
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
A menudo nos encontramos de frente con una idea de cultura que todavía nos acompaña y que, aunque no siempre lo digamos, nos lleva a considerar que unas expresiones son más valiosas que otras. Durante mucho tiempo, hablar de cultura, y más en los rancios círculos de la élite bogotana, parecía remitir necesariamente a Beethoven, Mozart o Bach, a los grandes maestros de la pintura o a las esculturas que admiramos en los museos.
Todo eso es cultura, por supuesto, y debemos conocerla y valorarla, pero no la agota. También somos cultura cuando contamos una historia, preparamos una receta heredada, interpretamos un aire musical, elaboramos una artesanía, celebramos una fiesta patronal o transmitimos a nuestros hijos las palabras con las que nuestros abuelos nombraban el mundo.
Este 17 de octubre, Día Internacional del Patrimonio Cultural Inmaterial, es una buena oportunidad para preguntarnos cuánto valoramos aquello que nos define. La fecha fue proclamada por la Unesco, apenas en 2023, y nos invita a reconocer ese patrimonio vivo que se expresa en tradiciones orales, conocimientos, celebraciones, prácticas artesanales, gastronomía y formas de relacionarnos con la naturaleza. No se trata de piezas congeladas en el tiempo, sino de expresiones que las comunidades mantienen, transforman y transmiten entre generaciones.
En Colombia, por fortuna y también desde el alto gobierno, hemos ampliado nuestra comprensión de la cultura. Las magistraturas de Juan Manuel Santos, Iván Duque y Gustavo Petro, con sus diferencias y prioridades, contribuyeron a mantener abiertas conversaciones sobre el reconocimiento de comunidades, saberes y expresiones que durante mucho tiempo estuvieron en los márgenes de las políticas culturales. Esa evolución importa porque aquello que una sociedad decide reconocer también influye en lo que protege, financia, investiga y transmite.
Ahora, con el gobierno de Abelardo de la Espriella y la ministra de Cultura, Paola Holguín, habrá que observar cómo se entiende y se protege ese patrimonio vivo. Las orientaciones de cada administración importan: el Estado tiene responsabilidades en la salvaguardia, la formación, la circulación de las expresiones culturales y el respaldo a quienes las mantienen vivas. Pero la cultura no puede depender exclusivamente del énfasis de un gobierno ni convertirse en una disputa para imponer una única visión de país.
La responsabilidad también es nuestra. ¿Cuántos niños conocen la historia de las músicas de su región? ¿Cuántos jóvenes pueden reconocer las técnicas de los artesanos de su municipio? ¿Cuántas familias conservan relatos de sus mayores, recetas, coplas, palabras y celebraciones que podrían desaparecer si nadie vuelve a pronunciarlas? ¿Cuántos oficios podrían extinguirse si sus ‘sabedores’ mueren y no hay generaciones interesadas en heredarlos? No basta con exhibir las tradiciones en una fecha especial: hay que practicarlas, documentarlas, enseñarlas y permitir que encuentren nuevas formas de expresión.
En Santander tenemos una riqueza que va mucho más allá de nuestros monumentos y paisajes. Está en los tiples, las coplas, la cocina tradicional, los oficios artesanales, las memorias campesinas y las historias que cada pueblo ha construido sobre sí mismo.
Y si cruzamos hacia el Caribe, encontramos otras expresiones que nos recuerdan la enorme diversidad cultural del país. En San Basilio de Palenque, Bolívar, sobreviven la lengua palenquera, los cantos tradicionales, el lumbalú y una memoria afrodescendiente que constituye un legado excepcional. En Sucre, las Pinturas Vivas de Galeras convierten las calles en escenarios donde las comunidades representan historias, leyendas y escenas de la vida cotidiana, una tradición reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2024. Y entre Bolívar, Sucre y Córdoba, el porro, las gaitas, los tambores, los fandangos y las bandas de viento siguen convocando a pueblos enteros alrededor de la música y el baile. Cada una de estas expresiones nos recuerda que la cultura no vive únicamente en los grandes escenarios: también habita en las voces, los cuerpos, los oficios y los encuentros de la gente.
Reconocer ese patrimonio también fortalece el sentido de pertenencia y abre oportunidades para la educación, el turismo cultural y las economías creativas, siempre que las comunidades sean protagonistas y reciban beneficios justos.
Una sociedad que desconoce su cultura corre el riesgo de confundir modernización con olvido. Podemos abrazar la innovación sin renunciar a nuestras raíces, porque la identidad no es una cárcel: es el lugar desde el cual dialogamos con el mundo.
Este sábado 17 de octubre, más que preguntarnos qué hace el Estado por nuestra cultura, preguntémonos qué hacemos nosotros para mantenerla viva. El patrimonio cultural inmaterial no es solamente lo que heredamos: es aquello que decidimos no dejar morir.


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