(pero mi hija ya sabe que los que hoy nos detuvieron pueden perder el 31)

Fanny Cáceres Manrique y Aura María Díaz
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Íbamos cantando. El martes 12 de mayo, en la chiva de la Minga, de San Gil a Coromoro, viajábamos con la emoción a flor de piel. Subirse a esa chiva, para una hija de campesinos que hoy es una madre sin tierra, era como volver a la raíz. Ver rostros que piensan distinto, pero sueñan lo mismo; personas que creen que otro campo es posible, que otro país es posible.
La emoción, como decimos en mi tierra, era muy bonita.
“Estábamos contentos”.
Ese día María José no fue al colegio. Porque a los niños también hay que formarlos políticamente. Y no, eso no es adoctrinamiento: es enseñarles qué significa la construcción de poder popular desde el pueblo y para las comunidades. ¿Qué mejor clase de sociales que defender un proyecto político por la vida y rechazar la muerte?
Pero el puente El Pienta, llegando a Charalá, se convirtió en una frontera.
Ahí estaban ellos: la Policía de Tránsito, civiles armados de odio, una camioneta blanca atravesada como muralla y las volquetas de empresarios que desangran los ríos Taquiza y Pienta. Nos gritaban:
—“¡Guerrilleros!”
—“¡Desocupados!”
—“¡Fuera vagos, indios, no los queremos!”
—“¡Devuélvanse para su tierra!”
—“¡Petristas de mierda!”
Y yo pensaba: “Pero si yo soy de Coromoro. Voy para mi tierra”. Aquí no hay ninguna tierra ajena. Todos y todas somos santandereanos. Pero una termina entendiendo que el odio suele caminar de la mano de la ignorancia y del racismo.
Aquello no era un control de tránsito. Era un control político. Casi un control paraestatal: decidir quién pasa y quién no; quién merece llegar y quién debe ser humillado.
Eran los supuestos hijos de José Antonio Galán y de Acevedo y Gómez, creyéndose españoles mientras amenazaban y despreciaban al pueblo trabajador. Imaginé a José Antonio Galán queriendo salirse de su estatua en el parque de Charalá. Imaginé a Antonia Santos decepcionada de lo que ve.
Cuando la chiva intentó devolverse, empezaron las piedras.
No eran piedras sueltas: era el peso del desprecio.
Corrimos quinientos metros con niños en brazos mientras ellos reían. Un carro, por piedad, nos recogió. Pero la pregunta quedó clavada en el barro:
¿Quién nos devuelve la ilusión que nos robaron?
Los mismos que permitieron que Charalá y Riachuelo fueran territorio de grupos paramilitares en los años dos mil; los mismos que guardaron silencio mientras paramilitares violaban niñas en los colegios; los mismos que permiten que el señor Sarmiento destruya el río; esos mismos fueron quienes nos salieron a insultar, apedrear y golpear.
Colombia es un país de cicatrices que no terminan de cerrar.
Aprendí desde niña que la historia pesa. Mi mamá me echó agua bendita cuando una vez le dije que era “goda”, porque en la escuela a Osvaldo le decían así solo porque su papá era de Charalá. Ya entonces pensar distinto era motivo de señalamiento.
Mi papá, nacido en 1934, fue liberal toda la vida. Lo vi llorar cuando asesinaron a Galán, a Pizarro, a Lara Bonilla. Escuchábamos con mi mamá a Juan Gossaín narrar por radio la muerte de Álvaro Gómez Hurtado, y el silencio que quedaba después era como un pozo.
Mis padres tampoco supieron cómo explicarme aquello. Solo decían:
—“Hija, esto es así”.
Pero no. Esto no debería ser así.
Pensar distinto no puede convertirse en delito. Hacer minga, movilizarse por la tierra, por la vida y por la paz con justicia social no es un acto subversivo: es un derecho.
Y que, en pleno contexto electoral —cuando debería florecer el disenso y la deliberación— nos reciban con palos y piedras, es la prueba más cruel de que en este país el sufrimiento sigue siendo selectivo. De que la cultura “paraca” y paramilitar sigue profundamente enraizada en algunos territorios y se alimenta de la polarización política.
Hoy le pregunto al cielo:
¿Cómo le explico a mi hija que los malos se quedaron riéndose?
¿Cómo le digo que ganaron otra vez?
Porque lo que vivimos en El Pienta no fue un hecho aislado. Fue el reflejo de una Colombia donde la diferencia todavía se persigue; donde el campesino que alza la voz termina convertido en enemigo; donde la Policía no protege a quienes marchan por la dignidad, sino a quienes la niegan.
Cuando llegamos a casa, mi hija escribió en un papel:
“¡Soy la mejor y NO soy cobarde! Hoy, en la clase de sociales con mis tías y mi primo, me tocó correr, pero estaba defendiendo mis derechos”.
No quiero que mi hija crezca creyendo que el miedo es un destino.
Por eso escribo.
Porque si los malos ganaron esta batalla en un puente, no van a ganar la guerra de la memoria.
Nosotros seguimos aquí: añorando un pedazo de tierra, soñando con una vida digna, tejiendo esperanza, escribiendo columnas, criando hijos e hijas que no se callarán.
Y algún día, cuando mi hija vuelva a preguntarme, podré decirle:
“Los malos se ríen hoy, pero nosotros cantaremos mañana. Y esa canción no la van a detener con piedras”.


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