Crónica mínima del 10 de agosto en Cali

Lucas Restrepo-Orrego
Investigador, docente y abogado
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“Sigo aguardando el temblor.
En mi cuerpo.”
Gustavo Cerati, Cuando pase el temblor, 1985
Para Ileana Giraldo Aponte. “Ya no tendremos que hablar (y hablar)… del temblor”.
El temblor no pasa aún, y estamos como soñando, despiertos.
En Colombia, a las siete y media de la mañana, la vida ruge. Pocos permanecemos mullidos entre sábanas, pasadas las seis y cuarto. Algunos, amanecemos enredados entre patas de muchos colores; comunidad animal por la que damos hasta la vida misma (quedó probado).
Quienes hicimos de Cali nuestro planeta, sabemos que la tierra se mueve sin descanso. Los temblores, como la Feria, solo se aguardan. Casi como que la salsa no hubiera llegado por Buenaventura sino desde las entrañas mismas de la ciudad.
Esa mañana del 10 de agosto, los primeros diez segundos no nos tomaron por sorpresa. Empero, la oleada subsiguiente de vibraciones geológicas y su colección de grietas y temores vino inexorable para golpear nuestras certezas. La memoria del movimiento se ha instalado, sin duda, ya en nuestros cuerpos. Sólo la superstición, o la ilusión, podrá borrar la evidencia de la incertidumbre. Cali se mueve, como bailando salsa, y solo se detendrá cuando la tierra deje de moverse, cuando la vida no sea ya posible sobre esta roca incandescente. Paradoja de la vida: si la ciudad se derrumba a pedazos es porque puede, justamente, seguir albergando la vida.
La segunda oleada comenzó pasadas las siete treinta y cuatro minutos. El suelo de las zonas de Gran Limonar, Pampalinda y Tequendama tiene la particular aptitud de amplificar los movimientos telúricos. A ello se suma la presencia amenazante de la falla Patía-Cali entre las calles quinta y novena, que corta longitudinalmente el sur de la ciudad en dos placas. Nos recuerda su existencia, el rastro de destrucción que ha dejado a su paso desde los tiempos de la construcción de los primeros barrios en la zona, por allá en los años setenta.
La imagen no puede trasmitir más que la imagen misma. El espectador compulsivo tiene el lujo de reproducir, sin solución de continuidad, miles y miles de videos en los que viviendas y edificios terminan hechos pedazos. Pero el régimen de la imagen no es el régimen del cuerpo. No es lo mismo ver bailar que bailar.
No obstante, valga la pena mencionar una curiosidad: los gritos, el llanto, el terror de la respiración, sí que trasmiten algo más que una simple imagen. En neurología se habla de las “neuronas espejo”. Pero es, más bien, como si los cuerpos sintieran: “soy un somos”. La palabra, viejo invento de la humanidad, sigue filtrándose entre las grietas de la imagen. ¿Qué ocurre cuando queremos decir nuestra existencia sacudida al punto de no retorno? Tendremos que intentar expresarlo con palabras.
Durante 40 segundos, más o menos, esa masa que llamamos hogar intentó, con todas sus fuerzas, venirse abajo, enterrarnos bajo el peso de sus vigas, columnas y recuerdos. La vida entera, plantas, macetas, cuadros, libros, vajilla, suvenires de viajes, de amistades, trozos de las paredes, del techo, caían como si lloviera a cántaros. El suelo no era más sino desechos. ¿Y tu manada? Los gatos saben esconderse a la mirada, pero no saben de terremotos. No saben que el mejor escondite es justamente el peor en caso de colapso estructural. Algunos humanos tuvieron el valor de escapar al desastre, dejando a sus manada multiespecie atrás. Algunos no pudimos. Algunos murieron por ello, otros, sobrevivimos. Así es la vida, a veces simplemente debemos, más que huir, construir nuestras líneas de fuga…
“Hay una grieta, en mi corazón, un planeta con desilusión”… el temblor no pasa aún, y estamos como soñando, despiertos.
Apenas el pasado 7 de agosto, desde ese extraño lugar para las promesas de gobierno que es el Batallón Pichincha, se anunció el retorno del individuo voraz, meritorio, individualista, tradicional. El regreso del Pater familias y su hueste, acompañado del estruendoso bramido de aviones supersónicos sobrevolando la ciudad, parecía más una amenaza. Mala noticia para los servidores del pasado en copa nueva: solo minutos después del colapso, casi al tiempo, de más de 55 edificios, miles de ciudadanos se volcaron sobre sus ruinas para rescatar a los sobrevivientes.
En la noche del mismo 10 de agosto, las zonas de desastre se habían convertido, también, en zonas de colaboración mutua. A veces, las pesadillas son el grito sordo de cierta animalidad que nos habita, la pulsión de vida que nos atraviesa y disuelve toda veleidad individualista. Nuestro sueño viene cargado de animalidad, de ayuda recíproca.
Sobre la respuesta solidaria en Cali posterior al terremoto del 10 de agosto, hablaremos en otra entrega.


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