijo rebelde” (el Id desbocado, transgresor y sin filtros) y la “hija sumisa” (el Superyó institucional, ortodoxa y fiel a la doctrina). Los ponen a pelear en la arena pública no para destruirse, sino para devorar por completo el ancho de banda del electorado. Al polarizar la discusión entre dos extremos de su propia casa, anulan cualquier debate por fuera de su ecosistema político.
Nunca habíamos presenciado un experimento pavloviano a nivel nacional tan descaradamente ejecutado: suena la campana de la polémica, las masas salivan, toman bando y se desgarran las vestiduras defendiendo a uno u otro. Pero la trampa cognitiva es absoluta: sin importar si gana el litigante pendenciero o la senadora doctrinaria, la casa siempre gana y el poder del Patriarca se mantiene intacto. No están compitiendo por la presidencia; están compitiendo por monopolizar la mente del espectador.
Para los náufragos de la cordura (Un apunte final)
A ustedes, los pocos estoicos que observan este circo romano sin babear por el pan que les arrojan desde la tribuna; a quienes no están siendo condicionados por este espectáculo dantesco. Sé que resulta intelectual y anímicamente agotador convivir con esta necropolítica de pacotilla. Es tedioso atestiguar este libreto barato donde el “rebelde sin causa” se mide el ego en televisión abierta, mientras la “hija cuidadora del orden” finge espanto y el dueño de la hacienda mira desde el balcón contando los votos.
Pero no claudiquen. No se dejen domesticar la inteligencia por este sainete predecible. En esta finca que llamamos país, no tenemos por qué rendirle pleitesía a ningún “patrón”, por mucho que grite o por muy finos que sean sus trajes europeos. Y si alguna vez sienten que la marea del estupor colectivo los arrastra, repítanse esta joya que el psicoanalista Erich Fromm nos dejó como advertencia clínica sobre estas tiranías de bolsillo:
“El rasgo más importante del carácter autoritario es su actitud hacia el poder. El poder fascina al carácter autoritario no por los valores que represente, sino porque es poder. Del mismo modo que su ‘amor’ se despierta automáticamente por todo lo que tiene poder, todo lo que carece de él provoca su desprecio”.
- El miedo a la libertad
Posdata para acólitos, devotos y navegantes de la red:
Si tras leer este análisis clínico siente el impulso fisiológico e irrefrenable de teclear insultos en defensa de su “patrón”, respire profundo. Este texto no es una diatriba partidista; es un diagnóstico fundamentado en el análisis de la conducta, la neurociencia y la psicología de masas, áreas que cuentan con amplio respaldo científico. Le sugiero amablemente que, antes de abalanzarse sobre el teclado, intente regular su amígdala cerebral. El debate exige neocórtex y argumentos empíricos; los fanatismos hormonales y los reflejos condicionados es mejor dejarlos para la sección de comentarios de TikTok.
Referencias bibliográficas para el debate (El que lee, no traga entero):
- Adorno, T. W. (1950). La personalidad autoritaria. Estudios sobre los fundamentos psicológicos del fascismo.
- Freud, S. (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. (Estructura de la horda primitiva y el líder).
- Fromm, E. (1941). El miedo a la libertad. (Mecanismos de evasión, conformismo automático y carácter autoritario).
- Mbembe, A. (2011). Necropolítica. (El uso del poder social y político para dictar cómo algunas personas pueden vivir y cómo algunas deben morir).
- Hahl, O., Kim, M., & Zuckerman Sivan, E. W. (2018). The Authentic Appeal of the Lying Demagogue: Proclaiming the Deeper Truth about Political Illegitimacy. American Sociological Review.


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