
Gerardo González Uribe
Administrador de empresas, Especialista en finanzas y marketing de la Universidad de los Andes.
Estudios en Ontología con el Dr Humberto Maturana.
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EL MATÓN COMO HÉROE CULTURAL
Para comprender esta paradoja conviene mirar de cerca cómo se construyen nuestros referentes de autoridad. En nuestro país, la figura del «macho alfa» armado no es vista como un exceso, sino como un
símbolo de eficiencia. Nos hemos acostumbrado a pensar que la firmeza equivale al grito, la amenaza y el lenguaje vulgar o de mal carácter.
Pensemos en la escena de Abelardo De la Espriella exhibiéndose en Santa Marta con una pistola al cinto. La imagen busca emular al vaquero impasible e indomable interpretado por Clint Eastwood en el cine. No se trata simplemente de una pose personal o de un gesto excéntrico; es la puesta en escena de una pedagogía política donde el arma exhibida al viento reemplaza al argumento. El mensaje implícito es directo y provocador: «¡Plomo es lo que hay!», porque no tiene una concepción de estado.
Lo preocupante no es solo que existan figuras dispuestas a encarnar ese personaje de matón mediático, sino la ovación entusiasta que reciben de un electorado instruido que ve en ese tono desafiante una prueba de carácter. Se asume que el político ordinario, vulgar y agresivo es el único capaz de resguardar el orden establecido.
Como señalaba el filósofo Michel Onfray en La Política del Rebelde, la estructura del poder tradicional suele ejercerse desde la óptica del varón blanco, occidental, cristiano y acomodado, que se siente éticamente legitimado para usar o aplaudir la violencia social autorizada contra «los otros»: las minorías, los disidentes, los jóvenes o quienes piensen diferente.
A través de esta lente, la fe y la doctrina moral sufren un cortocircuito. La piedad dominical no impide la aprobación del matonismo; al contrario, lo justifica bajo la premisa de una cruzada del bien
contra el mal. Todos los que quedan fuera del cerco ideológico propio pasan a ser percibidos como amenazas despreciables. Se configura así una suerte de fascismo cotidiano donde la ley y las garantías democráticas estorban si no sirven para aplastar al rival y destripar “la izquierda”. Entendiendo por izquierda quien se oponga a ese matonismo violento.
LA TRAMPA DEL ODIO BELICOSO Y LA ORDINARIEZ POLÍTICA
Cuando la política abandona el terreno de las ideas y se traslada al escenario del espectáculo pasional, la democracia entra en una zona de fragilidad severa. Daniel Innerarity nos recuerda que las democracias no son inmortales ni tienen garantizada su continuidad; ya desde el siglo XIX pensadores como John Adams y James Madison advertían que los regímenes democráticos pueden y suelen destruirse desde dentro.
Hoy en día esa destrucción no requiere tanques ni golpes de Estado tradicionales. Bastan las redes sociales, los discursos de polarización y la ausencia de pensamiento crítico para crear un entorno enajenante. En este ambiente se selecciona y promueve a líderes que exhiben sin pudor su ignorancia, su banalidad y su vulgaridad. Figuras como Trump, Milei, Bukele y De la Espriella, encarnan esta misma tendencia global: la provocación ruidosa se convierte en la única propuesta de gobierno.
En el contexto populista, la provocación constante enciende los ánimos y transforma el debate público en una trinchera. Apelando al concepto de Cynthia Fleury sobre la «hipocresía del odio» en las sociedades populistas, se observa cómo se escupen insultos y amenazas bajo la condición de no pagar ningún precio personal. Sin
embargo, a diferencia de la ilusión de que este odio solo destruye en el entorno digital, la realidad es que el odio sembrado en las pantallas germina en la vida real. Se instala en el corazón de las «gentes de bien» con la misma profundidad destructiva que en cualquier otro sector, borrando las fronteras éticas y dejando como único lema tácito el «Mataos los unos a los otros».
Cuando se elige a un atarván para dirigir el destino colectivo, se entrega el poder a quien no cuestionará los intereses de los sectores dominantes que lo impulsaron. La ordinariez y el matonismo no son muestras de rebeldía ni de independencia; son maniobras de distracción para que nada cambie en el fondo mientras el ciudadano se entretiene con el circo de la descalificación.
EL DESPERTAR DEL PENSAMIENTO CRÍTICO: LA LECCIÓN DE SPINOZA
¿Cómo romper este círculo vicioso? ¿De qué manera podemos desarmar esta inclinación hacia el autoritarismo simpático y abrir un verdadero espacio de convivencia y democracia en Colombia?
La respuesta no está en responder con la misma moneda de violencia ni en apelar al desprecio moral. La verdadera alternativa surge del ejercicio firme y decidido del pensamiento crítico. Aquí vale la pena traer a la memoria la figura de Baruch Spinoza. Nacido en el seno de una comunidad judía tradicional en el siglo XVII, Spinoza se atrevió a cuestionar las dogmas e imposiciones de su tiempo.
Su independencia de criterio le valió la expulsión y la excomunión ,el cherem, por parte de los jerarcas de su comunidad, quienes calificaban sus reflexiones como «abominables herejías».
A pesar de ser perseguido por las autoridades religiosas de su época, Spinoza mantuvo una coherencia personal admirable, una vida virtuosa y un compromiso inquebrantable con la razón. Enseñó que para alcanzar la libertad de pensamiento es indispensable sacudirse del yugo de la superstición, los dogmas incuestionables y el miedo utilizado por el poder para manipular a los ciudadanos.
Siguiendo la invitación de Onfray, se trata de asumir un ejercicio combativo de resistencia ética. Resistir no significa armarse ni agredir; significa negarse a ser cómplices de la ordinariez. Significa atreverse a pensar por cuenta propia dentro de la propia mesa familiar, en el grupo de WhatsApp del trabajo o en la reunión de amigos del club.
Resistir es tener la valentía de interpelar con sutileza a quien exige «plomo» y violencia como solución mágica a los problemas sociales. Es cuestionar los dogmas políticos con la misma lucidez con la que un creyente sincero busca la verdad de su fe, sin dejarse instrumentalizar por mercaderes del odio que disfrazan de valores cristianos la deshumanización del vecino.
ABRIR ESPACIOS PARA UNA VERDADERA CONVIVENCIA
Construir una democracia madura en Colombia exige desmontar la fascinación por el atarván y reemplazar el culto a la fuerza bruta por la cultura del argumento.
No se puede pretender construir una nación pacífica si seguimos votando por caudillos cuya única virtud es gritar más fuerte, insultar con mayor rudeza o portar un arma en la cintura.
El verdadero cambio cultural comienza cuando comprendemos que la verdadera firmeza no habita en la altanería ni en la vulgaridad, sino en la coherencia, la compasión y el respeto irrestricto a las instituciones que protegen a todos por igual.
La próxima vez que estemos sentados a la mesa escuchando los aplausos hacia la última provocación de un candidato matón, recordemos que la democracia no se destruye solo con grandes tragedias; se desmorona en el silencio complaciente de quienes prefieren la falsa seguridad de un tirano ruidoso antes que el esfuerzo paciente de dialogar con el diferente.
Sembrar una semilla de duda, hacer una pregunta incómoda pero respetuosa y negarse a validar el odio es, quizás, el acto de valentía democrática más urgente que nos corresponde asumir hoy. En ese pequeño terreno de la resistencia cotidiana empieza a tejerse el país en el que de verdad sea posible vivir juntos.


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