
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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Hay comparaciones que nacen como un chiste y terminan revelando una teoría sobre la vida pública. La siguiente es una de ellas.
—¿Cuál es la diferencia entre el voto y el gol?
—Que el gol se ve, lo vemos todos.
—¿Y el voto?
—Bien, gracias.
La risa aparece de inmediato. La última respuesta parece equivocarse de pregunta. En lugar de responder dónde está o cómo se ve el voto, responde como si le hubieran preguntado por su estado de salud. Ese desplazamiento produce el efecto humorístico. Pero, como ocurre con las mejores ironías, la gracia dura apenas unos segundos. Después comienza la reflexión.
El fútbol y la democracia comparten una característica singular: ambos movilizan pasiones colectivas. Sin embargo, descansan sobre formas muy distintas de producir certeza.
Un gol pertenece al reino de lo visible. Cuando el balón cruza la línea de meta, miles de personas lo celebran al mismo tiempo. Incluso si surge una discusión, existen cámaras, repeticiones, distintos ángulos y, en los campeonatos más importantes, tecnologías que ayudan a confirmar lo ocurrido. El acontecimiento es, por naturaleza, público.
El voto, en cambio, pertenece al reino de lo invisible. Y debe ser así. La democracia moderna descansa sobre el principio del sufragio secreto. Nadie puede saber legítimamente por quién votó otra persona. Ese secreto protege la libertad del ciudadano frente a presiones familiares, económicas o políticas. La invisibilidad del voto no es un defecto del sistema; constituye una de sus garantías esenciales. Pero esa misma virtud contiene una paradoja. Lo que protege la libertad también impide la verificación directa por parte de cada ciudadano. Ningún elector puede seguir el recorrido completo de su voto hasta el resultado final. Entre ambos momentos interviene una compleja arquitectura institucional: mesas de votación, jurados, formularios, escrutinios, auditorías, observadores y organismos electorales.
Mientras el gol se confirma por la percepción, el voto se confirma por la confianza. Esta diferencia es mucho más profunda de lo que parece. Vivimos en una cultura que concede enorme prestigio a la evidencia inmediata. «Lo vi con mis propios ojos» suele considerarse la forma más sólida del conocimiento. Pero las sociedades contemporáneas funcionan, en gran medida, sobre otro tipo de saber: confiamos en procedimientos que no observamos directamente.
Nadie presencia el funcionamiento completo del sistema financiero antes de aceptar un saldo bancario. Nadie verifica personalmente cada experimento científico antes de confiar en un medicamento. Nadie observa todos los procesos administrativos que permiten elaborar un censo nacional.
La vida moderna exige una cuota considerable de confianza institucional. Las elecciones participan de esa misma lógica. Por eso el pequeño diálogo resulta tan sugerente. No afirma que exista fraude ni sostiene que el voto desaparezca. Lo que pone de manifiesto no es una denuncia, sino la distancia entre la experiencia inmediata del ciudadano y la complejidad del mecanismo que transforma millones de decisiones individuales en un resultado colectivo.
Cuando las instituciones gozan de credibilidad, esa distancia apenas se percibe. El ciudadano acepta que existen procedimientos suficientes para garantizar la integridad del proceso. Pero cuando la confianza se debilita, la invisibilidad del voto deja de entenderse como una garantía y empieza a experimentarse como una incertidumbre.
Entonces surge la tentación de pedirle a la democracia lo que el fútbol ofrece naturalmente: una evidencia compartida, instantánea y visible para todos.
Pero esa aspiración encierra un equívoco. El gol puede ser público porque pertenece al espectáculo. El voto debe ser secreto porque pertenece a la libertad. La cuestión decisiva no consiste, por tanto, en hacer visible el voto individual —lo cual destruiría una de las conquistas fundamentales de la democracia—, sino en hacer plenamente transparentes los procedimientos mediante los cuales esos votos son recibidos, custodiados, contados y auditados.
La confianza democrática no nace de ver cada voto, sino de poder verificar que las reglas son claras, que existen controles independientes, que las auditorías son posibles y que los resultados pueden ser examinados sin obstáculos. La pequeña broma, finalmente, conduce a una pregunta filosófica de mayor alcance. ¿Cuánto de lo que sabemos lo sabemos porque lo vemos, y cuánto porque confiamos en los mecanismos que producen ese conocimiento?
Toda civilización depende de ambas formas de certeza. La percepción directa tiene un poder irremplazable, pero ninguna sociedad compleja podría sostenerse únicamente sobre aquello que cada individuo presencia por sí mismo. También necesita instituciones dignas de confianza.
Desde luego, ni siquiera el fútbol está completamente libre de controversias. Existen goles que, pese a parecer evidentes para millones de espectadores, siguen siendo objeto de decisiones arbitrales discutidas. Pero incluso esas discrepancias confirman el punto central: el debate gira en torno a algo que todos pueden observar y volver a observar.
Es por esto que el diálogo permanece en la memoria. Comienza como una ocurrencia futbolística y termina interrogando uno de los fundamentos de la convivencia política. Porque un gol entra o no entra, y millones de personas pueden celebrarlo al mismo tiempo. Un voto, en cambio, desaparece de la vista para proteger la libertad de quien lo deposita. La responsabilidad de una democracia consiste en que aquello que desaparece de la vista nunca desaparezca de la confianza pública.
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