
María Teresa Suárez González
Comunicadora Social-periodista. Doctora en Lenguaje y Cultura. Profesora en Uniminuto, en la Universidad Pedagógica Nacional y en la Universidad Externado de Colombia.
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Hoy más que nunca tiene profunda relevancia las reflexiones de Arendt acerca de la Banalidad del mal. El mal banal lo construyen quienes obedecen sin pensar en sus acciones, los “normales”. Dice Arendt que Adolf Eichmann, encargado de la Solución final, más que normal, era un sujeto profundamente mediocre que obedecía, sin pensar las consecuencias de sus actos al firmar los documentos que definían el destino de los judíos en el ocaso de la Alemania Nazi.
Él, reconocido como uno de los mayores criminales del mundo para la época de 1961, momento en que se realizó el juicio en Jerusalem, se declaró “culpable de obedecer órdenes”. No asesinó físicamente a judío alguno.
Tenía una disciplina kantiana. Pese a su mediocridad, las lecturas de Kant le sirvieron para que las planillas que firmaba y que decidían el destino de miles de judíos, fueran impecables, no tuvieran tachones o enmendaduras, contrario a muchos formularios E14 de la Registraduría, que hemos visto en estos tiempos.
Esta historia, que pareciera alejada en el tiempo, nos recuerda que las personas más “normales”, son quienes pueden ocasionar las grandes catástrofes del mundo, precisamente porque lo “normal” a veces es esquivo a la reflexión .
Los “normales” de Arendt son los mismos que hacen parte de lo que sostiene los regímenes totalitarios; las masas que no son otra cosa que grupos de individuos aislados, atomizados, profundamente individualistas y mezquinos, cuya característica central es la fascinación por el espectáculo. Los totalitarismos de hoy se fundan también en las democracias y las fuerzan con estados de excepción o distintos niveles de corrupción en los organismos que controlan, por ejemplo, los votos.
Cuando los individuos de la masa se unen, lo hacen en función de su homogeneidad, se uniforman (de camisetas amarillas) y gritan o callan según el requerimiento de “líder” o, como lo llama Arendt, “el funcionario de las masas”, que seguramente veremos como mero funcionario. No piensan porque les produce fascinación el estruendo del espectáculo que, como ya sabemos, nos presenta una realidad para ser vista, más que pensada.
En estos tiempos, el espectáculo de la política y su construcción con Inteligencia Artificial, ha tenido mucho que ver con esto que Arendt pensó, en medio del holocausto, sin que sea lo único: personas uniformadas, pero no como los camisas negras de Mussolini, de la Italia Fascista, sino con un símbolo y recordemos que el símbolo, con sus tensiones, cohesiona, por ello es considerado cercano, despierta pasiones diversas, pero en principio, es identitario: la camiseta amarilla que emula la bandera de Colombia, es un símbolo del país, apropiada por una masa.
Pero más allá de la camiseta tricolor, está el estruendo de la música, las pantallas, las luces enceguecedoras, que se amplifican dos párrafos después de que “el funcionario de las masas”, habla con amenazas, revanchismo y palabras vaciadas de sentido; así para alguno lo tenga. La construcción de emociones tristes (odio, resentimiento, rabia), los coros de la banda sonora futbolera, violenta por demás, todo esto cuidadosamente pensado para que la masa responda.
Aquí, como bien lo plantea Giuliano da Empoli en su ejemplo de la Coca Cola, lo importante no es el producto, sino el espectador: crear la sed, subir la temperatura para que el espectador tenga necesidad de beber, es decir programar el comportamiento humano, como lo plantea el autor, cuando habla del actual trabajo de los ingenieros de Silicon Valley, aumentar la “temperatura social”, ya bastante exacerbada en las redes, por la “colonización digital” y así reaccionar y vivir experiencias afectivas de “alegría” revanchista. Esto nos recuerda a Margaret Tatcher cuando advirtió que el neoliberalismo no solo buscaba era un modelo político, o económico sino que, principalmente, buscaba la apropiación de las almas de las sociedades. Y esto lo podemos ver en las almas que tenemos a nuestro lado, en lo cotidiano, en expresiones como: “yo trabajo y me gané lo que tengo”; o “cada logro tiene un costo”, o “Yo me he sacrificado por lo que tengo” que nos dejan ver el hondo calado del modelo neoliberal en nuestras subjetividades.
Ya Slavoj Žižek nos recordó que las violencias objetivas del sistema, producen las grandes desigualdades del mundo, pero para los normales, aspiracionistas de la masa, poca relevancia tiene esto, al momento de caer en las fauces del espectáculo.
En últimas, lo que está pasando tiene mucho que ver con lo que plantea da Empoli acerca de permitir que el ciberespacio siga construyendo el caos como sello del poder dominante, porque este es el tiempo de los depredadores, donde se une lo impensable, con la acción radical, para sorprender, captar la atención de la audiencia como bien lo ha demostrado la avanzada de la extrema derecha en el mundo y que hoy, con algo de sorpresa, nos ha llegado a nuestras puertas.
¿Qué nos queda a quienes no estamos en este marco de derroche espectacular? Es difícil pensar en medio de esta producción de ruidos, de imágenes, de terror (que es el miedo desde adentro), de tristeza, de dolor.
Seguramente nos queda lo que algunos están invocando: las juntanzas, los abrazos, el amor, la desatada de las pasiones alegres, porque no hay nada que descoloque y confunda más a los totalitarismos que la desatada de los enjambres de lo bello y profundo, del color, del goce genuino: es decir la revolución ética de la que tanto ha hablado Iván Cepeda y que en estos tiempos resulta un deber y porque también “la belleza es moral”.


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