
Fanny Cáceres Manrique
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Hoy recuerdo la primera vez que mi sobrino, en medio de una discusión, me dijo que yo no conocía la guerra.
Él era suboficial del Ejército y estaba convencido de que la guerra solo existe cuando se empuña un fusil. En parte tenía razón: a mí nunca me tocó disparar un arma. Pero me tocó otra guerra, una que también deja cicatrices.
¿Qué podía saber él, si mientras portaba el uniforme del Estado, yo seguía viviendo a más de ochenta kilómetros de la cabecera municipal, en la vereda donde crecimos? Allí escuché desde niña a mi madre relatar los horrores de la violencia de 1949: cómo ella y los vecinos permanecían atentos por si veían subir a los chulavitas, para esconder a mi abuelo, a las niñas y las pocas pertenencias que tenían. Vivían preparados para huir en cualquier momento.
Pero, según él, eso no era la guerra.
Tampoco lo fue, según su manera de entenderla, lo que vivimos a comienzos de los años dos mil. Mis hijas tenían cinco y siete años. Vivíamos en la vereda más apartada del municipio, donde no había carretera, energía eléctrica, señal de teléfono ni muchas de las comodidades que hoy la mayoría da por sentadas.
Cada ocho días bajábamos a vender la cuajada para comprar el mercado de la semana. Nunca podían faltar las compotas y las uvas para las niñas. El viaje era a caballo. Un sábado, al pasar frente a una tienda junto al camino, salieron varios hombres armados y nos ordenaron desmontar. Se llevaron al papá de mis hijas «para hablar». Cuatro horas duró esa conversación.
Jamás le pregunté de qué hablaron. Él nunca me lo contó.
Esas cuatro horas parecían eternas. La tarde caía, las niñas preguntaban por su papá y el miedo se iba apoderando de todo. Yo debía aparentar tranquilidad para que ellas no sintieran el terror que me consumía por dentro.
Desde ese día nada volvió a ser igual. Cada vez que nos acercábamos a ese lugar, la niña que venía montada con su papá se pasaba silenciosamente a las ancas de mi caballo. Nadie decía una palabra. No hacía falta.
Pero, según él, a mí no me había tocado la guerra.
También recuerdo cuando llegaron a una vereda cercana, se llevaron decenas de reses y las encerraron en un potrero demasiado pequeño. Caballos, vacas, terneros y toros bramaban durante días por el hambre y la sed. La impotencia de contemplar ese sufrimiento sin poder hacer absolutamente nada también deja heridas. Quien ha vivido la violencia sabe que la guerra no solo destruye vidas humanas; también acaba con todo aquello que les da sentido.
Pero, según él, a mí no me había tocado la guerra.
Recuerdo igualmente el día en que mi hermana y mi cuñado dejaron el carro donde terminaba la carretera porque ese fin de semana viajaríamos en el vehículo de una tía. Todos estábamos ilusionados. Sin embargo, cuando regresamos encontramos dos llantas pinchadas mientras los hombres armados se burlaban de nosotros.
Con miedo, mi hermana y su esposo tuvieron que regresar por los caballos para continuar el viaje hasta el pueblo. Yo, en cambio, me devolví caminando sola hacia la vereda. Todo porque a aquellos hombres no les había gustado que el carro permaneciera estacionado allí.
Pero, según él, a mí no me había tocado la guerra.
Había otro lugar del camino donde casi siempre estaban. Cuando pasábamos, me obligaban a descargar el macho para revisar cada uno de los víveres que llevaba. Si consideraban que compraba demasiado arroz o demasiada sal, me quitaban varias libras. Decían que esos alimentos eran para la guerrilla.
No existía discusión posible. Ellos tenían las armas y nosotros el miedo.
Después de varias experiencias como esa, antes de llegar a ese sitio una de mis hijas siempre pedía cambiarse al caballo donde yo iba. Nunca explicó por qué. Tampoco era necesario.
Pero, según él, a mí no me había tocado la guerra.
Jamás olvidaré el día en que le preguntaron a mi esposo si había visto a la guerrilla. Él respondió con sinceridad que ni siquiera distinguía quiénes eran unos y quiénes otros.
Uno de aquellos hombres lo agarró del cuello de la camisa y, golpeándose el brazalete de las AUC, le dijo:
—Nosotros somos las autodefensas, para que le quede claro.
Mis hijas rompieron en llanto. Yo solo les repetía que no los miraran, que no merecían siquiera nuestra mirada.
Pero, según él, a mí no me había tocado la guerra.
Hoy pienso que, en parte, mi sobrino tenía razón. A mí nunca me tocó combatir con un arma en las manos.
Me tocó algo distinto: vivir durante años bajo el miedo permanente; aprender que la libertad podía terminar en cualquier retén improvisado; criar hijas que crecieron convencidas de que había lugares donde era mejor guardar silencio y bajar la mirada.
Quizá por todo aquello ellas ya no viven en este país. Aquellos años les dejaron marcas que nunca desaparecieron del todo.
Yo, en cambio, soy incapaz de abandonar esta tierra.
Aquí están enterradas mis raíces. Aquí permanecen mis hermanas, la memoria de mis padres y el legado de mis ancestros. Aquí viven las historias que todavía faltan por contar.
Por eso, cuando alguien afirma que la guerra solo la conocen quienes empuñaron un fusil, pienso en todas las mujeres, campesinos, niños y ancianos que nunca dispararon un arma, pero pasaron años sobreviviendo entre retenes, amenazas, silencios y miedo.
Ellos también conocieron la guerra.
Y quizá fueron quienes pagaron su precio más alto.


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