
Le Nakawé
Le Nakawé nació hace más de 40 años en Bogotá, Colombia. Es antófila y selenofílica. Ama la performatividad de las nubes. Cree en el poder de los pájaros y de la luna, en la belleza de las flores, de los insectos, de los ríos y de las historias, por eso escribe.
•
Son las 3 de la mañana y me despierto sin querer, pienso en las tareas del día. Escribir tres notas, ir a dos cubrimientos, montar dos páginas en un periódico y pagar cuatro recibos. Quiero dormir, pero no puedo. Pienso y pienso que no me va a dar el tiempo ni la energía, y luego me autoterapeo y me digo que sí, que yo puedo, que tengo que poder porque el arriendo no se paga solo, que ¡con toda! que ¡vamos que vamos! y, de manera inevitable, agarro el celular. Pienso que no quiero hacerlo, pero termino haciéndolo. Lo agarro y entro a tres redes diferentes. Me entero del número de personas asesinadas en Gaza y de las marcas que hay que dejar de comprar para boicotear el genocidio, que la prensa titula como “bombardeos selectivos” y “ataques preventivos” -eufemismos mediáticos, vaya novedad-. Trato de que se me graben en la memoria las marcas para no volver a adquirirlas y luego me río de mí misma al pensar que consideré posible acabar la guerra dejando de tomar Coca Cola. Me entero de que hay eclipses a la vista y que puede que por eso me sienta rara estos días, porque soy cáncer y que a los cáncer les va a volver un amor del pasado, y sonrío. Scrolleo y scrolleo y me entero de que si quemo cáscara de ajo va a llegar abundancia a mi casa, y que Alejo se casó y pronto va a ser papá, y ya no sonrío. También que para el Día Mundial de las Escritoras en España les pareció buena idea entrevistar escritores hombres que publican bajo un seudónimo femenino, y ya no sonrío. Veo un video de un man, hijo o nieto de un presidente, da igual, que sale a decir que está interesado en escuchar a la gente y que para arreglar el país hay que trabajar más duro y madrugar harto, harto; un tipo que no ha trabajado un solo día de su vida, y la sonrisa que ya no está se transforma en una mueca que va entre el enfado y el asco. Leo que Camila Sosa Villada hizo una película con el man de Rebelde y no sé cuál de los dos está más rico y quiero ir a verla ya, pero primero tengo que dormir porque, de lo contrario, voy a estar somnolienta en mis tres notas, dos cubrimientos, el montaje de las dos páginas y el pago de los cuatro recibos, entonces suelto el aparato este, que no sé en qué momento se convirtió en mi mejor amigo, y me obligo a dormir para despertar dos horas después, alistarme y salir al primer cubrimiento, en el que un yupi casi calvo y con halitosis habla de las posibilidades del ecosistema tecnológico de emprendimiento, entonces tengo que hacer maromas para no dormirme mientras el tipo verborrea y verborrea sobre cómo ser el número uno, y decido que mi mejor ayuda va a ser el scrolleo y scrolleo para ver que los embalses no se llenan y que la mamá de Damaris la anda buscando por cielo y tierra angustiada porque el tipo con el que vivía ya le había advertido que no volviera a salir con minifalda y ya le había pegado unas muendas horribles y que dónde estará su hija y que, por favor, se la ayudemos a buscar. Y la verdad es que me parte el culo escuchar a esos gomelos que siguen hablando de ganar y de crecer en un mundo sin agua y sin amor, y me lo tengo que bancar enterito y aparte hacer publicaciones en redes diciendo que el man es una chimba, y luego voy a la casa a escribir una de las tres notas, montar una de las dos páginas y pagar dos de los cuatro recibos mientras pienso que la plata es una ilusión, pero tengo que salir rápido de esas cavilaciones porque me espera el segundo cubrimiento. Entonces me voy corriendo a escuchar a otra gomela para la que el mundo debe seguir creciendo y creciendo, pero que ahora, en lugar de los manes, somos las mujeres las que debemos ganar que porque los hombres ya estuvieron mucho en ese lugar y que el turno es nuestro, pero, obvio, para seguir tomando las mismas decisiones de mierda que nos trajeron a este mundo sin agua y sin amor, y vuelvo y posteo que una chimba y que es el doble de chimba porque ya no son manes sino viejas, y salgo del hotel puppy donde era el encuentro y me meto a la cigarrería de la esquina a comerme una empanada de dos mil, “sin Coca Cola, por favor”, porque hay que acabar con la guerra y aparte esa empresa se queda con el agua y el agua es un tema que me preocupa mucho, y me acuerdo que el primer pensamiento que tuve en la madrugada fue precisamente ese, el del agua, o más bien la falta de ella y que luego vino el recuerdo de la señora en la peluquería quejándose de los estudiantes protestando y yo diciéndole que si yo fuera estudiante no protestaría, claro, sino que lo incendiaría todo porque los cuchos que somos nosotros, y nosotras —casi da igual—, les estamos dejando un mundo sin agua y sin amor, pero la señora rancia en que esas no son formas, y yo me acabo la empanada atorada, anhelando un sorbito de ese veneno negro con el que crecí, y regreso a mi casa a pagar los dos últimos recibos, montar la página pendiente y hacer las dos notas, todas diciendo que la gente gomela, calva y feminista tiene razón y que lo que tenemos que hacer es seguir y seguir creciendo y seguir y seguir ganando, ahora más las mujeres que los hombres, y termino rendida antes de comer cualquier cosa y luego irme a la cama, y en lugar de contar ovejas scrolleo y scrolleo para enterarme de que Alejo está feliz, y dejar que se me salga una lágrima o tal vez dos, ¡bonita manera de que vuelvan los amantes!, pienso. Y scrolleo y scrolleo para ver que la depresión y la ansiedad andan disparadas y que cada vez más gente joven se suicida y que los manes se suicidan más que las viejas, que porque las viejas hablamos más, y que si uno se duerme pegado de alguna pantalla va a ser más difícil tener sueño de calidad y que es probable que se despierte a eso de las 3 de la mañana piense y piense y piense, entonces que lo mejor es adecuar el sitio de descanso para que sea solo de eso, de descanso, y se me cierran los ojos antes de la media noche, con el celular pegado a la mano que ya me duele de tanto cargarlo a él y todo lo que me dice, y lo que me deja de decir, y cabeceo y cabeceo y me quedo inevitablemente dormida, pero luego me despierto sin querer, y son las 3 de la mañana.


Deja una respuesta