
María Esperanza Rodríguez
Licenciada en filología e idiomas
•
Los días 7, 8 y 9 de septiembre de 2026 se cumplen 147 años de uno de los episodios más significativos de la historia de Bucaramanga: el enfrentamiento ocurrido en 1879 entre artesanos vinculados a la Sociedad Democrática, conocida por sus adversarios como la «Culebra Pico de Oro», y un poderoso grupo de comerciantes bumangueses y extranjeros, entre quienes sobresalían algunos integrantes de la pequeña pero influyente colonia alemana establecida en la ciudad.
Los disturbios dejaron 6 muertos y número indeterminado de heridos. Entre las víctimas estuvieron los alemanes Hermann Hederich y Christian Goelkel, además de varios colombianos. Los enfrentamientos alcanzaron la iglesia de San Laureano, durante la misa mayor, y se extendieron por la calle del Comercio y otros lugares de la ciudad.
Aquello fue mucho más que una trifulca.
Expresaba un conflicto económico, social y político que llevaba años creciendo y que enfrentaba dos maneras distintas de insertarse en la economía del siglo XIX. De un lado estaban los artesanos, uno de los pilares de la manufactura regional y de la fuerza de trabajo urbana; del otro, comerciantes locales y extranjeros vinculados a las importaciones, las exportaciones y los nuevos circuitos internacionales de mercancías y capital.
La Sociedad Democrática de Artesanos había sido creada en 1864. Buscaba defender la producción destinada al consumo popular en momentos en que las políticas de libre comercio aumentaban la competencia de las manufacturas europeas y fortalecían a las élites importadoras y exportadoras.
Sus integrantes militaban principalmente en el liberalismo independiente y cuestionaban las políticas económicas del liberalismo radical que gobernaba el Estado Soberano de Santander.
Detrás de la pelea callejera de 1879 había, entonces, una disputa mucho mayor: quién controlaría la economía regional y quién se beneficiaría de las transformaciones que estaba produciendo la incorporación de Santander al mercado internacional.
LA CULEBRA Y EL PICO DE ORO
El propio nombre de aquella organización revela el clima político de la época.
«Pico de Oro» remitía a una expresión que había alcanzado notoriedad desde finales del siglo XVIII con el grabado ¡Qué pico de oro!, de Francisco de Goya, una sátira contra la elocuencia vacía y persuasiva. En Santander, la expresión adquirió una resonancia política: servía para cuestionar una retórica sobre la libertad que, a juicio de los artesanos, podía encubrir los intereses económicos favorecidos por el libre comercio.
Sus adversarios los llamaron «la Culebra», buscando presentar la organización artesanal como una asociación peligrosa.
La historia terminó reuniendo ambas expresiones: la «Culebra Pico de Oro».
Bucaramanga tenía entonces alrededor de 15.000 habitantes. Entre ellos se encontraba una pequeña pero económicamente influyente comunidad alemana, integrada por varias decenas de inmigrantes dedicados principalmente al comercio, la exportación, la agricultura y la apertura de nuevas rutas comerciales. La figura más conocida fue Geo von Lengerke.
Llegó a Colombia hacia 1852. Sobre las razones de su salida de Alemania existen varias versiones, entre ellas la historia de un duelo que habría terminado con la muerte de su adversario. Con certeza sabemos que terminó convirtiéndose en uno de los empresarios más importantes del Santander del siglo XIX.
Comerciante, terrateniente y constructor de caminos, participó en el comercio de la quina y otros productos de exportación y buscó conectar las zonas productoras de Santander con el río Magdalena y, desde allí, con los mercados internacionales.
Lengerke murió en Zapatoca en 1882. Su figura terminó convertida en símbolo de una transformación económica mucho más amplia que él mismo.
EL VIEJO CIRCUITO ECONÓMICO
Durante siglos, Santander había desarrollado un circuito económico apoyado en la agricultura, la producción artesanal, las manufacturas y el comercio regional.
