
Manuel Humberto Restrepo Domínguez
Profesor Titular de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Ph.D en DDHH; Ps.D., en DDHH y Economía; Miembro de la Mesa de gobernabilidad y paz, SUE.
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El parasitismo, en la relación biológica, alude a un organismo que vive a expensas de otro, debilitándolo sin llegar a matarlo de inmediato. En política, equivale a una patología de la mediocridad: la de quien renuncia a ideales, principios y ética, se introduce en el cuerpo social y vive de él. Esto revela una degradación tanto individual como colectiva. El parásito exitoso desarrolla adaptaciones específicas: se mimetiza, pasa de un partido a otro con facilidad, evita la detección, se proclama líder, compra conciencias y vende desgracias, neutraliza las defensas del colectivo social, optimiza la extracción de recursos y asegura su propagación.
El parásito político existe porque la sociedad lo sostiene. Puede ser el actor visiblemente corrupto o aquel que institucionaliza su dependencia del Estado o del tejido social. Se introduce en las estructuras burocráticas, partidarias, de grupos o movimientos; se incrusta y neutraliza los mecanismos de control —justicia, prensa libre, rendición de cuentas— mediante el clientelismo, la cooptación o la desinformación, y extrae recursos a través de prebendas, contratos opacos, transferencias de riqueza o el robo directo. Su objetivo no es la salud de la nación ni de su región, sino perpetuar su propio ciclo de vida: reelegirse indefinidamente, rotar por cargos sin mérito y vaciar desde dentro el propósito original de las instituciones —servir— para reemplazarlo por la reproducción de su clientela, su burocracia y sus integrantes.
En El hombre mediocre, José Ingenieros distingue al idealista, que forja ideales propios y lucha por ellos, del mediocre, que carece de ideales originales y adopta lo que se impone en su entorno: rutinas, prejuicios, modas y dogmas. Este último es, en esencia, un parásito de las ideas ajenas y de la energía social. Su virtud máxima es la astucia para navegar en todas las aguas y aprovechar el statu quo. El parásito político ha renunciado a ser servidor público, al bien común o a la transformación social, pero aprende a adoptar los rituales y discursos vacíos de la política como juego de poder. Repite un libreto envejecido, sin otro argumento que oponerse a algo o a alguien “porque sí”, acuñando injurias, insultos, calumnias y vulgarizaciones. Su ideal prestado es la retórica patriótica o partidaria —defender la patria, la seguridad o el orden—, utilizada como cortina de humo para enmascarar su verdadero fin: la extracción de recursos. El mediocre y la clase política parasitaria que lo sostiene subsisten de frases hechas, eslóganes, memes, fotos con sonrisas y promesas vacías, pero carecen de un proyecto real para la sociedad.
La simbiosis parasitaria produce efectos patológicos idénticos en la biología y en el cuerpo social: el debilitamiento crónico. El huésped biológico sufre anemia, desnutrición y mayor susceptibilidad a otras enfermedades; la sociedad, huésped de una clase política parasitaria, padece anemia cívica —desconfianza, apatía—, desnutrición institucional —justicia lenta, educación precaria, infraestructura decadente— y una inmunodeficiencia que la vuelve vulnerable a múltiples violencias. La energía que debería destinarse al desarrollo nacional, al fortalecimiento institucional y a la cohesión social es drenada hacia el sostenimiento de redes de intereses, privilegios y clientelas de poder, favoreciendo la supervivencia y reproducción de parásitos políticos que resultan letales, a mediano plazo, para la sociedad.
Salir de este círculo vicioso, siguiendo la analogía, exige un sistema inmunológico social robusto: anticuerpos de ética, justicia independiente, prensa crítica y libre, y una ciudadanía educada y vigilante que recupere el espíritu idealista. No se trata de utopías, sino de reclamar la política como un espacio de ideales nobles y acciones éticas, en oposición a la mediocridad parasitaria. La historia la hacen los idealistas, los que resisten la viscosidad del medio —como señaló Ingenieros—; no se construye con afiches de temporada, frases de cajón, memes, ofertas de puestos con diezmos ni asados. Combatir el parasitismo político implica fomentar dignidad y conciencia, entender que los parásitos existen gracias a sus electores y a sus votos, y reconocer que dentro y fuera de las instituciones hay personas dispuestas a pensar con ideas propias y actuar en función del bien común, restableciendo una relación simbiótica mutualista en la que gobernantes y sociedad se fortalezcan mutuamente.


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