
Luis Sánchez Puche
Sociólogo, Master en Dirección Estratégica y Mediación de Conflictos y conciliador en equidad.
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Poco más o menos a las tres de la madrugada de algún octubre de los años ochenta, el cielo abrió sus compuertas sobre el Nudo del Paramillo para que “San Pedro orinara a su antojo”, inundando con sus orines pluviales toda la tierra de rebalse.
Hacia las nueve de la mañana, el torrencial aguacero se transformó en lluvia fina. No era el diluvio universal, pero sí el inicio de la temporada invernal y el fin del verano. Eso los campesinos lo sabían al dedillo, sin necesidad de aparatos meteorológicos: bastaba su conocimiento ancestral del clima, en armonía con una naturaleza que entonces nadie alteraba. Una mirada al cielo y otra al entorno para escrutar los signos bastaban para sentenciar: “Parece que va a llover”.
El canto de la chamaría junto al cucarachero; la mueca del burro; el cacareo insistente de la gallina; el vuelo nocturno de las bandadas de pisingos y barraquetes; la escasez de pescado en el río Sinú y sus afluentes; la tierra floja por la humedad subterránea; incluso el dolor de rodilla: todos eran instrumentos pluviales artesanales —empíricos— que permitían calcular con precisión casi matemática la llegada del invierno y prepararse para la inundación. Esta se vivía como un proceso natural del ecosistema conocido como el Nudo del Paramillo, donde nacen ríos como el Sinú, el San Jorge, el Esmeralda, el Manso y el Tigre, además de innumerables quebradas como la Torobal.
A eso de las nueve, gallinas y gallos descendían con cautela de su pedestal nocturno, entre el miedo y el apetito, para disfrutar la cosecha de lombrices y otros insectos que afloraban después de la lluvia. Una vez más habían vencido su reloj biológico sin siquiera saberlo. Fauna y flora, sistema biótico y abiótico, convivían en una armonía ancestral.
Pasada la lluvia, llegada la inundación, campesinos e indígenas de las etnias Emberá Katío y Zenú iniciaban su quehacer cotidiano con la misma naturalidad del verano. Sabían del crecimiento del monstruo que, poco a poco, se gestaba en las entrañas del Paramillo: la represa de Urrá I, cuya construcción fue facilitada por los paramilitares de Castaño y Mancuso.
Durante siglos, manglares, humedales y complejos cenagosos unificaron de manera natural sus microecosistemas para regular con sabiduría las inundaciones y mantener el equilibrio. Con el apoyo y respeto de campesinos colonos y pueblos indígenas originarios —mucho antes de que la acción antrópica arrasara con esta belleza—, esos territorios, conocidos científicamente como sitios Ramsar, cumplían una función vital para la humanidad.
Allí reposaban las aguas de rebalse en temporada de lluvias, desalinizaban manglares cercanos al mar, como en San Bernardo del Viento, y preparaban la tierra inundable para las cosechas del verano, como ocurría en toda la cuenca del Sinú hace apenas cincuenta años, antes de que los ganaderos secaran los humedales para criar ganado o sembrar sorgo, algodón, maíz o millo; antes de que levantaran terraplenes o desviaran los brazos del río para que el agua no pasara.
En la finca El Campano, cerca de Frasquillo, una cuadrilla de indígenas Zenú trabajaba la tierra para el terrateniente de turno, en una época en que las fincas aportaban más del setenta por ciento de la economía regional. Lo demás lo daban el patio familiar y la naturaleza misma, sobre todo los ríos del Paramillo con sus propios ecosistemas: el gran río Sinú y su hermano el San Jorge, que juntos hacen del valle del Sinú y San Jorge uno de los más fértiles de Colombia y del planeta.
Recuerdo una mañana en que algunos de esos indígenas se bañaban en el río. Yo, con doce años, me acerqué curioso para ver qué hacían. El espectáculo fue fascinante. Uno de ellos empezó a hacer burbujas con el jabón azul con el que también lavaba su ropa. En fracciones de segundo, varios peces comenzaron a nadar a su alrededor, intentando devorar la espuma. En cuestión de segundos, el machete que blandía en su mano derecha bajó y subió varias veces. Mi asombro fue mayúsculo al verlo sacar del agua tres bocachicos, pescados con carnada de jabón y una rula.
Otra madrugada, el 14 de junio de 1968, alumbrado por una vela y un mechón, recorría las diminutas letras de las seiscientas páginas de Los Miserables, de Víctor Hugo. Disfrutaba del silencio del Alto Sinú mientras el Mono Anaya me decía: “Vení, acostate”. Entre París y la selva ecuatorial sinuana, mi mente infantil volaba por los vericuetos de aquella belleza. La abundancia de especies garantizaba la vida del ecosistema: gente y árboles, animales e insectos, minerales y tierra, ríos y peces vivían aún dentro de la cadena alimenticia. El canto del corcovado o de la pava congona se confundía con el rugido del tigre o el salto de algún bagre anunciando la subienda.
Hoy, sesenta años después, los peces se fueron del Sinú por obra y gracia de la represa de Urrá. Ya no existen tierras inundables, y el río, buscando su cauce natural, está cobrando con creces lo que el ser humano y la hidroeléctrica le arrebataron.
Como siempre, los más pobres, los más vulnerables, llevan la peor parte.


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