Muchas de sus rutas seguían antiguos caminos utilizados desde tiempos precolombinos. Una de ellas comunicaba Vélez y El Socorro con Santafé de Bogotá y con las vías que llevaban hacia el río Magdalena. Las mercancías podían continuar desde allí hacia Cartagena y Santa Marta.
Viajar y transportar una carga era entonces una verdadera expedición.
Las mercancías recorrían tramos del Magdalena en champanes impulsados por bogas y luego ascendían la cordillera a lomo de caballo. Un viaje podía prolongarse durante cuarenta días o más, atravesando ríos, selvas y montañas.
Otro circuito conducía hacia Cúcuta y desde allí a Maracaibo, combinando caminos terrestres y rutas fluviales.
En torno a esos caminos crecieron pueblos, mercados, talleres y redes comerciales.
El hoy municipio de Socorro ocupaba una posición privilegiada dentro de ese mundo. Era un importante centro artesanal, comercial y político. Su influencia venía desde la Colonia y había alcanzado una expresión histórica extraordinaria con la Revolución de los Comuneros de 1781. Pero durante la segunda mitad del siglo XIX ese mapa comenzó a cambiar.
EL MUNDO ENTRÓ POR EL MAGDALENA
La Revolución Industrial europea había transformado radicalmente la producción. Las máquinas permitían fabricar mercancías en cantidades enormes y a costos cada vez menores. Esos productos comenzaron a competir con las manufacturas locales.
Al mismo tiempo, la navegación a vapor por el río Magdalena redujo tiempos y costos de transporte. La conexión entre Barranquilla, el Magdalena, Puerto Wilches y Bucaramanga abrió nuevas posibilidades para importar mercancías y exportar productos regionales. El tabaco, el café, la quina, los sombreros, la cordelería y las pieles encontraron nuevos mercados.
Pero también cambió quién controlaba el negocio. Entre el productor y el mercado internacional apareció con creciente poder el comerciante, capaz de financiar operaciones, almacenar mercancías, importar productos, manejar crédito y establecer relaciones con casas comerciales extranjeras.
Bucaramanga estaba mejor situada para aprovechar ese nuevo circuito. El centro de gravedad económico comenzó entonces a desplazarse desde Socorro hacia Bucaramanga. La «Culebra Pico de Oro» apareció precisamente en medio de esa transformación.
Los artesanos percibían que el mundo económico sobre el cual habían construido su autonomía estaba cambiando rápidamente. Las mercancías europeas competían con sus productos mientras comerciantes locales y extranjeros acumulaban una influencia económica y política cada vez mayor.
Por eso los acontecimientos de septiembre de 1879 pueden leerse como algo más profundo que un estallido de violencia urbana: fueron también la expresión de una sociedad que estaba cambiando de época.
LA CRISIS DE 1879
Después de los enfrentamientos llegaron los saqueos de almacenes, negocios, boticas y bodegas. Comerciantes y familias acomodadas abandonaron temporalmente Bucaramanga y buscaron refugio en poblaciones y haciendas cercanas.
La crisis adquirió tal magnitud que Solón Wilches, presidente del Estado Soberano de Santander, tuvo que movilizar fuerzas desde Socorro para recuperar el control.
La represión posterior golpeó a dirigentes e integrantes del movimiento artesanal y contribuyó a debilitar una organización que había representado importantes sectores populares de Bucaramanga.
La muerte de ciudadanos alemanes convirtió además un conflicto local en un problema internacional. El Imperio alemán presentó reclamaciones al gobierno colombiano y exigió indemnizaciones y un acto de desagravio a su bandera.
Cuando llegó el momento de realizarlo, circuló un pasquín titulado «La patria ante todo», que invitaba a los habitantes a abstenerse de participar porque consideraba la ceremonia una humillación para los santandereanos.
La ciudadanía prácticamente no asistió. En el acto estuvieron fundamentalmente autoridades y militares.
Las salvas de cañón destinadas a reparar diplomáticamente la ofensa mostraban hasta dónde un enfrentamiento ocurrido en las calles de una pequeña ciudad santandereana había alcanzado dimensiones internacionales.
