
César Torres Cárdenas
Investigador, consultor, Quintuber y director de El Quinto
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Hace un par de semanas sostuve una conversación en Facebook con un politólogo. Él, como la gran mayoría de quienes analizan la política electoral, insiste en la idea de que los votos se distribuyen entre tres sectores claramente definidos: izquierda, centro y derecha. Según ese enfoque, cada uno de estos sectores se organiza alrededor de determinados caudillos, y el resultado final de la contienda depende fundamentalmente de las alianzas o divisiones entre los dirigentes que los encabezan.
Yo le planteé que las elecciones podían analizarse desde otra perspectiva.
Mi punto de partida es sencillo: la competencia por las curules del Congreso y por la Presidencia de la República es, al menos en parte, un reflejo de la disputa por el dominio de los espacios sociales en los que se construyen las ideas y de la lucha entre ellas por convertirse en dominantes. Es decir, en medio del debate electoral se desarrolla una confrontación cultural, simbólica y discursiva en la que puede decidirse qué es deseable, legítimo y posible para el país.
Ninguna candidatura podrá obtener los votos necesarios si no logra convencer al electorado de que sus ideas son mejores que las de sus adversarios. Esas ideas pueden ser profundamente cuestionables, como la creencia de que el voto puede comprarse con dinero, con la promesa de un puesto o un contrato, con tejas y cemento previamente entregados en el barrio o con la inmediatez de un tamal con gaseosa a la salida del puesto de votación. Pero también pueden ser ideas altruistas y difíciles de materializar de forma inmediata: por ejemplo, la convicción de que la sociedad necesita transformarse, que todas las personas tienen idénticos derechos, aunque cada una conserve su singularidad, o que es posible construir un país en el que todos dispongan de oportunidades reales de progreso.
De modo que la competencia electoral es también una competencia entre ideas, representaciones sociales y formas de habitar el mundo. Ninguna candidatura representa solamente a un líder o a una pareja de aspirantes. Representa, sin duda, a esas figuras, pero ellas y ellos encarnan un conjunto de ideas que entran en conflicto con las de sus adversarios.
En las elecciones actuales puede observarse que, tanto en el plano electoral como en el de las ideas, se enfrentan dos grandes visiones de país. Y eso no tiene nada de malo ni peligroso; tampoco es la tan temida polarización.
De un lado se encuentran personas de apellidos ampliamente conocidos en la vida política y social de este país, que representan a los grandes grupos económicos y a los nuevos ricos cuya fortuna ha sido lograda ilícita y violentamente. Del otro lado aparecen diversas fuerzas sociales y políticas que, aun sin haber hecho parte del gobierno actual, han promovido o respaldado las transformaciones impulsadas por este.
Ninguna candidatura, ningún grupo de ideas o de intereses tiene hoy la fuerza suficiente para gobernar en solitario. Esto puede generar incertidumbre y miedo. También puede abrir la puerta a estrategias políticas inéditas para ganar tanto las elecciones como la disputa entre ideas. O puede ser una oportunidad para aprender a convivir en el desacuerdo permanente.
En este escenario, la comunicación y el periodismo desempeñan un papel determinante.
Los medios y periodistas que hacen parte de los conglomerados económicos actúan como brazo intelectual de las élites tradicionales y de sus aliados del nuevoriquismo. Difunden noticias, las interpretan, opinan sobre ellas y construyen un sentido común favorable a sus intereses particulares, presentándolo como si fuera un avance del bienestar colectivo.
De esta manera, incluso la reforma social más moderada puede ser difundida como una amenaza a la estabilidad económica o a la confianza de los inversionistas. El resultado es que muchos ciudadanos terminan defendiendo, por miedo o desinformación, los intereses de quienes históricamente han contribuido a su exclusión.
Frente a ello, los movimientos sociales se han ido convirtiendo, poco a poco, en actores capaces de construir una cierta autonomía intelectual. De allí han surgido nuevas voces, plataformas digitales e influenciadores que han abierto grietas en el monopolio informativo y en la hegemonía del análisis político.
Diversos estudios académicos señalan que los creadores de contenido digital funcionan hoy como actores políticos de facto. Su capacidad para combinar cercanía, narrativas emocionales y comunicación directa con sus audiencias les permite moldear opiniones, comportamientos y valores culturales. En la práctica, participan activamente en la disputa simbólica y electoral que hoy vivimos.
En ese contexto, el espacio político y cultural para algo que se denomine “centro” resulta bastante limitado.
Quienes intentan construirlo suelen hacerlo sembrando miedo frente a los extremos, pero no han logrado explicar con claridad en qué consisten dichos extremos ni qué es exactamente lo que propone cada uno.
La dirigencia más clásica y reconocida de ese sector ha hecho de la lucha contra la corrupción su principal bandera. Pero varias de esas figuras han sido acusadas de haber cometido precisamente ese tipo de delitos. Algunas de sus dirigentes más visibles se han opuesto a todas las reformas propuestas por el gobierno de Petro y, cuando estas se aprueban, afirman que su aprobación fue posible gracias a ellas.
Hoy mismo, mientras usted lee este artículo, alguien que defiende la ampliación de derechos para la comunidad LGTBIQ+ intenta representar también a quienes se han opuesto —incluso mediante la violencia— a que esa comunidad exista y sea reconocida legalmente. Y, aun así, se declara de centro.
Con centro o sin él, el resultado de esta contienda no dependerá únicamente de los liderazgos individuales ni de los cálculos acerca de quién debe aliarse con quién para ganar, ni de qué puestos y contratos deben ofrecerse para lograrlo.
Dependerá, sobre todo, de qué ideas logren convencer a la ciudadanía de que representan el camino más plausible para enfrentar los desafíos de un país profundamente desigual, diverso y en permanente transformación.
La ciudadanía votante tiene derecho a exigir debates de ideas y propuestas entre las personas que hoy son candidatas a la Presidencia, y a que no nos traten como si estuviéramos indecisos acerca del color de los zapatos que queremos comprar.
Yo no votaré por un zapato.


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