
Andrea Mora
Filosofa, lectura e investigadora con amplia experiencia en el Diseño e implementación de políticas publicas. Educadora interesada en él bienestar común y la justicia social.
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Sonó el despertador un poco más tarde que de costumbre, eran exactamente las 7:30 a. m. El peso de estar allí me impedía salir de la cama. Era la primera minga indígena a la que asistiría en mi vida.
Bajé como a las 8:30 a. m. al restaurante del hotel Continental. El mesero, con un pantalón negro, camisa blanca y remangada hasta el codo, se acercó a mi mesa con su talonario de pedidos para advertirme el menú del día, que estaba incluido en el precio del alojamiento. Hacía efectivamente parte de los viáticos que me pagaban por asistir a estos encuentros. Solo viví allí seis meses, pero en alguno de los paseos tomé agua del río y, como dijo mi amigo Alfonso años atrás: “El que toma agua del río Orito, regresa al Putumayo”, así que su palabra profética se cumplía.
Ordené pescado de río, Carlos, me enseñó a pescar y a saber cuál era una buena opción de pescado para el caldo, patacón y café negro, qué mejores acompañantes para ese caldo. Terminé a las 9:30 a. m. después de leer el periódico y esperar a que el caldo se enfriara. Emprendí mi camino a pie por las calles de Mocoa, exactamente por la imponente Avenida Colombia, lugar que había conocido en uno de los años más fuertes del conflicto armado en Colombia.
Aceleré el paso como queriendo olvidar, pero mi terca mente empezó a llenarse de recuerdos que competían con cada paso que daba. Era como si caminara hacia el pasado. Recordaba a Gloria y de lo mucho que nos reimos de cada tontería que se pasaba por nuestra cabeza aún adolescente.
De repente no estaba sola, el miedo me volvió a acompañar, recordaba pequeños instantes que venían a mi mente, las motos que aceleraban aumentaban mi miedo, pues con ese sonido recordé que los paras aceleraban así, frente a aquella casa en la que viví durante seis meses.
En el horizonte estaba la calle El Progreso. Llena de comercio, vendían ollas de todos los tamaños, celulares, minutos de celular, machetes, bombas para fumigar, veneno para ratones, escobas, vestidos de baño, ropa, zapatos, alimento para animales.
—Amiga, ¿qué necesita? —dijo una joven mujer parada en la puerta de un almacén.
Su voz, la música a alto volumen me obligaron a volver de nuevo a la realidad. ¡Pucha! Las 10:30, apúrese, me dije. Encontré la calle con las indicaciones que me dieron en Bogotá. Allí empecé a ver a los miembros de la comunidad indígena. Mujeres y hombres con su cara pintada con los trazos que aludían a la resistencia, trazos que recordaban de la manera más bella lo que significa ser parte de una comunidad, que dicen no solo con las palabras, que plasman, que hacen parte del cuerpo de su comunidad, de su lenguaje.
—Siga, allá la están esperando.
Un niño miraba hacia dentro de la escuela con los ojos fijos en lo que allí sucedía.
—Le pregunté: ¿y tú cómo te llamas?
—James —respondió—.
—James Rodríguez —insistió—.
—¿Como el jugador de fútbol? —le pregunté.
—Yo soy el jugador de fútbol —me aseguró, con una sonrisa pícara dibujada en su rostro, una sonrisa que garantizaba que había logrado engañarme.
En medio de las tejas de zinc y la cabeza de “James Rodríguez” y la mía, encontré un aviso que decía: Resguardo Indígena. Había vuelto de nuevo al Putumayo, ahora era una mujer adulta, que se sentía parte de esta comunidad, de su histora. Comunidad que me enseñó a valorar la vida, al ver cómo una cadena de muerte acallaba las voces de los inocentes.
¡El cabildo[1] llegó! Empezó a formarse un círculo al rededor de él. El jefe de la guardia indígena acercó el micrófono al cabildo para dar inicio a la minga.
El cabildo da la bienvenida a las autoridades del gobierno, recordando que ellos tienen su propia legislación. Se expusieron los diferentes temas que consideraban importantes a la hora de pensar en una politica de infancia. Se retomo la conversación de los autos[2] que han generado en contra del Estado y todo lo que se debe garantizar para sus niños.
