
Puno Ardila Amaya
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El director de El Quinto dijo hace poco que los que terminan pagando el pato en una confrontación entre Estados Unidos, Colombia y Venezuela —por un lado— y el ELN —por el otro— no serán precisamente los miembros del ELN, sino los ciudadanos, la población civil, como siempre. Y entonces vinieron a mi mente dos recuerdos de infancia.
Cuando estábamos chiquitos, una de las poquísimas diversiones era ir al teatro: cine mexicano, desde su época de oro en blanco y negro hasta su evolución al color y su involución y deterioro total de la calidad; y también un aguacero de películas chinas, cuyos vuelos fantásticos y acrobacias sobrehumanas, más que asombrarnos, nos causaban risa (que éramos niños, no estúpidos). Y entre todos esos rituales orientales había uno que nos llamaba la atención, y que simulábamos en nuestros juegos “posteatro”: los espadachines, por sacrificio a sus superiores o a sus creencias, antes o después del combate, se volaban un dedo. Ni idea por qué. Y hoy los medios dan cuenta de esa costumbre en la mafia japonesa, cuando alguno de sus integrantes fracasa en su misión.
El otro recuerdo es el del trompo, tan echado al olvido porque la tecnología desplazó cualquier juego ancestral. Cuando jugábamos una “calle”, se hacía un recorrido entre dos puntos determinados por los jugadores como inicio y como meta, y perdía el que, al cruzar la meta, llevara su trompo “puesto” para que los demás lo fueran arreando a golpes con sus trompos bailando. El castigo para el perdedor era que su trompo puesto recibía los “amarrados”, que los vencedores propinaban con el herrón de sus trompos. Para no perder su trompo de combate, los jugadores tenían uno para bailarlo y otro para ponerlo (cuya condición era que también pudiera bailar), así que este trompo, el de poner, era el viejo, el de mala calidad, el astillado, el tatareto… el de desecho. La idea en cada jugador era que ninguno de los trompos participantes fuera a sufrir, y que el castigo lo recibiera el escogido para ser puesto.
¿A qué viene toda esta historia? No se trata precisamente de revivir nostalgias de la niñez; lo que ocurre es que nosotros vivimos una situación parecida, y —como lo planteó el director— el paganini, el dedo meñique, el trompo de poner siempre ha sido el pueblo, la población civil. Para cualquiera de los cuatro jugadores (Estados Unidos, Venezuela, Colombia y el ELN) que pierda será fácil volarse el dedo meñique representado en la población civil; y cualquiera de estos cuatro jugadores tiene el mismo trompo de poner que ha tenido durante décadas: la población inerme, la población indefensa, que siempre termina pagando las cuentas y los platos rotos de esta guerra absurda, propiciada por los malos manejos de estos jugadores.
Siempre que hay un enfrentamiento, una escaramuza o una amenaza, el desquite es con el campesino, con el obrero, al que atacan sin que medie una razón, sin que medie un juicio, sin que haya posibilidad alguna de defensa. Como dice “El campesino embejucao” —canción de Óscar Humberto Gómez—, al pueblo lo ponen de blanco, y lo acusan de apoyar a cualquier otro bando, llámese EPL, ELN, AUC o “Lajar”, y lo vuelan como al meñique, y le dan herronazos por ser el trompo de poner. Y todos los jugadores contentos.
Pero no solo en las montañas; en los espacios urbanos también. Frente a una nueva ley o una norma que afecte a los moteros o a los camioneros, la forma de protestar y “atacar” al Gobierno es cerrar las vías e impedir que el obrero, el empleado, el rebuscador y el estudiante lleguen a su destino. El ataque no es para el que dicta la norma, sino para la población civil, para la ciudadanía; y lo peor —dicho sea de paso— es que esos protestantes son también los que votan por los mismos legisladores y por los mismos gobernantes.


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