
César Torres Cárdenas
Investigador, consultor y profesor
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Es verdad que uno quisiera hablar de cualquier cosa que no sea política. Pero estamos en año electoral.
Cada conversación, aunque uno intente evitarlo, termina girando en torno al alza del salario mínimo, la presencia de la flota militar estadounidense cerca de las costas nuestras y las de Venezuela, las varias vueltas que tendrán las campañas presidenciales, el perfil y la conveniencia de las candidaturas a Senado y Cámara, los problemas que perjudican a la ciudadanía y que, sin embargo, nadie quiere enfrentar.
Este tipo de charlas fueron prácticamente suspendidas durante el Frente Nacional (1958-1974). En esa época, ya se sabía qué partido iba a poner presidente en el siguiente periodo, pues se turnaban cada 4 años; los dos partidos tradicionales, liberal y conservador, eran dominantes en el Congreso de la República y acceder a un puesto público dependía de que el o la aspirante tuviera respaldo de alguno de estos partidos. Claro que, de todos modos, hubo gente sin partido o de partidos muy minoritarios que llegaron a ocupar cargos en el Estado.
Así, el Frente Nacional acabó con la política, entendida como competencia y debate entre personas que presentan programas acerca de cómo se debe gobernar. Todo se volvió la mera politiquería: trueque de votos a cambio de puestos, contratos, coimas y poca discusión programática. Siendo que así se gobernaba ¿Para qué se hablaba de política?
Hubo personas que querían gobernar, pero no con esos métodos. Creyeron que no quedaba otro camino sino alzarse en armas. A mediados de los años 60s del siglo pasado, se crearon las guerrillas en Colombia y empezó el conflicto armado. Se dijo, entonces, que la culpa de esa confrontación militar la tenía el Frente Nacional.
Terminado ese periodo, se esperaba que todo empezara a cambiar, que hubiera discusión sobre modelos de gobiernos, programas, proyectos de desarrollo, planes, que cesara la violencia. Pero no fue así. Continuamos sin hablar de política y buena parte de las personas que buscaban ser gobierno se dedicaron a la politiquería. Entonces la corrupción se convirtió, no en un mal que afecta al Estado, sino en la forma de acceder al poder y mantenerse en él. Se dijo que todo eso se debía a la vieja Constitución Nacional.
En 1991, se dictó la nueva Constitución Política. Y las cosas cambiaron demasiado poco. Seguíamos guardando silencio, dejando que quienes se dedican a la politiquería siguieran gobernando. Crecieron las guerrillas. Ni eran capaces de ganar ni el Estado podía derrotarlas.
Nos llegó la larga y oscura noche del paramilitarismo que, en su momento, controló el 35 % del Congreso, manejó la Fiscalía General de la Nación y tenía relaciones en todas las ramas del poder. Masacres, desplazamientos, persecución y muerte a quienes se les opusieran. ¿Quién querría hablar de política, si no fuera para apoyar ese proyecto político-militar?
Pues hubo gente, poca o mucha, que seguía diciendo, insistía en conversar, en buscar las charlas. A veces con la clara intención de ser gobierno, a veces solo para denunciar u oponerse. Se sentía la rabia en el ambiente.
Se acumuló la ira de quienes estaban obligados a callarse y estalló el país: casi dos meses de manifestaciones y disturbios. Pocos políticos apoyaron a la gente que salió verraca, no a votar, sino a gritar sus verdades y a defenderlas incluso con violencia. Gustavo Petro estuvo a favor de quienes protestaron y, no únicamente por eso, resultó elegido presidente.
Durante más de 3 años, él y su equipo de trabajo han promovido la conversadera sobre los asuntos públicos. Transmiten, en vivo y en directo, los Consejos de Ministros. Usa las redes sociales, pone temas, toma decisiones controversiales, se enfrenta a periodistas que lo desprecian y creen que es un advenedizo. Hasta su vida sexual es tema de conversaciones.
Tiene pocos opositores y muchos adversarios políticos. Y eso se debe, entre otras cosas, a que quienes pretenden enfrentarlo, tienen más experiencia en el intercambio lucrativo de favores que en el debate de ideas y planteamientos.
Las y los ha obligado a que muestren de qué están hechos. Lo que han mostrado da vergüenza ajena: gente dedicada al chisme, a construir frases ofensivas sin sustento, a mentir con descaro, a promover una guerra a muerte de todos contra todos y sin límite de tiempo para poder apropiarse de las rentas del Estado.
Como si lo anterior fuera poca cosa, terminaron pidiendo intervención del gobierno de los Estados Unidos en nuestro país. Y vienen con el cuento de que son defensores de la patria.
Por supuesto que el gobierno actual ha cometido cientos de errores y también es cierto que gente cercana al presidente ha delinquido, se ha robado plata del erario. Pero si quienes quieren derrotar al candidato que respalda Petro lo que nos ofrecen es que intentarán callarnos otra vez y que van a profundizar esa guerra eterna que la mayoría hemos padecido para que la minoría se enriquezca, si eso es así, van a sufrir una derrota enorme.
Con aciertos y errores, este gobierno ha logrado una cosa muy importante: que la gente aprenda y hable de política. Ya no nos engañan con tantísima facilidad. Personas como Cathy, Ciro, Lidio, Katherine, deben saber que la gente ya las vio, habla de ustedes y ya sabe que ustedes no tienen ningún proyecto de país.
Ustedes, aunque tengan títulos universitarios, no son más que defensores y defensoras de la plata.
En El Quinto llevamos casi dos años diciendo que este país necesita una oposición seria, que sea capaz de construir sobre lo construido, que se dedique a confrontar los proyectos de gobierno, a decirnos que harán para mejorar la vida de la gente.
Señoras y señores de la oposición: ¿Ustedes, de verdad, creen que las y los votantes vamos a respaldar a quienes han bloqueado las propuestas del gobierno que nos benefician?
¿Nos creen pendejos o quieren embobarnos?


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