
Juanita Uribe
Estudió psicología, es escritora y columnista. Ha publicado textos literarios y de opinión en medios digitales e impresos, y ha sido premiada en concursos de escritura creativa. Su trabajo combina divulgación científica e histórica con crítica social y política.
•
No soy uribista.
No soy petrista.
No le como a ningún político.
Ni a los de adentro, ni a los de afuera. A ninguno, ni a Putin, que es un genio, brillante, extremadamente inteligente y cuya personalidad tiene un magnetismo poderosísimo, pues fue criado para sostener un territorio y convertirlo en potencia mundial, pero psicópata, al fin y al cabo, con la frialdad con la que puede sostener una conversación incómoda de un estratega militar.
Y no lo digo por arrogante o por dármelas de rebelde. Lo digo como método de supervivencia mental. Porque cada vez que alguien “toma partido”, automáticamente deja de ver una parte del cuadro que no le conviene a su bando.
Por lo tanto, no nos hagamos los ingenuos: lo de Venezuela no fue ninguna liberación de la dictadura y muchísimo menos una acción que hace parte de la guerra contra la droga.
Lo que se ve ahí es algo más incómodo y más real: la democracia no fue traicionada, cumplió exactamente su función. No está hecha para organizar el poder ni para ponerlo en riesgo, sino para darle forma presentable a decisiones que ya se tomaron detrás del telón. La democracia aparece cuando sirve para ordenar adhesiones, para repartir legitimidades, para producir la sensación de que algo se decidió “entre todos”. Cuando lo que está en juego es petróleo, control y estabilidad, simplemente se corre a un lado. No se rompe, no fracasa: se guarda. Por eso puede convivir sin problema con dictaduras, sanciones y negocios internacionales intactos. No libera pueblos ni corrige regímenes, solo ordena el relato para que el negocio siga sin que nadie tenga que decir “esto fue por interés”.
¿Y mientras tanto la ONU? Bien, gracias: un gallinero que solo cacarea.
Así que Estados Unidos no entra a Venezuela porque quiera “liberar” a nadie. Entra porque, cuando el mundo se tensa de verdad, Irán, Rusia, China, Israel, guerras largas, sanciones cruzadas, lo primero que asegura una potencia no son los valores, sino la energía. Las bombas nucleares no funcionan con petróleo, pero todo lo que viene antes, durante y después de una guerra sí.
Sin petróleo no hay:
aviones de combate
drones
portaaviones
tanques
transporte de tropas
logística militar
hospitales de campaña
reconstrucción mínima
control posterior del territorio
Sin combustible, un ejército queda inmóvil, por muchas ojivas que tenga. Y en un escenario de conflicto grande, las rutas energéticas se vuelven vulnerables: Irán puede cerrar Ormuz, Rusia usa el gas como arma, China consume a escala brutal. Ahí Venezuela aparece no como un problema político, sino como una reserva estratégica cercana, enorme y fuera de esos cuellos de botella. Por eso, no la invaden para cambiar el régimen ni para salvar al pueblo.
Y aquí hay algo que casi nadie dice porque se les desarma el teatrico: a Venezuela no la dejaron caer, la dejaron quietica. Ahí, suspendida, funcionando justo como conviene. Un país quieto y en la ruina, no incomoda, no exige reconstrucciones, no obliga a nadie a asumir costos. Expulsa gente como sistema de drenaje, mantiene el petróleo circulando y sirve de amenaza para el resto: “miren bien, esto también les puede pasar”. Para eso el chavismo tiene que seguir ahí, en ese punto exacto: entre el cadáver y la amenaza. Suficientemente detestable para sostener sanciones eternas, pero lo bastante estable para no estropear el arreglo cayéndose solo. Por eso no lo tumban y por eso tampoco lo ayudan.
