
María Cristina Camacho Durán
Docente, Psicóloga, Gestora cultural
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En los primeros años de vida republicana, la educación fue concebida como una herramienta esencial para consolidar la independencia y formar ciudadanos. En ese contexto nació el Colegio de la Provincia del Socorro, hoy con doscientos años de historia, fruto no solo de decisiones gubernamentales, sino del esfuerzo colectivo de toda una comunidad. Así lo relata el historiador Horacio Rodríguez Plata en La antigua provincia del Socorro y la independencia (1963), al reconstruir los orígenes de esta institución emblemática.
El 23 de marzo de 1823, el Cabildo del Socorro elevó una solicitud formal al vicepresidente de la República, Francisco de Paula Santander, para que se fundara en la villa un gran centro educativo. La petición se apoyaba en razones de peso: el Socorro era una población numerosa, con actividad industrial y con una trayectoria destacada en la lucha por la independencia, méritos que, a juicio de sus autoridades, justificaban la creación de un colegio provincial. La iniciativa se enmarcaba además en la Ley del 28 de julio de 1821, que ordenaba establecer colegios en cada provincia de la naciente República de Colombia.
El Gobierno envió entonces un comisionado para evaluar, sobre el terreno, las condiciones de los distintos pueblos de la provincia. Tras su recorrido y el correspondiente informe, el Consejo Ordinario de Gobierno se reunió el 17 de mayo de 1824, con la presencia del vicepresidente Santander y sus ministros, para tomar una decisión. Se consideró inicialmente que el colegio funcionara en el antiguo Convento de los Capuchinos del Socorro, pero el grave deterioro del edificio y los altos costos de su reconstrucción —entre cuatro y siete mil pesos— llevaron al Consejo a inclinarse por la villa de San Gil, que ofrecía mejores condiciones materiales y financieras.
Lejos de resignarse, el Cabildo del Socorro defendió su aspiración. Consciente del dictamen desfavorable, se anticipó a los argumentos del Gobierno y asumió el compromiso de adecuar un espacio y conseguir los recursos necesarios para garantizar la viabilidad del colegio. Además, recordó que varios cabildos del cantón habían manifestado su respaldo a la sede socorrana, lo que no había sido reflejado en el informe del comisionado.
El esfuerzo dio resultado. El 22 de junio de 1824, Santander comunicó oficialmente que el colegio se establecería en el Socorro, con una condición clara: la comunidad debía aportar la suma de catorce mil pesos para su sostenimiento. A partir de ese momento se puso en marcha una movilización ciudadana sin precedentes. Mediante acuerdo del 17 de septiembre de 1824, el Cabildo comisionó a Luis Niño y Juan Nepomuceno Berbeo para recaudar los fondos exigidos. Un mes después, un nuevo acuerdo dispuso que curas, jueces y vecinos donaran los empréstitos que habían hecho al Gobierno durante la guerra de independencia, destinándolos ahora a la fundación del colegio.
Las donaciones se realizaban en cabildos abiertos, verdaderas fiestas cívicas. En las plazas sonaban músicas alegres, repicaban las campanas y estallaban juegos de pólvora. En el atrio de la iglesia se colocaba una urna, y hasta ella acudían vecinos de todos los estratos sociales —desde los más acomodados hasta los más humildes— para aportar desde un centavo hasta varios pesos. Cada donación quedaba registrada en actas y documentos públicos, levantados en los pueblos del cantón: Chima, Simacota, Hato, Palmar, Oiba, Canacua (hoy Olival), Culatas de Confines, Guapotá, Páramo y la naciente parroquia de Palmas del Socorro.
Gracias a este esfuerzo colectivo se logró construir una gran escuela, organizada según el método pedagógico de Lancaster. Bajo la dirección inicial del doctor Joaquín Plata Obregón y luego de don Dámaso Villareal, cerca de doscientos alumnos recibían formación en gramática, filosofía, aritmética, lectura, escritura, religión, moral cristiana, instrucción cívica y geografía, además de enseñanza militar en días específicos. Aquella escuela fue, desde sus orígenes, un verdadero colegio: una institución nacida del compromiso ciudadano y del ideal republicano que hoy, dos siglos después, sigue siendo motivo de memoria y orgullo.


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