
Gustavo Melo Barrera
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La Navidad suele llegar envuelta en luces, villancicos y discursos de ocasión. Pero para el periodista —y para el ciudadano que no se resigna— esta fecha no puede limitarse al ritual del optimismo prefabricado. Navidad también es balance. Es pausa. Es pregunta incómoda. Y, sobre todo, es memoria.
Este 25 de diciembre encuentra a Colombia y al mundo en un punto de quiebre. No es exageración ni recurso literario: es la constatación de una realidad marcada por guerras que no cesan, economías que se tambalean, democracias fatigadas y sociedades profundamente heridas por la desigualdad, la desinformación y el cinismo del poder. Mientras en algunas mesas sobran brindis, en otras faltan alimentos, certezas y futuro. Esa es la postal global de nuestro tiempo.
En Colombia, la Navidad llega después de décadas de una “horrible noche” que no fue solo poética, sino estructural. Gobiernos que confundieron el Estado con botín, la justicia con privilegio y la política con herencia familiar. Años en los que se normalizó la corrupción, se maquilló la violencia, se persiguió la diferencia y se convirtió la pobreza en estadística conveniente. Años en los que el miedo fue política pública y el silencio, requisito para sobrevivir.
Pero esta Navidad no es igual a las anteriores. Algo se movió. Algo crujió. Algo empezó a cambiar.
El país atraviesa un proceso incómodo —como todo parto— en el que las verdades salen a la superficie, los poderes de siempre gritan, y los beneficiarios del viejo orden anuncian el apocalipsis cada mañana. No porque Colombia esté peor, sino porque ya no manda el mismo libreto. Y eso, para quienes se creían dueños eternos del país, es imperdonable.
Desde el periodismo, el deber no es aplaudir ni incendiar, sino observar con rigor. Y lo que se observa es un país en disputa: entre quienes quieren que nada cambie y quienes, con fe y paciencia, apuestan a que esta vez el cambio sea real, profundo y duradero. No perfecto, pero honesto. No inmediato, pero irreversible.
La Navidad nos recuerda una historia incómoda para los poderosos: un niño nace en la periferia, sin privilegios, rechazado por el sistema, y aun así transforma la historia. No desde la espada ni el oro, sino desde la palabra, la justicia y la dignidad. Ese relato —más allá de la fe— es profundamente político y profundamente humano.
Por eso esta fecha interpela a Colombia. Nos pregunta si vamos a seguir aceptando la mentira como norma, la trampa como virtud y la corrupción como destino. O si, por el contrario, vamos a respaldar —con crítica, sí, pero también con responsabilidad— un proceso que intenta cerrar, de una vez por todas, el ciclo de gobiernos que administraron la oscuridad.
A los colombianos de bien, a los que madrugan, trabajan, enseñan, cuidan, informan y resisten sin micrófono, esta Navidad les pertenece. Porque el cambio no se decreta desde un despacho: se sostiene desde la ciudadanía. Desde la vigilancia, la participación y la memoria.
Que esta Navidad no sea anestesia, sino conciencia. Que el pesebre no sea adorno, sino símbolo. Que el nuevo año llegue con el respaldo necesario para corregir errores, profundizar aciertos y demostrar que la esperanza no fue ingenuidad, sino coraje.
Tal vez no todo esté resuelto. Tal vez falte mucho. Pero por primera vez en mucho tiempo, Colombia ya no camina a ciegas. Y eso, en medio de tanta oscuridad global, es una luz que vale la pena cuidar.
Feliz Navidad. Que el futuro, esta vez, sí nos alcance.
Adenda – Los nuevos medios: periodismo sin padrinos
En este cierre de año, hay un actor silencioso que merece mención aparte: los nuevos medios digitales. Pequeños, incómodos, muchas veces solitarios. Medios que no cuentan con grandes anunciantes, ni con respaldo económico de grupos de poder, ni siquiera —paradójicamente— de aquellos que en público se dicen sus amigos. Y aun así, existen. Persisten. Publican.
En un ecosistema mediático donde la pauta condiciona titulares y la cercanía al poder editorializa la verdad, estos proyectos han decidido nadar contra la corriente. Sin chequeras generosas ni blindajes políticos, han recuperado algo que en los medios tradicionales parece extraviado: la ética como principio y la verdad como prioridad. No la verdad conveniente, ni la verdad negociada, sino la verdad incómoda, documentada y asumida con responsabilidad.
No es heroísmo romántico: es resistencia periodística. Es escribir sabiendo que no habrá aplausos, pero sí consecuencias. Que no habrá contratos, pero sí lectores atentos. Que no habrá protección, pero sí convicción.
Ojalá el nuevo año traiga vientos de apoyo real —no discursos— para afianzar este reto de decir verdades en medio de tanta mentira y tanta corrupción que aún se niega a morir. Porque sin medios libres, honestos y sostenidos, no hay democracia que resista ni futuro que se pueda narrar con dignidad.


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