
Mateo Duarte del Castillo
Columnista de opinión en El espectador y Las 2 Orillas. Realizador audiovisual con especialización en TV periodística y documental
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“País de mierda”, “no vuelvo a votar en mi vida”, son algunas de las muchas expresiones que aparecen tanto en redes sociales como en chats privados, esto, por parte de la mitad que perdió en las elecciones porque el otro 50% y un poco más, llevan 3 semanas insultando, amenazando y advirtiendo que, “le llegó el final a la mamerteria”, y el ambiente de agravios, vejámenes e improperios parece que día tras día no tiene techo, y el cielo es el límite.
Sumémosle entonces a lo anterior el pánico, – ya dejó de ser miedo-, por lo que va a pasar a partir del 7 de agosto. Las amenazas -ciertas o no-, amplificadas por los algoritmos que las predominan cuando se entra sobre todo a X, exasperan estos dos sentimientos que menciono, entonces por puro reflejo y una sensación de supervivencia básica, vemos a personas diciendo que le van a hacer la vida imposible al gobierno recién electo, y las redes con su inmediatez muestran a la derecha respondiendo a esa “amenaza”, calificándola de terrorista y que hay que “bombardear” y borrar del mapa cualquier atisbo de gente así.
Podríamos añadirle a este barril con pólvora, la reciente canibalización de la izquierda por parte de perfiles públicos acusando de “curulero” a Cepeda, e inmediatamente aparecen los husmeadores de grietas en la izquierda, buscando pescar (likes y views) en río revuelto, jugando a los dos bandos según la dirección que sople el viento.
Claro que hay amenazas a lo construido por el progresismo, pero también hay mucho ruido, mugre digital y sobre todo provocaciones, como el nombramiento de la ministra de educación que contiene las dos: Intimidación y desafío a los derechos consagrados en la constitución del 91. O el anunciado” bloque de defensa de seguridad urbano”, horrible nombre, porque la asociación con las autodefensas es casi inmediata.
El internet y las redes no se inventaron el mes pasado, se tiene que saber discernir la paja del trigo, los alaridos del peligro real.
Pero entonces, señores, señoras y jóvenes progresistas, la policía secreta del nuevo gobierno no les invadirá sus hogares para llevarse a su gato para “destriparlo”, no van a ocupar universidades privadas para revisar quienes están hablando o leyendo a Marx, -en las universidades públicas digamos que eso está por verse-. La izquierda lleva desde los años ochenta haciendo oposición -y canibalizándose también desde esa época, Trotskistas contra Maoístas, Leninistas contra Marxistas, etc-, pero la experiencia y la resistencia la saben hacer muy bien, es digamos, su hábitat natural. Antonio Caballero, quien nunca vio a Petro como presidente, pero lo habría destrozado con su pluma, decía que la izquierda se volvía derecha al llegar al poder, y que por eso siempre debe estar haciéndole el contra peso a ese poder. Entonces ya que vuelven a estar en la oposición, es vital su papel de denuncia y control político, Abelardo no va a apagar el internet, y si por el mal manejo de las redes Cepeda perdió, es el momento de la lección aprendida y moverse en ese espectro para contrarrestar los desmanes que muy probablemente se van a presentar los siguientes cuatro años.
Pero es importante que la gente no contribuya consumiendo y compartiendo contenido histérico, falso, ni esquizoide para aumentar esta neurosis digital que vivimos, no vayan a decepcionarse si ven fotos de senadores del Pacto histórico tomando café y riendo con los del centro democrático para volver a decir “país de mierda”, porque, aunque son los representantes de nuestros intereses en el legislativo, existen agendas propias, intereses, dinero y poder.
No vale la pena estar pendiente de la pelea de la semana en X: que, si Carlos Carrillo “peinó” a un senador, o si Jennifer Pedraza se peleó con Cathy Juvinao, eso es chisme y ruido digital que solo le sirve a youtubers y medios digitales mediocres para crear contenido, porque lo quieren hacer ver como si fuera importante para conseguir shares y likes, y que la gente se pelee por eso, y en el fondo es volver a los lectores idiotas útiles.
Las democracias no se destruyen de un día para otro; se erosionan lentamente, discurso tóxico tras discurso tóxico, hasta que ya nadie confía en nadie. La polarización no es un fenómeno espontáneo: se alimenta de cada uno de nosotros cada vez que compartimos sin pensar, cada vez que preferimos la indignación fácil a la pregunta incómoda. El verdadero riesgo no es el gobierno que llega ni la oposición que se queda; es una sociedad que ha normalizado el insulto como forma de hacer política. Bajar la temperatura del debate público no es debilidad ni resignación, es el primer acto de responsabilidad democrática que nos queda.
Cálmense, no porque no haya nada por lo cual indignarse, sino porque el país necesita ciudadanos lúcidos, no una audiencia asustada. Ese es el verdadero examen que tenemos por delante.


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