DE EL SOCORRO A BUCARAMANGA
Los acontecimientos de 1879 coincidieron con una transformación que venía ocurriendo desde tiempo atrás. El Socorro seguía siendo la capital del Estado Soberano de Santander y uno de los grandes centros políticos del liberalismo radical. Bucaramanga, mientras tanto, aumentaba su importancia comercial y financiera.
Siete años después, en 1886, el país cambió profundamente.
La Constitución impulsada por Rafael Núñez acabó con los estados soberanos, fortaleció el centralismo y reorganizó territorialmente la República. Ese mismo año Bucaramanga se consolidó como capital de Santander.
El cambio tuvo razones políticas y económicas. Socorro representaba una tradición federal y radical que perdía la batalla frente a la Regeneración, mientras Bucaramanga representaba un centro comercial en expansión y una ciudad cada vez mejor conectada con los nuevos circuitos económicos.
El desplazamiento de la capital expresó, de alguna manera, el desplazamiento del poder. El eje económico y político regional había cambiado.
LOS CAMINOS QUE QUEDARON PENDIENTES
Los comerciantes alemanes y sus socios locales entendieron algo fundamental: Santander necesitaba caminos para conectarse con el mundo. Lengerke dedicó buena parte de sus esfuerzos a esa tarea.
Algunos de aquellos caminos sirvieron durante décadas; otros quedaron incompletos o perdieron importancia cuando cambiaron las tecnologías y las rutas comerciales. El gran propósito de comunicar eficientemente las montañas santandereanas con los principales corredores nacionales continúa siendo, sin embargo, una tarea inconclusa.
Ciento cuarenta y siete años después de la «Culebra Pico de Oro», seguimos discutiendo y necesitando carreteras, ferrocarriles, puertos y conexiones. Seguimos intentando salir de nuestras montañas. Para las provincias del sur de Santander la historia tiene una resonancia todavía mayor.
Socorro perdió primero la centralidad económica y luego la condición de capital. Con el paso de las décadas, buena parte del sur santandereano quedó cada vez más distante del centro político y administrativo departamental.
Nuestra artesanía perdió el lugar que alguna vez ocupó en la economía regional. Muchos de nuestros municipios dejaron de ser nodos de grandes circuitos comerciales. Bucaramanga se convirtió en el centro político, administrativo y económico del departamento.
Desde nuestras provincias quedó una sensación histórica que todavía persiste: Bucaramanga está cada vez más lejos; el poder departamental aparece con particular intensidad en tiempos electorales, y las comunidades han aprendido a resolver muchos de sus asuntos apoyándose en sus propias capacidades. Pero la historia económica nunca permanece quieta.
¿ESTÁ CAMBIANDO OTRA VEZ EL CENTRO DE GRAVEDAD?
Por eso vale la pena mirar nuevamente el mapa.
Durante el siglo XIX, el eje económico se desplazó de Socorro hacia Bucaramanga. Ahora puede estar comenzando otra transformación.
Barrancabermeja ocupa una posición estratégica sobre el Magdalena. A su tradición petrolera se suman el desarrollo portuario, las posibilidades de transporte multimodal, los corredores logísticos y el potencial agroindustrial del Magdalena Medio.
La pregunta, entonces, es la siguiente: ¿Continuará Bucaramanga siendo el eje principal del circuito económico santandereano que comenzó a consolidarse durante la segunda mitad del siglo XIX o estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo círculo económico articulado alrededor de Barrancabermeja, el río Magdalena, los puertos, la logística y la agroindustria?
Si el centro de gravedad económico vuelve a desplazarse, como ocurrió hace siglo y medio, las provincias del sur de Santander tendremos que decidir cómo queremos entrar en ese nuevo mapa.
Porque quizá la pregunta que dejó abierta la Culebra Pico de Oro hace 147 años sigue siendo, en esencia, la misma:
¿Quién controla los nuevos circuitos económicos, quién se beneficia de ellos y qué lugar ocuparemos nosotros?


Deja una respuesta