Eran ya las 12:00 m. del día con el primer sorbo de sopa empecé a hablar con el jefe de la guardia indígena; le pregunté por sus hijos y hablamos también de la escuela. Durante el almuerzo pude disfrutar del calor, los sabores y los aromas propios de la vida comunitaria. Continuo la jornada de trabajo hasta las 5:00 de la tarde. De regreso al hotel me acompañaron los sentimientos y las emociones que me hacían recordar ese acontecimiento que mi corazón había atesorado, mi mente había postergado y mis ojos poco habían llorado.
El día que nos conocimos nos sirvió jugo de piña, nos contó historias del seminario y nos invitó a la misa de seis en la iglesia de Puerto Caicedo. Al día siguiente, después de tomar café, salimos a caminar por los lavaderos comunitarios, el restaurante, la panadería. Nos presentó a los miembros de la comunidad, las diferentes organizaciones comunitarias y los diferentes roles que ejercían en ella.
La voz de la comunidad era palabra hecha vida para Alcides. Era divertidísimo y buen compañero de estudios en el seminario de Carlos y Alfonso; su camaradería y el amor que se tenían era evidente. En medio de tanta hostilidad y precariedad, él nos permitía fijar la mirada en la incalculable belleza de la naturaleza, las relaciones humanas y los frutos del trabajo comunitario.
Sonó la campana tres veces, como era la costumbre. Con el último campanazo, entra Alcides Jiménez, revestido en su corazón y en su cuerpo con los ornamentos sacerdotales, y empieza la eucaristía en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Después de pedir perdón por sus pecados, escuchó la primera lectura y el salmo, al que todos los feligreses se unieron. El evangelio, la homilía en que había meditado todo el día y preparado para animar a su pueblo a seguir viviendo a pesar de las circunstancias violentas que caracterizaban a Puerto Caicedo. Rezó el credo, reafirmando su fe y ayudando a otros lo que significaba el sí en su vida sacerdotal.
Se acercó su acólito, sirvió un poco de vino, algo de agua en el cáliz dorado, limpió el borde con delicadeza y, elevando la patena con las hostias, dijo:
“TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS».
Después tomó el cáliz y dijo: «TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA”.
Con sus brazos elevados, sus ojos con la mirada fija en el cáliz y su corazón confiado en Dios, Alcides escuchó dos disparos cerca de él.
Los gritos de los feligreses que decían ¡padre, corra!, el llanto, la histeria del resto de las personas le hicieron reaccionar y ver a un hombre que le disparaba sin parar. Una bala directo al cáliz, otra al misal, otra al altar, otra a la pared, una tras otra. Alcides corrió al patio y, abrazado a un árbol, recibió el último disparo que le arrebató la vida.
Perdió la vida, se le disparó al corazón de una comunidad que había aprendido a tomarse de la mano alrededor de Alcides. Una vez más, los grupos armados destruían la tranquilidad, la posibilidad y la alegría en el departamento. Una vez más, el silencio y el miedo reinaron. Todos supimos que Dios nos abandonó.
Al otro día, después de muchos años, fui a la casa de los Palacios. Eran las 9:00 de la mañana. Andrés, a quien conocí de 8 años, me abrió la puerta de la casa. Me dijo que siguiera, que Carlos ya venía. Alfonso vivía en Pereira desde hacía un par de años, así que pude hablar con él por teléfono.
Finalmente llegó Carlos y con él su alegría, inteligencia y su generosidad. Mientras tomábamos caldo de cucha, que había pescado el día anterior, recordamos con alegría y admiración el viaje al Mecaya, los días de pesca, el viaje por el río, a Gloria y por supuesto a Alcides.
[1] Cabildo, es el nombre que recibe el representante legal de la comunidad. Es elegido por el mismo pueblo indígena.
[2] Hago uso de esta palabra, haciendo referencia a la resolución judicial que ha sido dictada por un juez que aborda temas procesales, pero no resuelve el asunto principal.


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