
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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Hay momentos en que uno quisiera que la política se quedara afuera. Afuera de la conversación, de la literatura, de la amistad, del saludo, de la memoria. Quisiera uno conservar algún pequeño territorio de la existencia donde no llegaran los partidos, los presidentes, los insultos, las ideologías, los bandos. Pero la política tiene una extraordinaria capacidad de infiltración: entra por las rendijas más pequeñas y termina habitando incluso aquello que parecía pertenecer exclusivamente a la vida privada.
Uno se encuentra a alguien en la calle y antes de decidir si le estrecha la mano ya sabe, o cree saber, qué representa. La mano, que debería ser apenas un gesto humano, puede convertirse de pronto en una declaración política. Saludar puede parecer una adhesión; no saludar, una condena. Hasta un movimiento aparentemente insignificante del cuerpo queda atrapado en la red de las interpretaciones.
La política invade así los intersticios más finos de la vida. No solamente determina lo que pensamos de los gobiernos o de las instituciones. También puede llegar a decidir qué sentimos frente a una persona, qué recuerdos conservamos de ella, qué palabras empleamos para nombrarla y hasta qué gestos nos permitimos cuando la tenemos delante.
Resulta perturbador encontrarse con alguien a quien políticamente no soportamos y descubrir, al mismo tiempo, que sigue siendo un ser humano. Ahí aparece una contradicción difícil de resolver: el cuerpo reconoce al otro antes de que la ideología consiga reducirlo a una categoría. Una mano puede querer estrechar otra mano mientras la conciencia política ordena retirarla.
Entonces comienza una pequeña guerra dentro del cuerpo. No se trata solo de simpatía o antipatía. Hay algo más profundo: la lucha entre el reconocimiento del semejante y la imposibilidad de aceptar aquello que creemos que ese semejante representa.
Porque el político nunca aparece completamente solo. Aparece acompañado de una representación. No vemos a la persona: vemos su historia, sus discursos, sus decisiones, sus seguidores, sus adversarios, sus símbolos. Vemos todo aquello que la política ha depositado sobre su cuerpo.
Y entonces el hombre puede convertirse en una imagen. Una figura de cartón, plana y plastificada, sin una arruga, tiesa. Una representación pública que ha perdido la rugosidad de la existencia ordinaria. El político aparece en fotografías, periódicos, pantallas, plazas, discursos, universidades, conversaciones. Está en todas partes. Su presencia se vuelve tan insistente que termina siendo una invasión visual.
Frente a esa omnipresencia hay otra clase de presencia: la del escritor. Cortázar, por ejemplo, no necesita estar en ninguna parte para aparecer. Nadie sabe dónde anda. Anda por los andurriales, por las selvas, por los jardines botánicos, por las habitaciones de quienes lo leen. Es difícil encontrarlo porque su lugar no es un lugar geográfico. Su lugar es más amable; es en la imaginación.
Ahí se produce una paradoja. El político necesita aparecer para existir públicamente; el escritor puede desaparecer y continuar existiendo. Uno ocupa cargos, instituciones y escenarios. El otro ocupa páginas, recuerdos y conciencias. Uno tiene una presencia territorial; el otro, una presencia textual.
La política resulta hostigante cuando invade la literatura: porque intenta convertir incluso la imaginación en territorio de disputa. Pero ¿podemos realmente escapar?
La política está en el lenguaje. Una palabra aparentemente inocente puede llevar siglos de conflictos. «Pueblo», «patria», «libertad», «orden», «izquierda», «derecha», «mamerto», «facho»: cada término parece traer consigo una pequeña historia de alianzas y enemistades. Incluso cuando creemos estar hablando de una persona, podemos estar hablando de la categoría política en la que la hemos colocado. Cada cual es, en cierto modo, una máquina de interpretación. Y la política tiene la capacidad de acelerar brutalmente esa máquina. Antes de conocer al otro, ya lo hemos clasificado. Antes de escucharlo, ya sabemos quién es. Antes de que hable, ya hemos decidido qué significa.
La persona desaparece detrás del signo. Eso explica también la violencia particular del insulto político. Llamar a alguien «mamerto», «facho», «comunista», «uribista», «castrochavista» o cualquier otra etiqueta semejante no es solo ofenderlo. Es reducir la complejidad de una vida a una palabra. La etiqueta funciona como una pequeña cárcel semántica: desde el momento en que entra allí, todo cuanto haga puede ser interpretado a partir de ella.
El otro deja de ser alguien y pasa a ser algo. La política consigue entonces algo particularmente hostigante: introducir la abstracción en la intimidad. Dos personas pueden haber compartido una amistad, una mesa, un aula, una calle, una historia. Sin embargo, basta una diferencia política para que toda esa memoria quede sometida a una nueva lectura. De pronto preguntamos menos quién fue el otro y más qué votó. Ya no recordamos solo sus palabras; también aquello que creemos que sus palabras significaban políticamente.
La ideología reorganiza retrospectivamente la memoria. Y aquí aparece una de sus formas más sutiles de poder: no influye solo sobre el presente; también puede colonizar el pasado.
Conviene, entonces, defender pequeños espacios de despolitización. Y no es que la política sea prescindible —no lo es—; es que la vida no puede reducirse enteramente a ella.
Una persona es más que su voto. Un escritor es más que su posición política. Un amigo es más que sus opiniones. Y hasta un adversario debería conservar, detrás de la etiqueta que le hemos puesto, la posibilidad de seguir siendo una persona.
Esto no significa renunciar a las convicciones. Hay decisiones políticas que tienen consecuencias reales y frente a las cuales la indiferencia puede ser una forma de complicidad. No todo puede relativizarse en nombre de una supuesta neutralidad. Hay momentos en que es necesario tomar partido.
Pero tomar partido no debería obligarnos a convertir la totalidad de la existencia en partido. Porque entonces la política gana demasiado. Gana la conversación. Gana la amistad. Gana la memoria. Gana el cuerpo. Gana incluso el gesto elemental de tender una mano.
Y cuando llega hasta allí, hasta ese pequeño movimiento que alguna vez fue lo más humano, quizá sea necesario detenerse y preguntarse qué hemos permitido que haga la política con nosotros.
Hay una forma de resistencia que no es abandonar las convicciones; es impedir que ellas ocupen todo el espacio de la experiencia.
Leer a Cortázar sin preguntarse inmediatamente por quién votaría. Conversar con alguien sin averiguar primero de qué lado está. Recordar a un muerto sin convertirlo en bandera. Mirar a una persona antes de convertirla en símbolo. Y, alguna vez, poder estrechar una mano sin que el gesto tenga que ser interpretado como una declaración de principios.
Tal vez ahí quede todavía un pequeño territorio libre. Un lugar mínimo, casi invisible, donde la vida pueda ocurrir antes de convertirse en discurso. Porque la política es necesaria para organizar la vida común, pero se vuelve hostigante cuando pretende organizar también cada uno de sus intersticios.
Los intersticios humanos de la libertad.
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