
Yeslie Hernández
Artista plástica, diseñadora gráfica y comunicadora social
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Hablar de Piedad Esneda Córdoba Ruiz sigue siendo, incluso hoy, un acto incómodo para muchos.
Incómodo porque obliga a reconocer que Colombia le falló a una de las mujeres más lúcidas, valientes y visionarias de su historia política reciente. A dos años de su fallecimiento, y en la cercanía de la fecha en la que habría celebrado un nuevo cumpleaños, su nombre ya no puede seguir pronunciándose en voz baja ni reducido a caricaturas malintencionadas. Piedad fue mucho más que lo que el poder permitió contar sobre ella. Sus aportes, que exploraremos profundamente en este artículo, van desde sus fantásticos chistes políticos, como el famoso “HP, JP” referenciado en múltiples fuentes en internet y retomado incluso por Gustavo Petro en un discurso reciente, hasta sus grandes contribuciones a políticas que favorecen a la población afrocolombiana, defendiendo sus derechos territoriales, culturales y políticos con una coherencia y valentía pocas veces vistas en la política nacional.
Recuerdo aquel primer día en su oficina del Senado, el olor a papeles, a café recién hecho y a tinta de impresora. Fui parte de su equipo de trabajo en el Senado de la República en su último periodo, integrante de su Unidad de Trabajo Legislativo, y desde ese lugar puedo decir que Piedad no improvisaba, no exageraba y no actuaba por capricho. Pensaba el país con profundidad histórica, con sensibilidad social y con una intuición política que muchas veces asustó incluso a quienes decían estar de su lado. En reuniones internas, cuando alguna propuesta generaba nerviosismo por “lo radical” que sonaba, ella solía decir, con una sonrisa tranquila: “Muy brillante, preparen el documento”. Esa sonrisa era un sello, un aviso de que la política podía ser ética y valiente al mismo tiempo.
Antes de llegar al Senado en 2022, Piedad Córdoba ya había construido una trayectoria política sólida y coherente con las luchas que defendería durante toda su vida. La vida política de Piedad Córdoba ha sido ampliamente documentada en libros, entrevistas, columnas y archivos legislativos. Textos como Piedad Córdoba: una vida por la paz (varios autores), sus propias columnas reunidas en Vuelve la Negra, así como perfiles biográficos publicados en El Espectador, Semana, La Silla Vacía y registros del Congreso de la República, dan cuenta de una dirigente con una producción política constante desde los años noventa. Fue concejala de Medellín, representante a la Cámara y senadora en varios periodos, con una agenda marcada por el control político, la defensa de los derechos humanos y una lectura estructural del conflicto colombiano. Su actuación no se limitó al ámbito legislativo: Piedad entendió la política como un ejercicio ético integral, que implicaba asumir costos personales en nombre de la justicia social, incluso cuando eso significó el aislamiento, la estigmatización o la pérdida de capital político.
Esta coherencia, rara en la política colombiana, explica tanto la profundidad de su legado como la ferocidad de la persecución que enfrentó. Aunque la Ley 70 de 1993, que reconoce los derechos territoriales y culturales de las comunidades negras, fue impulsada colectivamente por el movimiento afrocolombiano tras la Constitución de 1991, Piedad fue una de las congresistas que defendió su espíritu, su reglamentación y su implementación real, denunciando reiteradamente su incumplimiento por parte del Estado. Desde el Congreso promovió proyectos y debates sobre derechos humanos, participación política de las mujeres, lucha contra el racismo, soberanía nacional y política exterior. Según registros del Congreso de la República y perfiles biográficos publicados por medios como El Espectador, Semana y La Silla Vacía, su actividad legislativa se caracterizó por una alta producción de iniciativas y un uso constante del control político como herramienta para interpelar al poder económico, mediático y estatal.
La vida de Piedad se desplegaba como una crónica de resistencia. Mujer negra en un Congreso profundamente racista, clasista y patriarcal, su compromiso con el movimiento afrocolombiano no fue discursivo ni oportunista: fue orgánico y constante. Defendió la autonomía de los territorios colectivos, denunció el despojo sistemático, el racismo estructural y la violencia que recaía con especial crudeza sobre las comunidades negras del Pacífico y del Caribe. Soñaba con un país donde ser negro no fuera sinónimo de pobreza, exclusión o persecución, y trabajó incansablemente para que esa discusión entrara al centro del debate político nacional, aun cuando muchos preferían relegarla al folclor o a fechas conmemorativas vacías.