Y mientras tanto, la conversación pública permanece ocupada en sentirse lúcida; se entretiene con el Nobel, héroes de cartón, traiciones sobreactuadas y valentías de micrófono, como si eso tuviera algún efecto real. No lo tiene. Lo único que opera es esta parálisis larga y rentable donde nadie mejora, nadie decide y algunos, siempre los mismos, cobran el cheque, puntuales todos los meses. Lo demás es gente muy informada repitiendo relatos que no controla.
Por eso el chavismo no fue desalojado y por eso Delcy quedó al mando: porque garantiza continuidad sin incendiar nada, negoció con los estadounidenses, vendió a Maduro y cada uno recibió su tajada. No hace falta un país sano, hace falta un país funcional. Y funcional, en este caso, es que el petróleo fluya, el caos no se desborde, pero, sobre todo que el recurso se reparta y quede bajo la supervisión y manejo de los gringos.
El pueblo venezolano, en ese cálculo, no entra como sujeto político. Entra como daño colateral administrado. Migración, hambre, desgaste: costos asumidos. Así opera una potencia cuando piensa en términos de supervivencia estratégica, no de redención moral.
Esto no es una teoría secreta ni un complot cinematográfico. Es la forma más aburrida y más real en que se toman decisiones cuando el mundo se organiza alrededor de recursos, no de principios. La épica viene después, para los medios. El negocio va primero.
Por eso no vemos ayuda humanitaria para el pueblo venezolano por ningún lado. Ni planeamiento estratégico de reconstrucción. Absolutamente nada. Trump no piensa gastar recursos económicos en un pueblo al que, como buen fascista que es, considera prescindible.
El pueblo venezolano, por si alguien todavía cree cuentos, no pesa nada en esa ecuación. No bloquea el petróleo, no genera guerra regional, no obliga a intervención directa. Entonces su sufrimiento entra en la categoría de “costo asumible”. Cruel, sí. Extraño, no. Así funciona el mundo cuando se deja de fingir que la geopolítica es un concurso de virtudes.
Delcy quedó porque garantiza continuidad. ¿Ideología? Cero.
Por eso la traición a María Corina no vino en balde: uno, por no renunciar al Nobel y dejar que Trump lo ganara, pero sobre todo porque iba en contravía de las negociaciones que Delcy había planeado por años.
Bienvenidos a otra temporada más de traiciones y alianzas.
Mientras, por estos lados los uribistas celebran la “victoria”. Celebran con entusiasmo disciplinado, como quien aplaude sin haber entendido la obra. ¿Victoria de qué?
Señores uribistas si ahí quedó el chavismo vivito y coleando. Maduro solo es una figura, pero la ideología tiránica se sigue perpetuando. ¿Entonces qué están celebrando? ¿Que otro país quedó reducido a escombros funcionales, pero convenientemente alineado? ¿Que el poder hizo lo suyo y ellos pudieron sentirse del lado correcto sin asumir ninguna consecuencia?
Aplauden desde la gradería creyéndose parte del juego, convencidos de que alinearse es lo mismo que estar protegidos. Confunden orden con sometimiento y firmeza con obediencia. Les tranquiliza que el golpe haya caído lejos, que la sangre no sea propia, que el incendio empiece siempre en otra cuadra. No alcanzan a ver, o prefieren no hacerlo, que el caos no distingue credenciales, que la ruina no respeta fronteras y que el humo no pregunta a quién se le rindió pleitesía antes de meterse por la ventana.
La historia muestra que la obediencia no es un seguro; es una variable de desgaste.
En términos prácticos: nadie que aplaude desde la gradería está fuera del alcance del fuego.
Y, por otro lado, los petristas están fascinados con la escena de Petro “encarándose” con Trump, como si esto fuera una pelea entre iguales. No lo es.
