
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
Colombia entra al 2026 con los ánimos crispados y la piel delgada. Cada ciclo electoral parece tensar un poco más las relaciones cotidianas: familias que prefieren no hablar de política en la mesa, grupos de amigos que se fragmentan en silencios incómodos y oficinas donde opinar se vuelve un acto de riesgo. En medio de este clima, vale la pena recordar algo elemental, pero urgente: una democracia no se sostiene solo con votos, sino con conversaciones. Y esas conversaciones no pueden convertirse en trincheras desde donde nos disparamos argumentos sin escuchar al otro.
Dialogar no significa ceder ni renunciar a las convicciones propias. Significa, más bien, reconocer que el otro tiene derecho a pensar distinto y que su opinión —así nos incomode— está anclada en una experiencia de vida que merece respeto. Hemos confundido el disenso con el ataque personal y la diferencia, con la traición. Y así, cada debate termina siendo una rencilla, no una oportunidad para comprender mejor el país complejo y diverso que somos.
Escuchar es un acto político de enorme valor, aunque poco practicado. Escuchar no es esperar el turno para refutar, ni preparar mentalmente la réplica mientras el otro habla. Escuchar es intentar entender porqué alguien ve la realidad de otra manera. Solo desde ahí se construyen argumentos más sólidos y, sobre todo, sociedades más maduras. No se trata de llegar a acuerdos forzados, sino de elevar la conversación por encima del grito y la descalificación.
El reto para 2026 no es menor. Habrá discursos incendiarios, estrategias de polarización y una narrativa permanente de “ellos contra nosotros”. Frente a eso, la resistencia más efectiva puede ser, paradójicamente, la más sencilla: hablar con respeto. Preguntar antes de juzgar. Reconocer que nadie tiene el monopolio de la verdad y que el país no se juega solo en las redes sociales, sino en las conversaciones íntimas que moldean nuestra manera de ver al otro.
Si queremos un mejor futuro colectivo, debemos empezar por cuidar el presente de nuestras relaciones. Disentir sin destruirnos es una forma de patriotismo silencioso, pero poderoso. En 2026, más que nunca, Colombia necesita ciudadanos capaces de debatir con firmeza y, al mismo tiempo, con humanidad. Porque al final, ningún proyecto de país vale la pena si en el camino nos quedamos sin la capacidad de escucharnos.
Aprovecho para agradecer este espacio en El Quinto que con tanta generosidad, capacidad de escucha y respeto a las ideas (no siempre afines a la opinión de muchos de los lectores y de otros columnistas) me ha brindado nuestro director César Torres, que con estoica paciencia ha soportado mis eventuales impuntualidades, uno que otro gazapo, y seguramente se habrá tragado uno que otro sapo leyendo opiniones con las que no comulgue ciento por ciento de las veces, pero que entiende que hacen parte del arcoíris de las reflexiones. Su respeto es un tesoro para el periodismo y, por ende, para la democracia.
A los lectores deseo un muy feliz año, pródigo en éxitos, bienestar y trabajo.


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