
Lucas Restrepo-Orrego
Investigador, docente y abogado
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¿Qué hace un jurista intempestivo? Insiste con los viejos temas que hierven bajo nuestras interminables capas de datos basura. En 2010, mi tema intempestivo fue el delito político, enterrado por la Corte Constitucional colombiana en 1997 en perfecta coherencia (como lo hacen hoy también algunos magistrados de la JEP) con la lógica antiterrorista que terminaría haciendo estragos años después.
La línea de fuga del agenciamiento antiterrorista podía ser fácilmente expresado en aquello que denominamos bajo el descriptor de “crisis”: humanitaria, política, social, institucional. Su balance terrible nos empujó al Acuerdo de Paz de 2016 y a la resurrección concomitante del delito político, esta vez fundado no ya en la “amnesia” sino en la memoria.
En 2020, mi tesis doctoral le dijo “basta ya” al victimismo como modo de control, en un momento en que, tanto en Francia como en Colombia, la figura jurídica de la víctima venía favorecida por todos los consensos. En efecto, la víctima, más que un fenómeno, es un sistema complejo de definición de una subjetividad ligada al poder que la reconoce. Llamar el dolor, reivindicarlo en cada escena, definirlo como motivo del poder, fue la condición de posibilidad de nuevas formas de dominación.
El fascismo entendió el problema: primero, desvictimizó a las víctimas de toda la vida negando la obligación. Y negó la obligación negando el crimen: no hay genocidio indio, no hay segregación que no sea justa, no hay racismo antilatino. Todos, delincuentes. Y en un segundo momento, recentró al sujeto de la enunciación, el hombre blanco, occidental, bajo la figura de “víctimas” de los derechos de los otros. De allí, “el gran remplazo” francés, o el MAGA estadounidense. En resumen, la izquierda no vio el problema mientras que el fascismo se apoderó del mensaje para justificar sus odios viscerales. Hoy, la víctima, como figura jurídica, se juega su existencia entre la reconducción estatal de la demanda, la trampa de su absolutización y el rechazo de su experiencia de resistencia.
Y cuál puede ser en este momento aciago, la decisión intempestiva ineluctable sino la de brindar, felices, por un cadáver: ¡salud y larga vida al derecho internacional público! Ese muerto merece ser bien enterrado. Mas no para declarar la muerte del derecho, sino para insistir en que la muerte del ius publicum europeum, anunciada ya hace dos décadas en Irak, exige de un nuevo orden, de un nuevo multilateralismo, con nuevos sujetos y, al tiempo, con las instituciones correctas para bloquear las hegemonías tecno-supremacistas.
Entre otros, con Antony Anghie, se requiere de un nuevo derecho internacional que sepa romper su herencia colonial e imperialista. Con Samantha Besson, se requiere de un derecho internacional que entienda el principio de soberanía más allá de la sola institución estatal. No carguemos más cadáveres de tiempos muertos, reinventemos un derecho internacionalista y solidario.


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