
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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Hubo un tiempo en que la muerte venía acompañada de sacerdotes, incienso y fórmulas solemnes. Hoy llega, además, con formularios, llamadas a entidades prestadoras de salud, certificados, autorizaciones, copias ampliadas al ciento cincuenta por ciento y familiares agotados sentados en sillas de plástico bajo luces blancas de hospital. La civilización técnica logró prolongar la vida, pero también administró la muerte hasta volverla trámite. Morirse implica diligencias.
En medio de un velorio cualquiera —café recalentado, flores fatigadas, murmullos, un ventilador girando, indiferente— alguien afirma:
—Voy a escribir mis memorias.
Y otro responde señalando el féretro con la boca:
—Tiene que afanarse porque mire.
Entonces sobrevienen unas risas completamente fuera de lugar. O quizá completamente en su lugar. Porque el ser humano rara vez sabe qué hacer frente a la muerte, y muchas veces la risa no es irrespetuosa sino defensiva: una manera fisiológica de no desmoronarse.
En esos momentos, los vivos hablan demasiado. Hablan porque el muerto ha impuesto una gravedad alrededor suyo. Gabriel García Márquez lo entendió muy bien en La hojarasca: el muerto organiza a los vivos. Los obliga a recordar, a murmurar, a discutir, a llenar silencios. La muerte produce lenguaje.
Y el lenguaje, cuando ronda un cadáver, se vuelve extraño. Oscila entre la filosofía, el chisme, el humor negro y la revelación involuntaria.
Alguien recuerda entonces a Séneca y su idea de que toda la vida consiste en aprender a morir. Otro menciona a Marco Aurelio, para quien la existencia no era más que humo y sangre con polvo. Surge incluso Diógenes de Sinope, que según ciertas versiones habría decidido abandonar la vida deteniendo voluntariamente la respiración. Los antiguos soñaban con morir bien. La modernidad, en cambio, teme morir lentamente. Por eso aparece inevitablemente Jorge Luis Borges, cerrando los ojos en un avión y deseando que el aparato caiga de una vez, porque acaso resulte preferible morir de un totazo y no a cuotas. Y detrás de Borges aparece Juan Dahlmann en El Sur, caminando hacia el arrabal, dispuesto quizá a una muerte rápida, literaria, antes que apagarse lentamente bajo la vigilancia clínica de un hospital.
Pero todas esas ideas —tan lúcidas, tan elegantes— tropiezan con un límite brutal: no se le pueden decir ciertas cosas a una hija viendo morir a su madre. Ahí termina la filosofía y empieza el afecto. Porque ninguna teoría sobre la muerte resiste intacta la visión concreta de una mano querida enfriándose.
Sin embargo, incluso en medio del dolor, la mente sigue derivando. Alguien recuerda otra escena: la mañana soleada en que desenterraron unos restos y los pajaritos permanecían atentos alrededor de la bóveda abierta, esperando a los insectos que huirían despavoridos apenas levantaran el féretro derruido. La imagen tiene una serenidad aterradora. La naturaleza no se detiene. Los pájaros observan la muerte como oportunidad alimenticia. El universo entero continúa funcionando mientras los humanos filosofan.
Cucarachas en la cabeza, eso es lo que tenemos, siempre.
La inscripción parece grotesca, pero contiene una intuición decisiva. El pensamiento humano no es una cosa limpia ni trascendente. Está lleno de residuos, obsesiones, imágenes intrusas, miedos diminutos moviéndose en la oscuridad. Pensar no nos separa completamente de la materia en descomposición, solo vuelve más consciente nuestra condición perecedera.
Y aun así seguimos hablando. Esa es una de las cosas más extrañas del ser humano: conversa al borde del abismo. Hace chistes durante los velorios. Discute literatura junto al ataúd. Recuerda partidos de fútbol, políticos olvidados, canciones, amores antiguos y trámites funerarios mientras alguien yace inmóvil a pocos metros.
Entonces aparece una niña observándolo todo con los ojos muy abiertos, tomada de la mano de su madre. Tal vez no comprende todavía lo que ocurre, pero está aprendiendo algo fundamental: los vivos rodean a sus muertos hablando. Así transmiten el espanto. Así domestican lo insoportable.
Y de pronto, en medio de la solemnidad, alguien pregunta:
—¿Y ese imbécil de Ariel B. qué? ¿No se muere nunca?
Las risas vuelven.
Porque en el fondo todos conocemos a alguien que parece sobrevivirle a todo: enfermedades, ruinas, accidentes, gobiernos, tragedias. Ese personaje obstinado cuya persistencia empieza a parecer absurda. Pero la pregunta termina revelando algo más cercano y a la vez profundo:
Todos somos ese imbécil que no se muere… todavía.
Ahí está la verdad completa. Todos vivimos bajo una prórroga. Todos seguimos aquí por una combinación incierta de azar biológico, costumbre, miedo, deseo, terquedad y coincidencia estadística. Mientras tanto hablamos, filosofamos, llenamos formularios, hacemos mercado, nos enamoramos, pagamos impuestos, leemos a Borges y aplazamos las memorias que jurábamos escribir.
Hasta que un día otros hablarán alrededor nuestro. Y también se reirán un poco, nerviosos, tratando de soportar el peso insoportable de saber que les toca seguir viviendo.
Y saldrán de allí a hacer un mercadito en el D1 de la esquina, para la semana.
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