Que quede claro algo sin romanticismos: Colombia puede tener fuerzas entrenadas, curtidas por décadas de guerra interna irregular, con formación estadounidense e israelí, sí. Pero eso no significa, ni de lejos, que pueda enfrentarse a las fuerzas armadas de Estados Unidos. Eso es una fantasía. Portaaviones, capacidad aérea, logística global, poder de proyección: ahí no hay comparación posible. Venezuela, incluso, estaba mejor preparada militarmente que Colombia y aun así no pudo hacer nada. Entonces no, Estados Unidos no se abstiene de invadir Colombia por miedo a nuestra capacidad militar ni por la geografía de la selva amazónica ni la selva del Darién. No se mete porque no le conviene.
No le conviene invertir miles de millones de dólares en una operación que no le va a dejar un retorno estratégico claro. Y, sobre todo, no le conviene convertir a Petro en mártir a seis meses de terminar su mandato. Matar o tumbar a un presidente en retirada no da control: da mito, cohesión interna y un problema político mayor. El gesto de Petro no nos pone al borde de una invasión, pero sí juega con fuego simbólico en un tablero donde los errores no se pagan con discursos, sino con costos reales. Aquí no hay valentía: hay cálculo. Y el cálculo dice que invadir Colombia hoy sería caro, inútil y políticamente torpe.
Entonces aparece la pregunta que revienta todos los relatos, la que nadie quiere sostener porque deja mal parados a todos:
¿Con qué?
¿Con qué se supone que Colombia se defiende si esto escala?
¿Con discursos?
¿Con trinos?
¿Con el “pueblo”, así en abstracto?
Porque llamar al pueblo a “defender la soberanía” cuando no existe capacidad material para hacerlo no es valentía. Es administración del sacrificio ajeno. Es usar cuerpos para sostener una épica que no se puede pagar. Y eso no es patrimonio de una ideología: es una práctica común, transversal, siempre envuelta en la misma sonrisa moral.
No estoy defendiendo a Maduro.
No estoy defendiendo a Petro.
No estoy defendiendo a Trump.
Estoy diciendo algo más elemental y menos decoroso: que buena parte de la política contemporánea es teatro para quienes no deciden nada, mientras las decisiones reales ya se tomaron en otro idioma y en otra mesa. Y que seguir aplaudiendo gestos, indignaciones y épicas de micrófono solo facilita que otros sigan operando sin ruido.
Y acá está lo que de verdad incomoda decir, porque ya no hay a quién echarle la culpa afuera: nos pasan por encima porque no estamos organizados. No por débiles, no por ingenuos, sino por desarticulados. Eso lo dijo hasta el cansancio Gustavo Bueno y nadie quiso escucharlo: a los pueblos no los invaden solo por fuerza, los invaden porque no existen como bloque político real. La hispanidad no es un sentimiento, ni una nostalgia cultural, ni una banderita bonita: es una estructura pendiente.
Mientras seguimos divididos en relatos nacionales, en egos ideológicos, en bandos que se odian más entre sí que al poder que los saquea, otros operan como imperios coordinados. Y así nos tratan: como territorios sueltos, como reservas abiertas, como cultivos sin cerca. No hace falta guerra frontal cuando hay fragmentación. No hace falta ocupación cuando hay desorden. La verdadera solución no está en discursos valientes ni en líderes carismáticos, sino en articular poder real entre países que comparten historia, lengua, recursos y destino. Sin esa unión material, económica, política y estratégica, nos van a seguir devorando como langostas cuando llegan a un cultivo: rápido, en silencio y sin pedir permiso. No es una metáfora. Es exactamente lo que ya está pasando.
No le como a ningún político. Todos se venden, se traicionan, se intercambian. No es moral: es estrategia política. Así funciona, nos guste o no. Si no, pregúntense dónde están Rusia y China defendiendo a Venezuela ante la invasión yanqui.
Por eso no celebro ruinas.
Por eso desconfío de las épicas.
Y por eso miro con ironía y algo de rabia a quienes creen que están del lado correcto de la historia, solo porque aplauden más fuerte.
No es cinismo.
Es higiene mental.


Deja una respuesta