A propósito de Cuba y otros Caribes.

Octavio Gómez
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A propósito del oso que está haciendo María del Mar Pizarra, hija del malogrado comandante del M-19, Carlos Pizarro León-Gómez, que demandó la lista del Pacto Histórico en Bogotá, recordé la historia de los «delfines».
La recordé porque a María del Mar y a su hermanita media, Majo; a los hermanitos (inútiles) Galán y otros de la misma laya, la prensa los llama «delfines».
Lo que quieren decir mis colegas despalomados es que son hijos de personas que alguna vez fueron importantes en la política nacional o regional.
Ya lo dije, en el caso de las Pizarras (vean que puedo ser incluyente), que son hijas en distintos lechos del guerrillero asesinado.
Los Galanes, que no son galanes ni pispos, son los hijos del también malogrado Luis Carlos Galán Sarmiento. Este llegó a ministro de Educación (sin haberse graduado de la universidad) y de candidato presidencial no pasó.
O como los hijos del condenado Luis Alfredo Ramos, el ex gobernador de Antioquia, el que alguna vez soñó con las credenciales del uribismo pero sus malas relaciones se le tiraron en la batica de cuadros (recuerden que el único con derecho a tener malas relaciones en el uribismo es Uribe, a los demás los condenan).
Pues, Ramos tiene dos hijitos que, bendito sea el Señor, no se cogen el culo con las manos. Alfredo y Esteban.
Otro antioqueño es un mozo atolondrado y de pocos sesos que se cree príncipe de Rionegro y cuyo único logro es ser hijo del dueño de la mayor clientela política del oriente, el hijo Esteban y el papá Rubén, ambos Quinteros.
Aquí en Antioquia los llaman «delfines».
No, ni las aviesas Pizarras, ni los feos Galanes ni los tontos de capirote Ramos ni el apocado Quintero son delfines.
En Francia, en el siglo XIV -plena Edad Media-, el rey Felipe VI le compró sus «dominios» al conde Humberto II de Viennois (se lee, más o menos «vienoá», para una amiga que no sabe ni jota de francés). La única condición que le puso el conde al rey Pipe fue que el heredero al trono de Francia llevara el título de la región: Dauphiné, el Delfinado.
El rey aceptó y desde entonces y hasta que acabamos con la alcahuetería de los reyes en Francia, el heredero del trono recibió el título de «delfín».
Como en Colombia mantenemos una nostalgia toda boba de reyes y príncipes y duques (¡Duque!, belleza de alhaja que también era «delfín» de otro lamentable) y demás, pues le ponen el título de «delfín» a cualquier zopenco que hereda el apellido y el vicio de la política de su taita.
Aquí no hay delfines: hay gente que (mal) hereda la profesión del papá, el amor por el erario. El escudo que ven abajo fue el que le mandaron a hacer a los «delfines» de Francia.



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