
Manuel Humberto Restrepo Domínguez
Profesor Titular de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Ph.D en DDHH; Ps.D., en DDHH y Economía; Miembro de la Mesa de gobernabilidad y paz, SUE.
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Augusto Pinochet Ugarte justificó su dictadura diciendo que era un acto de liberación frente al caos y la amenaza marxista, un supuesto rescate del país para evitar excesos ideológicos. Hoy, José Antonio Kast Rist, figura de la derecha chilena contemporánea, insiste en una idea similar: que restablecerá el orden y la seguridad en el país, aunque sea con menos derechos, muros, expulsiones y una alineación con la ultraderecha, reivindicando aspectos del legado de Pinochet como base de su proyecto político. La dictadura, al parecer, sí penetró hasta las raíces de la sociedad: la contaminó.
El cine ha sido una de las herramientas más potentes para mantener viva la memoria de lo ocurrido durante esos 17 años de un orden criminal que actuó en tres planos inseparables: físico (desapariciones, torturas y asesinatos sistemáticos); jurídico-político (destrucción del Estado de derecho y gobierno mediante el terror legalizado); e histórico (diseño de una salida que protegió a muchos de los responsables), lo que hoy algunos interpretan como una herencia aún presente bajo nuevos rostros.
Entre otras, hay siete películas que recuerdan de manera contundente a Chile y al mundo que la dictadura fue un crimen de Estado, como ha sido calificado por diversos informes y organismos de derechos humanos. La trilogía formada por Nostalgia de la luz, El botón de nácar y La cordillera de los sueños, de Patricio Guzmán, mediante metáforas anuncia y denuncia la desaparición forzada, el exilio, los vuelos de la muerte, la persecución y la crueldad, así como el profundo significado de la dictadura de Augusto Pinochet Ugarte. Este no se limitó a cometer excesos aislados: ejerció el poder de manera sistemáticamente represiva. El régimen se inició con un golpe de Estado en 1973, con apoyo de sectores del gobierno de Estados Unidos, además de actores económicos y políticos locales, contra el gobierno socialista de Salvador Allende Gossens. La dictadura, que hoy es reivindicada en algunos de sus aspectos por sectores políticos, fue más que un simple gobierno autoritario: constituyó un régimen represivo de carácter estatal, como también sugiere la película 1976, dirigida por Manuela Martelli. De esta memoria queda claro que el régimen se sostuvo mediante violencia sistemática, supresión de derechos humanos y el uso del terror como método de control.
Para cerrar este recorrido, Machuca de Andrés Wood, Pacto de fuga de David Albala y No de Pablo Larraín permiten comprender el autoritarismo desde distintas escalas humanas y cómo se traduce en crímenes masivos, disciplinamiento social y destrucción del tejido democrático en el Cono Sur. Machuca presenta a un niño de un barrio popular en un colegio de clase acomodada, que evidencia la segregación social y cómo la dictadura irrumpe en la vida cotidiana, destruyendo vínculos sociales. La violencia quiebra la sociedad y provoca la ruptura del proyecto de integración social impulsado por Salvador Allende Gossens, con avances en libertad, igualdad y derechos, que fue interrumpido por la represión militar. Esta, mediante el terror, paralizó a la sociedad y utilizó la fuerza y la persecución contra civiles, estudiantes, intelectuales, artistas, obreros y opositores políticos, lo que en conjunto constituye crímenes de lesa humanidad según el derecho internacional.
Pacto de fuga se adentra en la dimensión del sistema de prisión política y en las condiciones inhumanas de detención, vigilancia y tortura, que incluyeron descargas eléctricas, simulacros de fusilamiento, violencia sexual y tratos crueles. La maquinaria represiva también implicó el control del sistema judicial y la realización de procesos sin garantías, ejecutados por organismos como la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) y la CNI (Central Nacional de Informaciones), lo que confirma el carácter estructural de la represión. La esperanza aparece en la organización y el coraje de la resistencia, que a inicios de 1990, tras el fin formal de la dictadura, permitió la fuga de 49 presos del Frente Patriótico Manuel Rodríguez desde la Cárcel Pública de Santiago.
No es la película que aborda la transición política, ampliamente caracterizada como pactada, y permite entender la administración de la impunidad como una dimensión clave del proceso. Ambientada en el plebiscito de 1988, muestra que el fin formal de la dictadura fue resultado de negociaciones bajo condiciones impuestas en parte por el propio régimen. Aunque la opción “No” ganó con cerca del 55 % de los votos, persistieron enclaves de poder como la Constitución de 1980, los senadores designados, la continuidad de Augusto Pinochet Ugarte como comandante en jefe del Ejército y luego como senador vitalicio, además de mecanismos de amnistía y un modelo económico consolidado. La película evidencia los límites estructurales del proceso y cómo el lenguaje publicitario contribuyó a desplazar —sin resolver completamente— las demandas de verdad y justicia, condicionando la democracia naciente.
El miedo fue un instrumento central de control durante la dictadura, y hoy reaparece en discursos de seguridad promovidos por sectores de la ultraderecha. En ese contexto, José Antonio Kast Rist, hijo de Michael Kast Schindele —quien fue militante del Partido Nazi en su juventud—, y hermano de Miguel Kast Rist, economista formado en la Universidad de Chicago y figura relevante en la implementación del modelo económico durante la dictadura, representa una corriente política que dialoga con ese legado. Las bases de este modelo y de ese poder fueron instaladas durante el régimen militar.


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