Uno de sus sueños más claros en su último periodo fue la liberación del puerto de Buenaventura, no solo en términos económicos, sino sociales y políticos. Denunció una y otra vez cómo el principal puerto del país era, al mismo tiempo, uno de los territorios más empobrecidos, violentados y controlados por estructuras armadas y mafias enquistadas en la institucionalidad. Para Piedad, Buenaventura era el símbolo de un modelo extractivo que enriquecía a unos pocos mientras condenaba a la miseria a quienes sostenían la economía nacional con su trabajo y su territorio negro.
También fue una de las voces más firmes en señalar las irregularidades del Metro de Medellín, un tema casi intocable en la política antioqueña. Sus denuncias sobre sobrecostos, mal manejo de las infraestructuras que ponían en riesgo la seguridad de los usuarios, opacidad contractual y uso político del proyecto le valieron ataques feroces desde sectores empresariales y mediáticos. Tras varias de estas denuncias, registradas por medios regionales y nacionales, se activaron campañas de desprestigio en su contra, especialmente en redes sociales. Piedad sabía que tocar ciertos símbolos tenía un costo alto, pero nunca retrocedió.
En el Senado impulsó debates que fueron sistemáticamente bloqueados o relegados a horarios imposibles, como el control político a los medios de comunicación y al Ministerio de las TIC, enfocado en la democratización del espectro radioeléctrico y electromagnético para medios alternativos y comunitarios. Defendía con convicción el derecho a una comunicación plural y no concentrada en grandes monopolios. Ese debate, formalmente radicado, nunca fue priorizado. La censura no siempre llega como prohibición directa; a veces llega como silencio administrativo.
Para Piedad, sin embargo, la presencia militar extranjera en territorios protegidos representaba una amenaza a la soberanía nacional y al equilibrio ecológico, y su insistencia en este tema reflejaba su coherencia entre defensa ambiental, derechos humanos y autonomía territorial. Además, en sus últimos años en el Senado, Piedad promovió debates de control político sobre la situación en la frontera, como el que se realizó junto al senador Didier Lobo Chinchilla, donde se cuestionó la efectividad de las políticas del Gobierno central para garantizar seguridad, derechos humanos y desarrollo en las zonas limítrofes, demostrando que su compromiso con la justicia social y la protección de los más vulnerables se extendía también a los territorios fronterizos y a la población que allí habita. Propuestas que anticipaban reformas profundas, como la idea de una «Asamblea Nacional Constituyente» que defendía en su artículo «Una Asamblea Nacional Constituyente, para una nueva reforma política», planteando un camino hacia una democracia más participativa y justa.
A pesar de todo, Piedad no se endureció. Amaba el arte, la pintura, el teatro, la buena comida costeña y la buena salsa. En medio de jornadas extenuantes hablaba de exposiciones, de obras, de música, de casas de la cultura y de su buen gusto por la ropa y las perfectas combinaciones de colores. Creía que el arte era también una forma de resistencia, una manera de imaginar el país que aún no existía, pero que merecía ser construido.
Piedad Córdoba fue perseguida porque incomodó, fue censurada porque dijo verdades demasiado pronto y fue atacada porque se negó a pedir permiso para existir en la política. Hoy, muchas de las ideas que defendió en soledad son asumidas con naturalidad por quienes antes las rechazaban. Su historia se lee como una crónica de la valentía y la coherencia: cada capítulo de su vida revela la tensión entre la ética y el poder, entre la justicia y la persecución. El tiempo, como suele ocurrir, terminó dándole la razón.
La historia de Piedad Córdoba es también la historia de la persecución política en Colombia. Un país que ha asesinado, exiliado, encarcelado o silenciado a quienes se atreven a pensar distinto: líderes sociales, sindicalistas, defensores de derechos humanos, firmantes de paz, mujeres negras, intelectuales incómodos. No solo nos han arrebatado vidas inocentes; nos han robado proyectos de país, visiones éticas y mentes brillantes que pudieron haber transformado nuestro rumbo colectivo. Cada persecución ha sido una derrota para la democracia, aunque se haya presentado como legalidad, orden o institucionalidad.
Piedad sobrevivió a esa persecución, pero no salió ilesa. Aun así, jamás renunció a su amor por Colombia. Y por eso, este texto quiere decir algo más que memoria: quiere decir gracias.
Gracias, Negra, por tu sentido profundo de patria, por tu terquedad amorosa, por no pedir permiso para existir, por enseñarnos que la dignidad también es una forma de hacer política. Gracias por pensar este país cuando aún no estaba listo para escucharte. Hoy, cuando muchas de tus ideas empiezan a florecer, sabemos que no hablaste en vano.
Feliz Cumpleaños, Piedad.


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